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1. INTRODUCCION
La pedagogía libertaria es un tema que en los últimos años
ha dejado de centrar el interés de la investigación en las
ciencias de la educación. Si en la década de 1970 la autogestión
educativa y la no directividad eran asuntos que motivaban un debate animado
en Europa, y especialmente en el contexto español tras la muerte
de Franco, hoy, ya en el siglo XXI, están teniendo cada vez menos
relevancia. Una simple lectura de la bibliografía existente en
torno a la educación libertaria y antiautoritaria, nos muestra
que en los 90 apenas encontramos una decena de títulos al respecto.
Sólo en estos dos últimos años se ha vuelto a poner
sobre el tapete, en algunos lugares, la importancia de la pedagogía
libertaria en el siglo XX, ahora que se hace balance de lo realizado en
la última centuria para hacer prospectiva de lo que será
la pedagogía del siglo XXI.
La investigación pedagógica que se desarrolla últimamente
parece querer pasar la página de las ideas educativas anarquistas,
y dejarlas en los manuales de historia de la educación como algo
del pasado. Pero después de estudiar con detenimiento la evolución
de la pedagogía libertaria y sus influencias, podemos descubrir
con claridad que las ideas del anarquismo siguen vivas, y que no puede
entenderse el estado actual de la educación sin reconocer las influencias
que han tenido las propuestas libertarias en la configuración de
la enseñanza actual. Cuestiones como la participación escolar,
la educación no formal, la autonomía de los centros de enseñanza,
las reformas educativas, la educación popular, etc. no pueden entenderse
en toda su profundidad si no se vislumbran qué aportaciones han
hecho las teorías anarquistas de la educación. Por otro
lado, el legado de la pedagogía libertaria no se manifiesta sólo
en las influencias del pasado sobre el presente, sino que también
sigue habiendo propuestas y experiencias actuales de educación
libertaria, quizás no suficientemente conocidas.
¿Qué es lo que ha cambiado, entonces, en este período
de tiempo que va desde los años 70 a los inicios del siglo XXI,
que hace que ya no esté de moda la pedagogía libertaria?.
Seguramente no haya sido la pretendida extinción del anarquismo
que algunos creen, puesto que, como podemos comprobar en el capítulo
de este trabajo que revisa las realizaciones prácticas de la acracia,
el movimiento libertario sigue existiendo, incluso con cierto resurgimiento
en los últimos años. Lo que en realidad ha cambiado ha sido
el clima social y cultural en Occidente, y en especial en España,
que provoca que las nuevas generaciones de profesionales y estudiantes
del campo educativo no estén preocupados por cambiar en profundidad
la realidad existente. La propuesta educativa anarquista no ha muerto,
sigue estando ahí para quien quiera utilizarla adaptándola
a los nuevos tiempos; lo que ha muerto (o casi) son las ganas de utilizar
los planteamientos revolucionarios en la educación. Hay hoy mucho
mayor interés por los enfoques micro, psicologicistas y tecnicistas
en la educación que por hacerse las grandes preguntas acerca de
la finalidad y el sentido de la formación humana.
Por eso, desde este breve texto, y posteriormente desde la tesis doctoral
que estoy elaborando, quiero aportar un grano de arena para demostrar
las enormes potencialidades que tienen las ideas anarquistas sobre educación,
con la idea de ir madurando y concretando una propuesta actual, para el
siglo XXI, de pedagogía libertaria que utilice la vía de
los nuevos movimientos sociales para extender su acción cultural
transformadora. Esta comunicación es una indagación acerca
de la propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria.
Se apoya en el manejo de fuentes bibliográficas sobre anarquismo
y pedagogía libertaria y en la teorización a partir de los
ejes esenciales extraídos de la lectura bibliográfica.
Las fuentes de la investigación que se han utilizado son principalmente
de carácter secundario, ya que el autor entiende que para teorizar
en términos generalistas acerca de la pedagogía libertaria,
no es de mucha utilidad indagar en fuentes primarias (archivos, documentos
orales, etc.), campo reservado para una metodología más
específica relativa a lo concreto y singular, por ejemplo, el estudio
de casos.
Pero para llegar a esta visión general, en este estudio el autor
ha tenido que partir de lo específico, de lo concreto. Para ello
ha estudiado las distintas teorías anarquistas de la educación,
pero sólo desde una perspectiva de muestrario (más que estudio
exhaustivo y completo) que posibilita extraer las ideas esenciales que
se ponen en juego en la pedagogía libertaria. El objetivo final
es del de teorizar acerca de la idoneidad del componente sociopolítico
de la educación anarquista como opción más ajustada
a la tradición libertaria y a las necesidades de emancipación
actuales.
2. LAS TEORIAS ANARQUISTAS DE LA EDUCACION
No se puede hablar de una sola teoría anarquista de la educación.
Prácticamente cada pensador anarquista ha tenido un pensamiento
específico para la educación, asignándole uno u otro
papel en el camino de la revolución. Preferimos hablar del anarquismo
como un paradigma (como el profesor brasileño Silvio Gallo lo denomina
(1)) de análisis sociopolítico, con lo que existirían
diferentes formas de interpretación de la realidad (teorías)
de acuerdo con el momento y con las condiciones históricas. Aquí
vamos a tratar de las distintas aplicaciones del paradigma anarquista
a la teoría de la educación.
Para ello trataremos en primer lugar de extraer una serie de elementos
comunes o principios generales de la pedagogía libertaria, para
después pasar a desglosar distintas corrientes o teorías
de la educación que se diversifican y contraponen a partir del
paradigma anarquista.
2.1. Algunos principios generales de la pedagogía libertaria.
- El antiautoritarismo.
