| Entrevista a Diego Abad de Santillán | ||
| Entrevista realizada por Soledad Gallego, publicada en la revista Sábado Gráfico el 20 de marzo de 1976, pocos días después del regreso a España de Abad de Santillán. | ||
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Usted, además de su militancia activa,
es uno de los más destacados estudiosos del anarquismo español.
¿Puede explicar cuáles fueron las circunstancias de ese
arraigo del anarquismo en nuestro país? En España, el anarquismo no es un fenómeno
importado. Se puede seguir desde los tiempos primitivos. A través
de los místicos, de los filósofos... Hubo un momento en
que, por ejemplo, Giner de los Ríos, en mil ochocientos ochenta
y tantos, dedica dos horas semanales en la Universidad a explicar el pensamiento
anarquista español, y cuando llega la Internacional aquí,
se encuentra con que es un terreno claramente favorable. Era popular ya.
No somos un fenómeno extraño y no necesitamos lecciones
de fuera. La significación moral de los pensadores anarquistas
españoles es importantísima. Tárrida
del Mármol, Ricardo Mella,
Farga Pellicer... Es casi un
crimen para el pueblo español no conocerlas. Mella, por ejemplo,
debería estar en todas las manos, ¡qué manera de razonar,
que visión! Incluso algunas cosas de Pi y Margall podría
haberlas firmado cualquiera de nosotros. ¿Puede extenderse un poco más en esa
concepción anarquista? La libertad es esencia de vida, no es una palabra en el
aire. Hemos tenido casi toda la Historia contraria a esa libertad, en
nombre de toda clase de mitos: religiosos, políticos, dinásticos,
estatales... El Estado, hoy, se ha convertido en Dios, que lo puede todo
y lo quiere hacer todo. Estamos contra esa clase de mitos, porque nosotros
defendemos la libertad y el ser humano como realidad, no como instrumento
anexo a cualquiera de esos mitos. Esa es la principal diferencia con otros
grupos. No somos peligrosos para nadie, excepto para quienes quieren anular
a la persona humana. Un hombre sin libertad no es un hombre. Hoy día
aparecen nuevos mitos. La democracia, ¿qué es eso? Desde
luego, no la solución. Ahora bien, no queremos dictadura de ninguna
clase, autocracia... El hombre como motor y guía de todo, eso es
lo decisivo. Nada por encima de él. La autoridad, que se eleva
sobre el hombre, es una fórmula de minorías para asentar
privilegios de poder, dominio y riqueza. Creemos que el hombre es capaz
de entenderse con el hombre sin intermediarios, y que el Derecho debe
ser obra de la vida misma, es decir, Derecho consuetudinario y no positivo.
Ahí están los gremios, que existieron durante dieciocho
siglos y que hacían sus leyes particulares. Tuvieron fallos, claro.
Se estancaron, pero son un capítulo admirable de nuestra historia,
defendiendo, incluso en ocasiones con las armas, sus derechos. Nosotros
vamos hacia la fraternización. Ahí fracasamos, pero es mejor
fracasar en eso que triunfar por el otro camino. Me dan en los nervios
esos historiadores que me preguntan: ¿Y por qué ustedes,
que tuvieron la fuerza, no hicieron la revolución?. La respuesta
es sencilla: no somos revolucionarios de la fuerza. La revolución
la hacen los pueblos, y nosotros con ellos. Si el pueblo no está
preparado, no tiene conciencia clara de lo que quiere y aspira, no hay
revolución: hay dictadura. Nosotros hubiéramos sido unos
dictadores. ¿Hubiera eso sido una gloria? No; preferible derrotados,
que ya llegará la hora. Usted desempeñó la Secretaría
del Comité Peninsular de la FAI en unos momentos decisivos en la
historia de nuestro país. A esa organización se le ha acusado
en varias ocasiones de haberse constituido casi en el partido político
de la CNT. La FAI, que orgánicamente tiene historia desde
1869, es la agrupación de los militantes más activos o de
confianza, que en los momentos más críticos de persecuciones
ha mantenido, aunque fuera en la sombra, lo que no podía mantenerse
a la luz del día. Cierto que si en determinado momento las organizaciones
obreras entendíamos que se desviaban a posiciones que eran objetables
luchábamos por poner freno a esas tendencias, pero desde los sindicatos
en los que todos los miembros de FAI estábamos encuadrados. Yo
fui enemigo acérrimo de que la FAI interviniera más que
en momentos de urgencia suprema. Por ejemplo, cuando la Revolución
rusa, todos nos dejamos sugestionar, y nos costó casi dos años
la batalla contra esa influencia, de la que fuimos alejados gracias también
a los informes que nos trajo Pestaña. Esa batalla quedó
zanjada en el Congreso de Zaragoza, en 1922, y nos costó el que
se fuera mucha gente, los que formaron el Partido Comunista y el POUM,
por ejemplo. Pero volviendo a la FAI, la organización estaba a
lo suyo: propaganda, ejemplo. Tal vez usted no sepa que para entrar a
la FAI hacía falta que algunos miembros se responsabilizaran del
nuevo y que éste, hasta en su vida privada, fuera aprobado por
todos. La FAI tenía un rigor a veces incluso excesivo, pero necesario.
