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Que en el año 2002 un señor redacte un libro en torno al «arte
comprometido» sorprende. Parece que hoy no se lleve eso. De compromiso,
qué cosas, los únicos que hablan son los curas que han desvirtuado
su significado con la expresión «compromiso cristiano».
Si además aliñas la ensalada con el picante vanguardista, enseguida
te llaman antiguo. La decadencia marxista y el empuje globalizador permiten
tal incoherencia. Injustificada e injusta valoración.
Hace treinta años, la obsesión era la contraria: a quien no
hablara de compromiso se le arrancaba el cráneo como Valle-Inclán
solicita de uno de sus personajes. Quien no metiera en sus estudios de arte
y literatura a Hauser y Blanco Aguinaga no contaba, y también era de
obligado cumplimiento mangonear en Guillermo de Torre hasta trocar sus vanguardistas
en postulantes del marxismo. Como el marxismo ahora anda de capa caída
y los hasta hace poco furibundos leninistas restañan heridas en el
tálamo epicúreo, el asunto (que tan sectariamente analizaron
y utilizaron) ha caído en desuso y molesta, eso al menos creo, que
el tema se trate y sobre todo que alguien como Madrigal acumule una montonera
de nombres comprometidos con ideologías nada leninistas ¿pero
había gente de esa, pero no eran todos de la Pasionaria y de Rafael
Alberti? Los que ya comenzamos a pintar canas, sobre arte y literatura «comprometidas»
tuvimos que leer mucho y sobre todo oír mucho y en una sola dirección.
¿Compromiso? ¿con quién? ¿con qué? Seguramente
ha existido siempre o no ha existido nunca. Lo novedoso del siglo xx es que
surgen nuevos patrones: hacia 1917 con la conformación de la URSS surge
un patrón interesado en destacar los valores del proletariado, hacia
1936 con la participación de CNT en el gobierno republicano surge otro
patrón también interesado en ensalzar los valores proletarios,
¿pero los artistas se comprometen?, ¿se creen lo que pintan,
escriben, dibujan o simplemente se amoldan a los requisitos del nuevo patrón?
¿Cuando allá por la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco
los pintores nos agobian con imágenes religiosas eran artistas comprometidos
con la religión o simplemente pintaban, dibujaban, escribían
para quien les pagaba?
Sería importante distinguir entre el artista que se cree su «anarquismo,
socialismo, comunismo, republicanismo, anticlericalismo» y el que se
atiene a las nuevas normas que el amo de los dineros impone. ¿Trazar
carteles revolucionarios en 1936 en Barcelona es señal de compromiso
o de obediencia temerosa? Te asalta ferviente la duda cuando hasta bien entrada
la República una buena parte de estos diseñadores tan convulsivamente
revolucionarios se había dedicado al diseño de carteles de lo
más oficialista y comercial. En otros casos, aún hay menos dudas:
arribistas que creen que la guerra de 1936, y antes el oro soviético,
les permite abrirse camino en el siempre difícil terreno del arte,
terreno cómodo para el situado y extremadamente arduo para el anónimo.
En los menos, la mano acompaña al sentimiento. Madrigal, igual me equivoco,
también tiene sus dudas, se hace la pregunta y por último responde
afirmativamente: sí existió un compromiso político auténtico
en el arte en la España de 1917 a 1936. Ya tenemos libro.
Un libro hermoso y provechoso, no lo dudéis. Ofrece algunos antecedentes
del arte comprometido: destaca sobre todo a Courbet, Goya, condena el arte
lacrimógeno y la pintura de historias y no lo ve nada claro en gentes
como Sorolla (en mi opinión con ¡Y aún dicen que el pescado
es caro!, el levantino se salva), bucea en el anarquismo español de
fines del xix y comienzos del xx y alumbra a Opisso, Ose, Casas, Fillol, Cutanda,
Domingo, Blay, en los que cree ver un arte que, además de denunciar
los males sociales, incita a los trabajadores a la lucha contra la opresión.
También merodea por el modernismo bohemio, el novecentismo, el nacionalismo
vasco y su arte y no olvida al dadaísmo. Son sus antecedentes, los
de Madrigal, y como siempre discutibles, yo, no menos discutiblemente, podría
apuntar a un casi olvidado escritor del xix, Quintana, para el que el arte
era adorno del Estado y del poder y, por tanto, de existencia paralela.
Divide el periodo estudiado en tres fases, que vienen a coincidir con la Dictadura
de Primo, la Segunda República y la Guerra, precedidos del periodo
1917-1923 (ligado dice a la guerra mundial y a la de Marruecos). Enlaza por
tanto política y arte. Fijar el arranque en 1917 no sé si es
una decisión previa del autor o cree justificada la fecha. Si justificada,
quizás hubiera sido más exacto adelantarla a fines de siglo.
Entre 1870 y 1917 corren cincuenta años con muy importante prensa revolucionaria,
y puesto que el autor plantea su trabajo más a nivel de arte sobre
papel impreso (libros, periódicos, revistas, carteles) que sobre lienzo,
no hubiera sido difícil taladrar el reloj.