La característica central del paradigma anarquista de la educación
va en consonancia con sus planteamientos sociopolíticos globales
de rechazo de la autoridad (estatal, económica, religiosa, etc.).
El autoritarismo también se sitúa normalmente en las instituciones
y acciones educativas, con la idea de que los educandos los reproduzcan
y lo perpetúen en sus vidas, impidiendo de este modo el sistema
capitalista la emancipación de los oprimidos. Educar, pues, en
el rechazo de la autoridad, en evitar la sumisión y en desarrollar
un aprendizaje de la autonomía y de la libertad, se hace fundamental
en la construcción de la futura sociedad libertaria.
Conviene aclarar aquí que el anarquismo se suele oponer a la autoridad
de tipo negativo, es decir, a aquella emanada de las relaciones
arbitrarias de poder y a aquella que se hace obedecer para conseguir sumisión.
Existe otro tipo de autoridad, digamos de tipo moral, que se basa en el
reconocimiento de la sabiduría de determinadas personas, que despiertan
admiración (no sumisión) y que se entiende como un tipo
de autoridad positiva que se acepta porque ayudan al crecimiento
autónomo del educando.
Una educación antiautoritaria pone al niño o al educando
en el centro de la relación educativa, es decir, tiene un carácter
paidocéntrico. La educación no debe pensarse más
desde la autoridad del maestro, sino desde los intereses y la libertad
del alumno. Esta idea no es, desde luego, monopolio del anarquismo, sino
que nace con Rousseau y se desarrolla con las corrientes pedagógicas
de la Escuela Nueva, pero son las teorías y experiencias educativas
libertarias las que la han desarrollado más coherentemente y hasta
sus últimas consecuencias. El objetivo final del antiautoritarismo
pedagógico es conseguir que los educandos sean dueños
de su propia vida y que no se dejen oprimir ni explotar, poniendo
en práctica el libre pensamiento y la autonomía moral (2).
La manera de construcción de la libertad del educando ha tenido
diferentes interpretaciones entre las teorías libertarias de la
educación, desde aquellas que apuestan por el respeto absoluto,
en el que el maestro no debe imponer nada al alumno, hasta aquellas que
entienden la construcción de la libertad y de la autonomía
como un proceso paulatino y activo, que debe ir desde de menos a más.
Pero, estas diferencias, que desarrollaremos más adelante, tienen
como rasgo común el entender que la libertad se construye mediante
la libertad; sólo mediante una educación que enseña
al educando a ser libre se pueden conseguir personas libres.
- La educación integral.
La idea de educación integral nace de la idea ilustrada (materializada
en la Revolución francesa) de la igualdad de oportunidades que
cada ser humano tiene respecto a los demás, y del derecho a desarrollar
de la forma más completa todas sus facultades físicas e
intelectuales. El iluminismo entiende al ser humano como un ser total,
resultado de una multiplicidad de facetas que se articulan en armonía:
la intelectual, la física, la moral, etc.
Las sociedades desiguales, bien sean feudales o de clases, se basan sobre
la separación del trabajo intelectual del trabajo manual, y esta
división se acentúa extraordinariamente en la sociedad capitalista
resultado de la Revolución Industrial, que afecta al trabajador
negativamente mediante un proceso de alienación. El socialismo
va a cuestionar este proceso de división y propone su superación
mediante una sociedad donde el trabajo integre la actividad física
e intelectual, y no se valore más el intelecto. En el contexto
del siglo XIX los primeros socialistas no autoritarios, fundamentalmente
Proudhon y Bakunin proponer la idea anarquista de educación integral
como camino para la superación de esta alienación.
La educación integral consiste en educar a la persona sin separar
el trabajo manual del trabajo intelectual, así como educar para
la vida social. Proudhon insistió en concebir al ser humano como
una representación de las relaciones sociales, y por tanto, ese
era el cometido fundamental de la educación integral. Para este
autor y para la filosofía anarquista en general la sociedad no
es el resultado de un contrato que reduce la libertad de los individuos
con su consentimiento, sino de un proceso de producción colectiva
de cultura y humanización. En ese sentido, Proudhon propone el
trabajo artesanal y politécnico como modelo para la educación
integral, pues éste abarca la totalidad del proceso de trabajo.
Defiende el valor pedagógico del trabajo y critica el exceso de
especialización que empobrece el desarrollo personal.
Bakunin, no obstante, actualiza la propuesta teórica anarquista
de educación integral mediante la dialéctica, puesto que
entendió que el sistema artesanal estaba superado tras la revolución
industrial, y propone superar la educación capitalista hacia una
educación emancipadora fundamentada sobre el desarrollo científico
de la razón. Al mismo tiempo que reconoce para la escuela un papel
importante en el proceso revolucionario, Bakunin señala que la
escuela no hace por sí sola la revolución, que son necesarios
trabajos revolucionarios de base que cambien las estructuras sociales.
- La autogestión pedagógica.
Derivada del principio político de autogestión, el anarquismo
propone una práctica educativa autogestionada, en la que el control
de la educación sea responsabilidad de los individuos de una escuela
o grupo educativo. La autogestión pedagógica supone varios
aspectos: la capacidad de construir espacios educativos (escuelas, ateneos,
etc.) por parte de los centros anarquistas con medios propios; la autoorganización
de los estudios por parte del grupo, que incluye tanto a alumnos como
al profesorado; y la autogestión de los aprendizajes mediante el
esfuerzo de los educandos, a través del autodidactismo y de técnicas
de investigación y trabajo grupal. Los espacios educativos libertarios
deben ser autónomos e independientes, no depender de las subvenciones
ni del control del Estado, y con un profesorado propio.
