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El desarrollo económico, técnico y del saber del mundo ha
roto, en el mundo en el que vivimos, las morales y las ideologías
dejando a los humanos en pelota doctrinal. En situaciones
de crisis como esta, por comodidad y urgencia, se suelen recurrir a doctrinas
que están en la buhardilla de los modos de pensar envejecidos.
Y por eso aparece hoy en día de nuevo, en los medios intelectuales,
la solución nihilista. Que al negar los valores en general parece
que explica lo acaecido, cuando en realidad únicamente ofrece un
relativismo que llega, al negarse a analizar críticamente el mundo,
a una parálisis progresiva de la acción que sobre el mundo
podríamos ejercer. El nihilismo actual, heredero del de Nietzsche
a través, entre otros, de Foucault, es una vía, la más
fácil y casi natural (pues es un dejarse ir) de ocultar la estructura
de la sociedad actual y así evitar el tener que proponer una vida
nueva que contrarreste eficazmente, término este muy odiado por
estos relativistas, los efectos nefastos de esta sociedad.
El nihilismo de hoy está convirtiendo a algunos anarcos en anarco-plañideras,
que se limitan a denunciar el mal, ya que esta cuasi-doctrina considera
el Poder como algo invencible ante el cual sólo queda el recurso
del gemido. El miedo ante ese Poder, que ellos magnifican, les hace olvidar
los intereses comunes y resuelven sus problemas en oraciones
breves y fervorosas, en jaculatorias sollozantes. La anarquía puede
quedar reducida a un simple Muro de las lamentaciones donde
se dan cita, para llorar, los neo-nihilistas de ahora. Todo quedará
en gritos y llantos.
El mal, en lugar de localizarlo en el mundo real que nos rodea, se cristaliza
en conceptos a los que se concede un estatuto de realidad. Es que este
fundir en uno el nombre y la cosa nombrada ha sido una característica
del nihilismo desde siempre. Se llega así a un intelectualismo
que gusta por lo fino que es, ya que con él podemos jugar in
mente con los conceptos-problemas, sin necesidad de mancharse las
manos ni sudar.
Dice Bookchin que su inquietud hoy, no reside en la ausencia de garantías
de que aparecerá una sociedad libertaria sino en si alguna
vez de luchará por ella, en un período tan desesperado
y decadente.
El sólo maldecir el mal que se nos hace, sin oponer una resistencia
activa, conduce, querámoslo o no, a pedir un salvador,
alguien que nos dé la libertad. Pero lo que los anarquistas
querían era, precisamente, la supresión de las donaciones.
Hay que luchar por nosotros, no llorar por nosotros.
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