Transitan Salvat-Papasseit, Joaquín Torres-García, Barradas,
Ramón Acín, Castelao, Bagaría, Giménez Caballero,
Shum, Francisco Mateos, Alberto Sánchez, Carlos Maside, Lobo, García
Lamolla, Renau, Lescarboura, Blasco, Helios Gómez, algunas revistas
como La Revista Blanca, Orto, Estudios, Tiempos Nuevos, Tierra y Libertad.
Interesante, y más explicado que en otros lugares, lo referido a los
sindicatos de dibujantes y profesionales liberales en la guerra.
Para el periodo 1917-1932 destaca la oposición a la guerra («el
negocio de la muerte»), la progresiva entrada en el arte de los intereses
populares, la fuerza de Castelao, Bagaría y Acín y el compromiso
del arte nuevo en la coyuntura sociopolítica -me parece que Salvat-Papasseit
queda un tanto desubicado (¿lo fue, o no?), que se otorga desmedida
cancha a Torres-García si atendemos a la realidad, y que Barradas necesita
mayores precisiones-. Las referencias a Samblancat y Maurín, esperables;
de agradecer lo referido a Gil Bel, del que se sabía poquísimo
y del que últimamente se está escribiendo bastante para bien
y para mal.
De 1924 a 1931 se ocupa de las relaciones de los intelectuales con la Dictadura,
de la generación del 27, de revistas de avanzada, de la influencia
de la Revolución rusa, de José Díaz Fernández
y su nuevo romanticismo, de Giménez Caballero, del futurismo de Marinetti,
de las revistas anarquistas del periodo (Revista Blanca, Revista Nueva, Generación
Consciente), de García Maroto, de Acín, de Maside, de Shum,
de Francisco Mateos, de Alberto Sánchez.
La llegada de la República acarrea un cambio (por otro lado, también
visible en Europa, es la época de las asociaciones de escritores y
artistas). El autor comenta la importante tarea cultural de la República,
actividades como la de La Barraca (asunto ya convertido en un tópico
a mayor gloria de García Lorca), la proliferación de publicaciones
comprometidas de tinte marxista, anarquista y fascista, el nacimiento de la
UEAP y de la AEAR, el influjo del octubre asturiano, las polémicas
en torno al surrealismo, el anticlericalismo, Renau y su Nueva Cultura, las
revistas Orto, El Luchador, Leviatán, Mundo Obrero, Liberación,
Tierra y Libertad, Tiempos Nuevos y sus nóminas de ilustradores (Bon,
Les, Vidal, Cochet, Blasco, Helios Gómez...), la escuela de Vallecas
(Palencia, Alberto Sánchez, Díaz Caneja, Maruja Mallo), de nuevo
Bagaría, Maside y Acín, Francisco Mateos, García Lamolla,
Miguel Prieto, Antonio Rodríguez Luna, Renau, Lescarboura, Eleuterio
Blasco y los para mí, extrañamente, desconocidos Federico Comps
y González Bernal.
En el capítulo (epílogo) sobre la Guerra Civil destaca la relevancia
del cartel como arte necesario, cuyos antecedentes ve en la Asociación
de Cartelistas fundada en Barcelona en 1931, y lo estudia con detenimiento
en sus tres grandes focos: Madrid, Barcelona y Valencia. A destacar, muy notables,
las páginas dedicadas a Baltasar Lobo.
Que algunos artistas (Acín, Bagaría, Maside, etc.) sean tratados
en cada uno de los momentos cronológicos, creo que dificulta la lectura.
Tampoco me ha entusiasmado que el periodo bélico aparezca «a
manera de epílogo» (si significa que son unos apuntes sueltos
precisados de mayor información, sí; en caso contrario, no,
ya que la guerra es precisamente el gran crisol de todo lo anterior).
Ausencias, algunas las hay. No está por ejemplo la familia Lucarini,
todos anarquistas de pico y pala, y de cincel. Tampoco he leído el
nombre de Ricardo Baroja (quizás para Madrigal no sostiene vela en
este entierro) y muy de pasada el de Díaz Caneja, aunque es posible
que se me hayan pasado por alto, nada extraño en un libro en el que
son centenares los convocados a la celebración (y por eso se echa de
menos un índice alfabético final). ¿Estoy poniendo pegas?
Pocas son posibles, porque leído el libro uno queda satisfecho, se
aprende mucho sobre vanguardias, se aprende mucho sobre la relación
de las vanguardias con el arte comprometido y, por qué no decirlo,
se constata que hubo más anarquismo en el mundo del arte de lo que
nos han enseñado. Sobre el anarquismo hispano cuelga el sambenito de
ser un movimiento con reducidísimo número de artistas, con libros
como el de Madrigal cambias de opinión. Una cosa es su magrísima
presencia en los diccionarios al uso de celebridades literarias artísticas
y otra la realidad. Una cosa es que los críticos que han fijado los
cánones literarios y artísticos desconozcan totalmente (o casi)
la vitalidad artística de tan peculiar y popular movimiento y otra
muy distinta que esa vitalidad no exista.
Y terminemos. Sería una indecencia mostrarse reticente con un libro
que por primera vez enumera largas listas de buenos artistas expulsados del
oficialismo burgués y del catecismo estalinista. Y me parece que ese
es el primer escalón para que puedan pasar a la historia del arte a
la altura de otros muchos comprometidos también (en este caso con la
burguesía, el dinero y la dictadura). Y hay que agradecérselo
fervorosamente a Madrigal.
Mar Díez
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