En el plan de estudios de una escuela anarquista no debe influir los requerimientos
del Estado y la Iglesia, el curriculum se define por el grupo mismo que
forma la escuela, que decide qué conocimientos son útiles
y valiosos para motivar el crecimiento en libertad de las personas.
La autogestión educativa no es un principio que pertenezca exclusivamente
a las teorías anarquistas de la educación, puesto que otras
tendencias la han asumido total o parcialmente: la pedagogía de
Freinet, los métodos del soviético Makarenko, los planteamientos
de Neill en Summerhill, la pedagogía institucional, etc.
2.2 Las teorías anarquistas de la educación de carácter
no directivo.
Aunque todas las teorías libertarias de la educación tienen
en común el rechazo al autoritarismo como principio pedagógico,
el posicionamiento en la línea del antiautoritarismo se da en algunas
en el polo del más escrupuloso respeto a la autonomía y
libertad del individuo, mientras que otras insisten en la legitimidad
de moldeamiento del educando por la comunidad. Así, siguiendo a
Silvio Gallo (3), existen dos tendencias en la pedagogía libertaria:
una tendencia no directiva y una tendencia sociopolítica o mainstream.
Las teorías no directivas parten del individuo como eje de toda
acción educativa, y se basa en muchos de los principios pedagógicos
que Rousseau desarrolla en el Emilio, aunque con críticas a su
posición liberal. Tienen una posición que podríamos
definir como individualista (aunque no en el sentido peyorativo de la
palabra), frente a la posición más comunitaria que tienen
las teorías sociopolíticas. Entienden que la libertad del
educando debe ser absoluta, y la misión del educador debe ser la
de evitar toda influencia coactiva en el desarrollo natural del individuo,
puesto que se entiende que éste es bueno por naturaleza (o al menos
que no es malo), y son las influencias represoras de la sociedad adulta
las que lo corrompen. Comparten con Rousseau la idea de que un individuo
es incapaz de razonar moralmente hasta su adolescencia, y que por tanto
es necesario aislarlo de la enseñanza de todo tipo de dogma, para
evitar la manipulación del niño (4).
Las teorías no directivas toman la autogestión como un medio,
como una metodología de enseñanza, es decir se educa por
la libertad, entendiéndola como una característica natural
del educando. Estas tendencias tienen muchos rasgos en común con
las pedagogías no directivas que no son libertarias, como la de
Carl Rogers, de planteamientos liberales, u otras de corte psicoanalítico
(como la practicada en Summerhill), aunque las teorías anarquistas
no directivas sí tienen, por lo general, una perspectiva de clase
social.
Son varias las teorías de esta tendencia, que van desde los planteamientos
anarquistas individualistas de Stirner hasta la corriente de escuela neutral
y las ideas educativas de Tolstoi.
- La teoría anarquista individualista de Max Stirner.
La teoría del alemán Max Stirner es la postura más
radical dentro de las teorías no directivas en el seno de la pedagogía
libertaria, puesto que sitúa al individuo en un plano absoluto
y critica, por tanto, cualquier influencia de la sociedad, que él
considera ilegítima. Entendía que el individuo debía
anteponer siempre sus propias necesidades y deseos a sus conocimientos
y creencias, que el individuo debía poseer el pensamiento (y desembarazarse
de él cuando lo creyese necesario) y no al revés. Así,
en acuerdo con Rousseau, el método de educación debería
permitir la elección particular de las creencias (5). Incluso se
oponía a la educación, pues ésta se convertía
en una rueda dentro de la cabeza. El principal problema de
la sociedad moderna es que está repleta de gente educada y no de
gente libre. La escuela es el lugar de aprendizaje de la sumisión,
una primera institución que prepara para la iglesia, el estado,
el partido, etc. El fin último de la enseñanza es el de
la negación de uno mismo, la interiorización de la figura
represiva del maestro: En verdad, ser maestros de escuela es una
cosa que llevamos en la sangre; llevamos dentro el maestro de escuela
o, en otras palabras, el policía y el gendarme (6).
Stirner no desarrolló con detalles el modo de conseguir una educación
libre de dogmas, pero sí señaló la necesidad de liberar
al individuo de sus dogmas (deseducar, diríamos hoy) para acabar
sustituyendo el Estado por un sindicato de egoístas compuesto por
personas libres que no se sacrificaran ante una abstracción despegada
de sus necesidades concretas. Otorgaba a la escuela un papel no de instruir
y civilizar, sino de favorecer la creatividad para formar espíritus
libres.
- El neutralismo pedagógico.
Esta corriente que se dio en el seno del anarquismo español de
principios de siglo tuvo gran fuerza en su época. Plantea que la
educación debe ser neutral en cuanto a valores y a contenidos,
huyendo de toda transmisión ideológica, aunque fuese anarquista,
puesto que entienden que el /la alumno/a, educado en libertad, elegirá
por sí mismo el mejor camino para su liberación.
El principal difusor del neutralismo pedagógico era Ricardo Mella
Cea (1861-1925). Mella sobresale como uno de los teóricos más
importantes del anarquismo español. En el ideario de Mella tiene
un papel fundamental la defensa del individuo, no en un sentido egoísta
y burgués, sino en un sentido libertario, puesto que el Estado
anula las características diversas de las personas e impide que
los seres humanos puedan ser dueños de su propia vida. Para Mella
el fin no justifica nunca los medios, y por tanto, la libertad se
educa con la libertad, la solidaridad con la solidaridad y la igualdad
con la igualdad (7). Por eso es necesario proponer un método
pedagógico que sea consecuente hasta el fin con la libertad.
