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Me parece fundamental, para ser auténticamente
consciente de lo que se oculta tras las apariencias de la política
y de la sociedad, establecer dudas de las ideas establecidas que recibimos
continuamente, pensar con criterios propios usando nuestra inteligencia
para tratar de acercarnos a la verdad. Ésta, no resulta sencilla
de definir ni de formular pero, al menos, creo que es nuestra obligación
acercarnos a una explicación exacta. Pienso que es una postura
extremista el aislamiento total respecto a los grandes medios de comunicación;
es esencial estar informado por muchos frentes, incluidos los controlados
por las grandes empresas o instituciones, pero es exigible una mayor crítica
con lo que se está leyendo o recibiendo. Es vital, por lo tanto,
la continua información -sin la misma, no puede existir democracia-,
pero también una crítica constante de la misma; sin el hábito
de leer constantemente y hacerlo de manera activa, se prepara el terreno
para la manipulación y el embrutecimiento, de tragar con lo que
nos echen, de aceptar la realidad tal y como se nos la presenta.
Hay que comprender, en primer lugar, que los periódicos generalistas,
así como cualquier otro medio de ese tipo, lo que desea es vender
ejemplares y formar opinión -quizá, por este orden- por
lo que debemos deshacernos de esa idea tan sectaria e ingenua de que un
diario u otro representan alguna línea política; tal vez
puedan hacerlo en cierto sentido, pero perfectamente ajustada a los parámetros
del poder, yo me refiero a que no existe una orientación auténticamente
transformadora. Puede ser que trabajen más profesionales progresistas
en el diario El País, pero considerar que eso suponga una defensa
de la clase trabajadora, de los desfavorecidos, resulta disparatado. Es
posible que hace tres décadas, cuando la transición abría
una etapa esperanzadora, pudiera resultar creíble para muchos tal
cosa; patético resulta en la actualidad seguir sosteniendo tal
afirmación después de varias legislaturas socialistas,
con todo un imperio mediático -terrible resulta la idea de alguien
que solo se informe por medio de un diario, una radio o una cadena de
televisión, concentradas en las mismas manos- puesto al servicio
de un partido que todavía conserva la palabra obrero en sus siglas
y la instauración de otra democracia burguesa más en este
país -sí, burguesa, no hay que tener miedo a las palabras
y no temo que me acusen de usar una terminología anacrónica;
recomiendo a los excépticos que echen un vistazo a la definición
de la palabra burgués y observarán cómo
somos capaces de tragarnos el cuento y formar parte del sistema-.
Nuestra democracia formal no utiliza ya, como en otras formas de gobierno,
claros instrumentos de coerción sino que el asunto se vuelve mucho
más sutil y, en gran medida, bien de forma consciente o por omisión
de información, es posible que el aparato estatal se sustente en
una continua propaganda incapaz de cuestionar, ni de profundizar, en los
problemas políticos o sociales.
Por otra parte, los medios de comunicación están muy implicados
en la economía capitalista; por esto, defenderán una concepción
del mundo ajustada a ella, una continua afirmación de que vivimos
en el mejor de los mundos posibles y no existe, por lo tanto, una alternativa
política ni económica. Me da la impresión que los
profesionales de la información se van adaptando a este esquema
y si no existe una censura clara -que no digo que no la haya, estoy seguro
de que muchas voces son acalladas de manera sistemática, de una
manera o de otra-, sí existe la autocensura del que informa, resultando
más perversa, si cabe , ya que la domesticación esta asegurada.
Estoy hablando en términos generales; existen voces honestas, independientes
y discordantes, ajenas a las estructuras del poder y celosas de su independencia,
pero que resultan muy débiles, en el conjunto, para hacer el más
mínimo daño.
Si alguna vez pudo considerarse que el llamado cuarto poder
podía criticar desde fuera el funcionamiento político, hoy
se ha convertido en un poder más que defiende sus propios intereses
y, coyunturalmente, los de alguna opción política que le
garantice su parte del pastel. No me olvido de los medios propiedad de
la institución católica, garantes, según afirman
en sus últimas promociones, de una información libre, pero
lo que defienden y afirman, en numerosas ocasiones, me parece tan grotesco
y carente de sutileza que la cosa habla por sí misma. Recomiendo,
eso sí, por favor, a las personas que se consideran católicas
en este país, igual que hacía anteriormente generalizando
en el conjunto de la sociedad, que sean igualmente críticas y autoconscientes,
dejando a un lado las creencias individuales de cada uno, para no dar
protagonismo al prejuicio y a la ligereza allí donde se debe profundizar
y racionalizar.
Otra gran perversión de la información -y del profesional
que la maneja- en los tiempos modernos es su conversión en espectáculo,
el sensacionalismo que busca acaparar atención a cualquier precio
y que conlleva observaciones no contrastadas. Si manipulaciones informativas
ha habido siempre, las modernas técnicas digitales suponen que
el documento visual, que siempre ha tenido mayor credibilidad, adquiera
otra dimensión en cuanto al trucaje de la realidad, situando en
una situación de absoluta indefensión a los profanos en
la materia. Es necesario mantener una distancia acerca de lo aparente,
o sobre lo que nos proporcionan nuestros sentidos, en un mundo donde la
primacía de la imagen sobre una investigación sólida
y veraz es un hecho.
Paralelamente a la confusión informativa, la sociedad de consumo
tiende a crear necesidades artificiales para los ciudadanos, de manera
individual, lo cual contribuye al aislamiento. Alguien lo definió
como la filosofía de la futilidad y me parece muy acertada
la frase. El mercado, y la publicidad que lo sustenta, convierte a los
seres humanos en apáticos, e inconscientes en un sentido político;
son pocos los que escapan a esta situación y si lo hacen y combaten
lo que consideran perverso es posible que sea después de un proceso
de interiorización de muchos de sus valores. No quisiera que mis
palabras resulten tremendistas, únicamente que inciten a un continuo
análisis de nuestro entorno y cotidianeidad. La información
y la educación son primordiales -en todas las etapas de la vida
de una persona, pero queda quizá muy marcada por la de sus primeros
años- y si los valores académicos resultan ya muy cuestionables,
con su reproducción de un sistema ferozmente competitivo y jerarquizado,
la abstracción que hace la sociedad de consumo de unos valores
sólidos de solidaridad, compasión, o valores humanos en
general, resulta determinante -no quiero negar su parte de grandeza y
libre albedrío al ser humano, pero tal vez uno de las factores
que más influye en él sea el ambiente donde vive y la educación
que recibe-.
La concentración de recursos y poder no hace fácil la creación
de medios alternativos, pero si las personas corrientes nos unimos, creando
estructuras de información paralelas, independientes, con un estudio
de la realidad, una síntesis de la información adquirida
que pueda acercarse a la verdad -junto a las vivencias de las personas,
mucho más valiosas-, y una utilización de la técnica
no alienante, las cosas pueden cambiar -estoy hablando de la cuestión
mediática pero esto es extensible a cualquier otro proyecto- y
puede haber una educación recíproca entre personas y pueblos.
No existe un gran poder totalitario que todo lo controla, no hay ningún
gran hermano que nos observe continuamente -al menos, si no
se ha interiorizado en el individuo, como sostenían algunas de
las teorías del filósofo Foucault-, sino que el poder está
lo suficientemente descentralizado para que la tensión libertaria,
individual o colectiva, sea posible. Todo régimen, lo eran incluso
los más represivos, es susceptible de ser erosionado cuando la
presión pública y los movimientos sociales se convierten
en importantes, y reclaman su espacio. |