El anarquismo fue allí una fuerza moral. ¿Cuál fue la actuación de la CNT
durante la guerra civil? Tiene dos aspectos diferenciados. El primero, lo que hicieron
los obreros en las fábricas o en el campo; creo que no hay otro
igual en el mundo. Fue la primera revolución social popular y se
demostró lo que podíamos hacer. De la nada, crear industrias,
trabajar la tierra como jamás se había hecho. De ese aspecto
me encuentro orgulloso. En otros tuvimos errores... ¿Uno de ellos fue el aceptar formar parte del
gobierno? Yo fui el equivalente a Ministro de la Guerra en la Generalitat.
A cuarenta años vista, considero perjudicial la intervención
del movimiento anarquista en el Gobierno como parte integrante. Como cooperación,
darle toda la que quisieran, pero manteniendo nuestra posición.
No obstante, en aquel momento, ¿cómo rehuía yo el
tomar los cuarteles, organizar la milicia? Todos mis compañeros
habían muerto, y estimé que el caso era tan excepcional,
que no podía rehusar. Largo Caballero, cuando ya había perdido
la UGT por infiltración comunista, me decía: Que se
salve la CNT, con ella reconstruiremos España; que no participe
en un gobierno como el de Negrín. Pero ya no se pudo evitar. ¿Qué juicio le merece ahora su intervención
en los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona? Fue otro error. Estoy arrepentido pero entonces creí
que la guerra se podía acabar allí y que la culpa podría
ser nuestra. Me metí a paralizar, y creo que fui yo quien consiguió
el alto el fuego, que costó tanto como la lucha de julio de 1936.
Después comprendí que había estado preparado todo
desde hacía meses y que con el pretexto de liquidar al POUM también
se pretendía liquidarnos a nosotros. Durante toda la guerra pedí
una investigación y justicia para aquellos hechos, pero no la hubo,
y tuve que ponerme frente al gobierno de la Generalidad y contra el Gobierno
central. Usted fue íntimo amigo de Buenaventura Durruti
y quién le ordenó marchar al frente de Madrid. ¿Cuáles
fueron las auténticas circunstancias en que se produjo su muerte? Durruti vino a Madrid con unas armas que me había
dado el embajador ruso: fusiles de 1880 con munición del mismo
año. Pese a todo, estábamos tan contentos, que ni tan siquiera
los probamos. Cuando llegó a Madrid se encontró con que
no funcionaban, y tuve que mandarle esa misma noche camiones con granadas.
Pero en cuanto a su muerte, la verdad es que fue un accidente. He escuchado
unas veinte versiones diferentes, pero lo cierto es que nosotros fabricábamos
en Barcelona un fusil ametrallador que tenía un seguro bastante
malo. Durruti apoyó la culata contra un coche e intentó
entrar. El fusil explotó y lo mató. Yo lo supe menos de
dos horas más tarde de ocurrir. Buenaventura era una persona de
extraordinaria calidad humana, como Ascaso. Pese a su pasado, eran los
mayores enemigos de los atracadores, porque ellos nunca se quedaron con
una sola peseta del producto de sus atracos. Vivieron exclusivamente de
su trabajo personal. Les tuve todo el respeto y todo el afecto que merecen
los compañeros auténticos. Se ha hablado mucho de las repetidas entrevistas que
le pidió Calvo Sotelo antes de iniciarse la guerra civil. ¿Puede
aclarar algo de este episodio? Yo estaba siempre en la cárcel, y en uno de aquellos procesos me asignaron como defensor un capitán que, pese a que oficialmente yo solo era el director de una publicación y nadie sabía mi puesto en la FAI, debió sospechar algo. Aquel capitán era amigo de Calvo Sotelo -el jefe civil de la insurrección que se preparaba-, y un día me solicitó que me entrevistara urgentemente con su jefe. Yo no estaba en condiciones de tomar una decisión por mí solo, y la pospuse. Cuando iba a tratar el tema con varios compañeros, me llego la noticia de su muerte. Analizando aquellas peticiones -cuatro, en concreto- he llegado a la conclusión de que lo que Calvo Sotelo pretendía era lograr nuestra abstención cuando se iniciara la sublevación. Él sabía -ya lo había dicho en Las Cortes- que sin nuestra beligerancia la insurrección hubiera sido una paseo militar. No en balde nuestros votos fueron los que llevaron al Frente Popular al Gobierno. Pero también creo que aún cuando se hubiera celebrado la entrevista, no se hubiera conseguido nada, porque ni la CNT ni la FAI hubieran estado dispuestas a permanecer impasibles, por muchas garantías que nos hubiera dado Calvo Sotelo, quien, por lo demás, no debió suponer nunca en lo que se iba a convertir la sublevación. |
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