Así, Mella y el asturiano Eleuterio Quintanilla (1886-1966) propusieron
esta idea en el congreso de la Confederación Nacional del Trabajo
(CNT) de 1919, confrontándose al modelo de Ferrer Guardia, que
tenía una orientación más social, que ellos consideraban
más dogmática. El modelo de la Escuela Neutral, que fue
desarrollado teóricamente por Mella (8), fundamentalmente en su
obra Cuestiones de enseñanza (9), apuesta por una escuela
que sólo enseñe las verdades indiscutibles, probadas por
la ciencia experimental, y que muestre las distintas teorías explicativas,
pero que no enseñe ninguna como verdadera, para evitar el dogmatismo.
Se trata de dejar al niño en absoluta libertad para que él
escoja, limitándose a mostrarle las diferentes opciones sociales
y políticas. Así, la enseñanza no debe tener ningún
calificativo, la escuela no debe, no puede ser ni republicana, ni
masónica, ni socialista, ni anarquista, del mismo modo que no puede
ni debe ser religiosa (10). La enseñanza, pues, debe ser
antidogmática, huyendo de todo tipo de adoctrinamiento, respetando
la libertad individual de pensamiento. La crítica de los neutralistas
a Ferrer era la de que su modelo de escuela acababa siendo dogmática
en cuanto inculcaba ideas que el profesor llamaba racionales o científicas,
pero que eran, al fin y al cabo, justificaciones ideológicas para
convencer al niño de la idoneidad y cientificidad de las propuestas
del anarquismo.
- El pensamiento educativo de Tolstoi.
El autor ruso León Tolstoi (1828-1910) esbozó en las últimas
décadas de su vida un anarquismo cristiano y noviolento que le
llevó en el plano pedagógico a aceptar hasta sus últimas
consecuencias la libertad de los niños (11).
En el ideario pedagógico de Tolstoi pesa sobre todo una concepción
de la vida optimista en cuanto a la condición humana, idea en la
que influye poderosamente Rousseau. León Tolstoi entiende que el
ser humano es feliz si está cerca de la naturaleza y lejos de la
civilización que obstaculiza y desvía su desarrollo espiritual
(12). Por tanto, muchas de las modernas pedagogías que se ensayaban
a finales del siglo XIX le parecen intentos de controlar y anular más
aún a la infancia, alejándoles de su evolución natural
hacia la libertad. Todo artificio en la enseñanza que se emplee
para moderar la naturaleza inquieta y desordenada del alumnado es perjudicial
porque contradice las leyes de la naturaleza. La educación en cuanto
autoformación espiritual se degrada allí donde hay
imposición de un saber deteriorado y represivo anclado en programas
rígidos... donde la espontaneidad del niño es sofocada por
la insensata pretensión de conformarle a la fuerza según
el modelo corrompido del adulto (13).
El maestro debe tener conciencia de que su papel es el de acompañar
al alumno, respetando su individualidad, y que el verdadero maestro no
se caracteriza por sus títulos y diplomas, sino por que sigue educándose
mediante la voluntad de perfeccionarse sin fin. Para el tipo de escuela
que Tolstoi propone, es necesario formar a profesores de extracción
popular.
Por otro lado, la función de la escuela no debe ser la de educar,
sin la de instruir. La educación, para Tolstoi, afecta al plano
moral de las creencias y las convicciones (formar el carácter),
aspecto que corresponde más bien a la comunidad y a la familia,
pero que sobre todo, es construido personalmente por el educando a lo
largo de la vida. La escuela estatal se enfrenta a la vida con su intención
de adoctrinar, manipular y reglamentarlo todo, y por tanto, la nueva escuela
no debe caer en el mismo error, siendo su función la de instruir,
es decir, suministrar conocimientos útiles; en vez de la de educar.
El ideal tolstoiano de escuela popular y abierta, no coercitiva y respetuosa
con la naturaleza humana, será ensayado en su escuela de Yasnaia
Poliana.
2.3 Las teorías anarquistas de la educación de carácter
sociopolítico.
En el otro polo del paradigma anarquista de la educación nos encontramos
con las teorías que defienden que la educación debe tener
una fuerte orientación social. Estos planteamientos no entienden
la libertad individual al margen o en contraposición a la libertad
social, la libertad no es una característica natural, sino social
(Bakunin), y por tanto, la libertad se convierte en un fin, no en el medio.
Si la libertad es conquistada y construida socialmente, la educación
no puede entonces partir de ella, sino que puede llegar a ella. Metodológicamente,
la libertad deja de ser un principio, lo que aparta a esta línea
de las pedagogías no directivas (14).
En este polo, el carácter político de la educación
se acentúa, pues se entiende que no existe ninguna educación
neutral, ya que todas se basan en una idea del ser humano y en una concepción
de la sociedad, y por tanto, el/la educador/a debe definirse por un modelo
de ser humano y de sociedad. La educación anarquista, para estas
tendencias, debe educar para el compromiso moral y político de
transformación de la sociedad, no debe ni puede renunciar a transmitir
ideología (no a dogmatizar), porque de lo contrario la sociedad
capitalista inculcará la suya propia sobre los educandos. En este
sentido, dentro de este polo encontramos diversos planteamientos, desde
los que van a limitarse a proponer un corpus fundamental de enseñanzas
científicas y racionales que faculten para una toma de posición
en la sociedad (la enseñanza racionalista) hasta aquellos que proponen
una pedagogía de la confrontación que eduque a luchadores
sociales contra el Estado y el Capital.
En esta tendencia encontramos diversas teorías.
- La teoría de la educación de Bakunin.
El pensador ruso, figura clave en la elaboración de los planteamientos
más influyentes en el seno del anarquismo, desarrolló también
su propia teoría de la educación. Para entender esta teoría,
es preciso conocer el punto de partida materialista de Bakunin, que ataca
ferozmente los conceptos teológicos del libre albedrío y
la providencia divina, entendiéndolos como responsables de la alienación
de la libertad humana. El individuo no es libre por naturaleza, sino que
alcanza la libertad combatiendo, mediante su voluntad, y en compañía
de otros individuos. La libertad, por tanto, lejos de ser un don divino
o una facultad innata (Rousseau) es un acto volitivo, una conquista social.
Bakunin entiende que el papel de la educación para conseguir la
revolución es muy importante, porque las grandes transformaciones
sociopolíticas sólo se logran y mantienen si están
precedidas y sostenidas por un movimiento de ideas compartidas (15). La
instrucción del pueblo, pues, está estrechamente vinculada
con su emancipación social y política. Pero la instrucción,
para Bakunin, no debe confundirse con el amaestramiento del pueblo: Nosotros
no somos los preceptores, sino los precursores del pueblo. La educación
debe consistir en ayuda directa para despertar toda la energía
revolucionaria de la que cada uno es capaz (16).
Como método pedagógico Bakunin propone un continuum que
va desde la autoridad a la completa libertad. Entiende que los niños
deben educarse partiendo del principio de autoridad, puesto que estos
no tienen aún desarrollada su inteligencia. La autoridad se entiende
aquí como una tutela verdaderamente humana y basada en la razón,
no en principios metafísicos, teológicos y jurídicos.
Pero la autoridad debe disminuir gradualmente a medida que avanza la educación
y se va consiguiendo una creciente libertad. Bakunin afirma que toda
educación racional no es en el fondo más que la inmolación
progresiva de la autoridad en beneficio de la libertad (17). La
única función de esa autoridad es preparar a los niños
para la máxima libertad. La visión dialéctica del
pensador ruso entiende el desarrollo de la educación como una negación
gradual del punto de partida, para superarlo en una nueva síntesis
final: la libertad absoluta aboliendo el principio de autoridad. Por eso
propone educar una voluntad firme en el niño, que eduque en el
autocontrol, en contra de otros métodos pedagógicos tolerantes
que se basan en satisfacer continuamente los deseos y caprichos de la
infancia.
En cuanto a la educación para personas adultas, Bakunin ve contraproducente
utilizar el principio de autoridad, pues es la fuente de la esclavitud.
Propone, pues, establecer escuelas para el pueblo, al estilo de academias
populares, en las que no se sabrá quiénes son los alumnos
o los profesores, puesto que todos podrán aportar su experiencia
y sus conocimientos en una especie de fraternidad intelectual entre
la juventud instruida y el pueblo (18).
- Los planteamientos educativos de Ferrer i Guardia.
Aunque Ferrer i Guardia es conocido sobre todo por la experiencia de la
Escuela Moderna, nos centraremos aquí en su particular teoría
de la educación. Las ideas pedagógicas de Ferrer tienen
una vital importancia no sólo porque fueron las que fundamentalmente
orientaron la labor educativa de la Escuela Moderna, sino sobre todo porque
pusieron la columna vertebral de esa corriente educativa llamada enseñanza
racionalista que se expandió, a partir de su muerte, por todo el
mundo. Y en cuanto a la relevancia de la figura de Ferrer en el marco
español, el profesor Pere Solá afirma que Ferrer aparece
como una de las pocas, quizá la única, alternativas teóricas
globales dadas en materia de política educativa por la izquierda
revolucionaria en este país (19).
Las influencias ideológicas que Ferrer recibe son las del anarquismo,
el positivismo y el librepensamiento laicista de la nueva modernidad de
fines del siglo XIX y principios del XX, en el que pesa decididamente
su pertenencia a la masonería. En el plano pedagógico influyen
ampliamente las ideas de educación integral que Paul Robin ensayó
en Cempuis, y los planteamientos educativos de autores como Rousseau,
Tolstoi y Sebastián Faure.
La primera reflexión que hace Ferrer i Guardia acerca de la educación
es que ésta es un problema político. Los modelos pedagógicos
del momento (enseñanza laica estatal al estilo francés y
enseñanza religiosa) no le satisfacen porque obedecen a los intereses
del Estado y del clero. La preocupación reciente de los gobiernos
por extender la enseñanza a las capas populares se debe realmente
a la necesidad de mano de obra cualificada para que las empresas puedan
mejorar la producción. Así, la escuela estatal es realmente
un medio de dominación burguesa para controlar la mentalidad de
la clase obrera, y la escuela confesional un modo de seguir inculcando
las supersticiones religiosas para evitar la liberación del pueblo.
De este modo, para evitar esta manipulación política es
necesario basar la educación sobre la ciencia positiva, que es
lo que él llama enseñanza científica y racional.
La ciencia debe estar al servicio de la razón natural (o necesidades
naturales de la vida) y no de la razón artificial de la burguesía.
Por eso el principal cometido de la escuela debe ser el de que el niño
conozca el origen de la desigualdad económica, la falsedad de las
religiones a la luz de la ciencia, el error del patriotismo y el militarismo
y la esclavitud que supone la sumisión a la autoridad. El ideario
pedagógico de Ferrer se decanta claramente por el papel de creación
de conciencia sociopolítica de la escuela, aunque como sostiene
acertadamente B. Delgado en su obra sobre la Escuela Moderna, Ferrer i
Guardia hacía pública confesión de que había
que respetar la inteligencia y la libertad del niño declarando
que el buen maestro era capaz de prescindir de sus propias ideas de adulto
(20).
Ferrer se decanta en sus escritos por el naturalismo pedagógico
o educación natural (21), pero la aparente contradicción
que señala Delgado con su acusada orientación política
(que queda patente en textos escolares y consejos dados a los profesores
de la Escuela Moderna) se resuelve teniendo en cuenta la diferencia del
naturalismo pedagógico de nuestro autor con el resto por su marcada
dimensión social. Se trata, pues, de dejar que la naturaleza opere
en el niño, que se desarrolle libremente sin represiones, pero
con el objetivo último de que este respeto por la evolución
del niño lleve a formar personas que se comprometan con la revolución
social.
En el programa de la enseñanza racionalista también juega
un papel importante la coeducación de sexos y de clases. Consciente
de la tremenda opresión de la mujer en su época y cercano
a las demandas del incipiente feminismo en Europa, Ferrer entiende que
la educación mixta de chicos y chicas en la escuela alternativa
promoverá la igualdad futura. Por otro lado, la coeducación
de clases hace referencia al intento de anticipación de la sociedad
futura en la que todos los seres humanos serán iguales, puesto
que las escuelas privadas que educan a los niños ricos enseñan
la conservación del privilegio, y las escuelas para niños
pobres enseñan en el odio y la lucha de clases. Así, que
nuestro pedagogo recomienda la coeducación de ricos y pobres porque
los niños, en la infancia, deben aprender simplemente a ser hombres,
para después cuando lo sean se declaren en rebeldía. Se
trata de no anticipar amores ni odios, adhesiones ni rebeldías,
que son deberes y sentimientos propios de los adultos.
Otro rasgo de esta teoría de la educación es el valor que
tiene el individuo, el niño concreto, en la educación. Es
decir, para la enseñanza racionalista, al igual que para todo el
movimiento de Escuela Nueva de esta época, el paidocentrismo está
en boga. La educación de los niños debe servir a la satisfacción
de sus necesidades físicas, intelectuales y morales, y no imponerle
ideas que sirvan para el mantenimiento del orden social. Por ello, los
premios y los castigos pierden sentido en la escuela racionalista, y el
juego cobra relevancia en el proceso educativo (y el trabajo manual),
juego que por prolongación natural se convertirá más
tarde en trabajo no alienado.
Algunos autores han criticado a Ferrer i Guardia que su ideario pedagógico
fue incoherente con la práctica real de la Escuela Moderna, fundamentalmente
en lo referido al adoctrinamiento ideológico revolucionario que,
efectivamente, parecía darse. Pero es importante saber situar esta
teoría en un contexto en el que la enseñanza racionalista
se convertía en bandera de revolucionarios y anarquistas, y que
por tanto, el respeto absoluto a la independencia del niño era
un objetivo que no se veía incompatible con la formación
de futuros rebeldes.
- La teoría de la desescolarización.
A partir de la década de 1960 surgen con fuerza en el seno de las
ciencias de la educación corrientes críticas con la escuela
que van a señalar su complicidad con los intereses y valores de
la sociedad capitalista, y su función de adiestramiento y reproducción
cultural de las relaciones desiguales en la sociedad. Desde planteamientos
marxistas, surge la teoría de la reproducción, dentro de
la cual algunos autores se posicionan pidiendo la eliminación de
la institución escolar.
Desde algunas posturas anarquistas también se ha pedido la muerte
de la escuela o desescolarización. En esta línea
encontramos autores como Paul Goodman, Everett Reimer, Iván Illich,
los daneses Andersen, Hansen y Jansen (autores del Libro rojo de la escuela),
Fachinelli, Murat, etc.
Los planteamientos fundamentales de esta teoría los describe el
pedagogo Iván Illich en su obra La sociedad desescolarizada
(22). El escritor parte de la crítica de las instituciones por
que, bajo la apariencia de cubrir necesidades básicas, están
dando el paso real de la asistencia a la dependencia, y por tanto, a la
custodia y el control. La escuela acaba separando a las personas de su
propia capacidad de aprendizaje para que finalmente dependan de la autoridad
de las instituciones y de los expertos, de la tecnocracia. Las instituciones,
que fueron creadas para estar al servicio de la humanidad, acaban siendo
medios que escapan a su control, poniendo al ser humano a su servicio.
Esto es lo que llama Illich la contraproductividad específica
de las instituciones, a la que se ha llegado por efecto del modelo industrial
de la sociedad actual. Los presupuestos nacionales de enseñanza
van creciendo cada vez más, sin embargo cada vez son menos las
capas sociales que se benefician de esta inversión; es decir, los
privilegiados van a la escuela durante más tiempo y consumen más
dinero, puesto que los último escalones educativos (universidad)
son los más costosos. Al final se acaban perpetuando las situaciones
de injusticia social y económica gracias a las escuelas (23).
Por tanto, los teóricos de la desescolarización proponen
invertir las instituciones, poniendo al servicio de la gente la tecnología
y los recursos. Así, la escuela debe ser reemplazada por unidades
descentralizadas que estimulen la convivialidad (la convivencia
y la jovialidad), que no tengan un carácter obligatorio y que posean
sobre todo una utilidad pública, que en este caso se caracterice
por garantizar la información y los aprendizajes útiles
para la vida. Se trataría de lonjas de habilidades o servicios
de intercambio de conocimientos, de depósitos descentralizados
de recursos, de un servicio de educadores profesionales y de búsqueda
de compañero que facilite el encuentro entre iguales (24).
Por ejemplo, podría darse un centro de información, una
especie de biblioteca, en el que se pudiese acceder a libros, equipos
informáticos, etc. y recabar información sobre visitas a
centros industriales, acceso a actividades comunitarias, ofertas de aprendizajes
de oficios, etc. Así, se produciría una desescolarización
del aprendizaje formal y se revalorizaría la educación informal
y la capacidad autodidáctica de los educandos. La manera de igualar
las oportunidades educativas sería mediante cuentas educativas
personales repartidas equitativamente, de manera que cada uno pueda emplearla
en el servicio educativo que más le interese.
Para Illich y Reimer esta propuesta de desescolarización no cambiará
por sí sola las estructuras sociales, debe ir acompañada
de una situación de cambios sociales profundos. Pero sí
recomiendan no minusvalorar la educación, teniendo en cuenta que
ésta no debe confundirse con la escolarización, y que una
alternativa como la que ellos proponen atacaría al eslabón
más sensible del sistema.
Otro autor de la teoría de la desescolarización, Paul Goodman,
aún hablando de la muerte de la escuela, la complementa más
marcadamente con el aspecto comunitario (25) y no se muestra tan radical
como Illich en cuanto a la desescolarización, proponiendo conservar
la escuela para algunos niveles de edad y circunstancias. Algunos autores
califican la teoría de la educación de Goodman de historicista
(26), diferenciándola de las teorías tecnicistas o eficientistas
de Illich, Reimer y Mac Luhan, más interesadas en denunciar la
escuela por el derroche económico y su ineficiencia que por el
daño producido a la infancia y la reproducción del individualismo
capitalista.
Para Goodman es necesaria de algún modo la comunidad educativa
vivencial (la convivencia tradicional entre discípulos y maestros).
Por ello propone una solución mixta, así desaparecería
al menos en parte, el peligro de institucionalización estatal de
la educación y la asunción de la misma por una sociedad
civil que no estaría atomizada, sino que, organizándose,
cambiaría al mismo tiempo escuela y sociedad. Goodman era más
partidario que Iván Illich de las escuelas alternativas o paralelas.
Para los más pequeños propone descentralizar la escuela
en pequeñas unidades o casas club, sin que la asistencia
a clase sea obligatoria, conectando el colegio con granjas económicamente
deficitarias donde los niños pudiesen acudir un par de meses al
año. La enseñanza técnica sería asumida por
las empresas, para que mediante una formación directa los futuros
trabajadores fuesen aprendiendo la autogestión. Finalmente, la
universidad también tendería a descentralizarse en una red
de grupos autónomos de estudios, al modo en que se desarrolló
la actividad estudiantil durante el período revolucionario vinculado
al Mayo del 68. De este modo, la auténtica educación, es
decir, el autodidactismo o aprendizaje autónomo, podría
darse en una nueva sociedad, que él la situaba en el plano de la
utopía como la ciudad educativa, un proyecto comunitario donde
todos los sectores y adultos de la ciudad cumplirían una función
educativa: se trata de que sea la ciudad la que eduque, y no la escuela.
3.- CONCLUSIONES
El recorrido realizado en este trabajo por las teorías libertarias
de la educación nos debe llevar a concluir una serie de consideraciones
acerca de la pedagogía libertaria.
Aunque los principios que pone en práctica la educación
anarquista son varios, entiendo que la posición central que la
identifica es la de una apuesta por educar en el compromiso social y político
(entendiendo el término política en el sentido amplio, y
no en el restrictivo de estrategia para el gobierno o poder). Conviene
aclarar que la opción por el componente político de la educación,
en el marco de una línea de educación popular con finalidades
transformadoras, donde me sitúo, no debe extrañar en modo
alguno, pues parto de la comprensión de que la educación
tiene una eminente naturaleza política, como defiende Paulo Freire.
Aunque a veces la pedagogía libertaria se ha identificado más
con un método (la no directividad) que respeta al máximo
la libertad del educando, entendemos que esta identificación da
lugar a un error fundamental, que es el de confundir un medio con un fin.
La trayectoria de los distintos anarquismos viene a confirmar una idea
común de alcanzar la libertad colectiva respetando la autonomía
individual, pero dejando claro que ésta última no tiene
sentido por sí sola dentro de un movimiento de emancipación
que aspire a liberar a todas las clases y grupos sociales. Salvo algunas
tendencias anarquistas de carácter estrictamente individualista
(como la de Stirner), la mayoría de los sectores ácratas
entienden al anarquismo como un socialismo. Desde esa perspectiva, una
educación socialista libertaria educa para la libertad, pero también
educa para el compromiso. Que en algunos momentos históricos los
educadores anarquistas hayan defendido el respeto absoluto por la libertad
del alumno no sólo como método sino también como
fin en sí mismo, responde más bien a circunstancias históricas
determinadas, en las que el autoritarismo más feroz debía
ser contestado con una educación libre en términos absolutos.
La estructura manifiesta y profundamente autoritaria de sociedades herméticas
ha llevado a poner en movimiento ideas y prácticas pedagógicas
totalmente no directivas que tenían más bien una función
terapéutica para la infancia y juventud. No se puede entender de
otro modo experiencias como la de las comunidades escolares de Hamburgo,
que en los primeros tiempos se dedicaban a desintoxicar al
alumnado de la disciplina y el orden maniáticos de sus experiencias
escolares previas, admitiendo para ello el desorden más extremo
en su nueva educación. También, toda la corriente de educación
antiautoritaria vinculada al psicoanálisis, como es el caso de
Summerhill, se une a esta necesidad histórica.
Las circunstancias actuales, sin embargo, son otras. Aunque nuestra sociedad
sigue siendo autoritaria, la coacción no llega a ser patente en
todos sus niveles, sino más bien latente, utilizando mecanismos
ocultos como la acción desinformativa de los mass media, el currículum
oculto en la escuela, la publicidad y el consumismo, el desempleo como
disciplina social, etc. Las nuevas generaciones, especialmente en Occidente,
no aceptan fácilmente el autoritarismo en sus formas evidentes,
fenómeno que se evidencia en el aumento de la conflictividad en
las aulas debido al choque con la autoridad del profesor, que antes era
indiscutible.
El elemento del compromiso en la pedagogía libertaria nos trae
a la luz que, como dice Silvio Gallo, asumir una postura no directiva
en la educación significa dejar que la sociedad se encargue de
la formación sociopolítica de los individuos. La perspectiva
no directiva heredada de Rousseau (...) sirve en definitiva a los intereses
políticos del capitalismo que alimenta individuos adaptados al
laissez faire absoluto que habrá de procurar el desarrollo
individual sin preocuparse del desarrollo colectivo ni del social
(27). Otros autores como Pere Solá y Josefa Martín Luengo
redundan en esta idea de la necesidad del compromiso en el proyecto educativo
libertario. Solá afirma que este proyecto es sintónico
con una actitud militante de rebeldía frente unas estructuras de
dominación económico - social política - cultural
injustas (28). Martín Luengo, por su parte, desarrolla una
argumentación contundente a favor de una escuela comprometida con
la anarquía, abogando por una manipulación necesaria,
por cambiar las mentes manipulándolas en contra de su
manipulación, hablando de manipulación en el sentido de
introyectar los valores en los que creemos (29), pues de lo
contrario el sistema capitalista lo hará de seguro por su cuenta.
Se trata, por tanto, de nunca abandonar, nunca dejarles el campo
libre (30). La larga experiencia de esta pedagoga como coordinadora
de la Escuela Paidea le ha llevado en los últimos años a
acentuar el contenido ideológico, sociopolítico, de la educación
en este centro, para evitar que los chicos que salgan de él sean
jóvenes independientes pero egóticos e individualistas al
mismo tiempo.
Desde la tendencia no directiva del paradigma anarquista de la educación
estas ideas serían juzgadas como dogmáticas y autoritarias.
Pero es aquí donde conviene aclarar la cuestión de la autoridad
y de la ideologización en la educación libertaria. La autoridad
se convierte en opresora cuando se basa sobre sí misma, es decir,
cuando es un ejercicio de dominación de alguien o algo que tiende
a conservar un privilegio que tiene en propiedad. Sin embargo, si la autoridad
se entiende como la limitación social al individualismo, y el complemento
lógico a la libertad personal para lograr la libertad colectiva
(tal y como se entiende la libertad en el anarquismo bakuninista), la
autoridad tiene un papel importante. Como decía Bakunin, la pedagogía
anarquista debe partir del principio de autoridad, puesto que sólo
así se llega a construir una auto disciplina necesaria para
construir la libertad, que es un proceso. Así, coincido con Silvio
Gallo cuando afirma que el proceso pedagógico de la construcción
colectiva de la libertad es un proceso de deconstrucción paulatina
de la autoridad (31).
Partir de la autoridad quiere decir reconocer la autoridad moral (no legal)
que reside en la persona que tiene más experiencia y que provoca
admiración, pero esta autoridad debe ir reemplazándose por
la conducta autónoma que ya no necesite admirar ni seguir ejemplos
para conducirse. Es decir, no cabe nunca una actitud acrítica respecto
a la autoridad.
Partir de la autoridad significa además admitir que formo parte
de una comunidad y que acepto con responsabilidad lo que ello significa.
Se trata, pues, de sustituir paulatinamente la autoridad del mentor o
tutor (léase adulto, profesor o especialista) por la autoridad
natural que puede y debe ejercer la comunidad, como ocurría en
las escuelas de Hamburgo, que dejaban trabajar al sentido común
para que el orden natural del grupo se encontrase con la necesidad de
autorregular una disciplina no basada en la coerción de las leyes
y normas legales, sino en la persuasión y en la coacción
moral del grupo.
Mas esta autoridad sana que ayuda a crecer al educando supone en realidad
un reto, el reto de la autonomía, de la responsabilidad, del compromiso...
de la libertad. Es siempre más fácil que a uno le dicten
las normas que uno las descubra por sí mismo y ejercite la responsabilidad
social. Es esa misma responsabilidad la que a menudo, desde una moral
anarquista, debería llevar al alumno a desobedecer y ser consecuente
con esa desobediencia. Para educar en valores semejantes es necesario
poner en marcha, pues, una pedagogía del riesgo, siguiendo la denominación
de Gallo (32). La búsqueda de la seguridad, especialmente en los
tiempos que corren, hace que la enseñanza también busque
la huida de la libertad, transmitiendo que evitar tomar decisiones y tener
a alguien que se responsabilice de nuestra vida nos tranquiliza y nos
da sensación de seguridad. Si el individuo quiere llevar una vida
tranquila sólo tiene que adaptarse reproduciendo los patrones sociales
de esfuerzo, lucro, consumo, racionalidad, obediencia, etc. El valor de
seguridad en la educación de la sociedad post -industrial (fabricado
por las industrias del miedo militarismo, estado policial, medios
de comunicación, religión, etc.-) afianza la estructura
del sistema, puesto que nadie, o muy pocos, quieren asumir el riesgo de
experimentar algo nuevo e incierto, de superar el miedo a la libertad,
en palabras de Erich Fromm. La educación libertaria, por el contrario,
apuesta por el valor del riesgo, de la opción por la desadaptación
y la diferencia, por la resistencia y el desajuste con el sistema, que
es la actitud que está en el origen de toda intención revolucionaria
que quiera cambiar el mundo. La tarea de una educación anarquista
es, en primer lugar, efectuar una deconstrucción de la ideología
de la seguridad y de la autoridad que la sociedad capitalista introyecta
(33). Esta es la esencia sociopolítica de la pedagogía libertaria.
Lo sociopolítico en la pedagogía libertaria nos remite directamente
al terreno de lo comunitario, valor que está en la raíz
de toda propuesta con intenciones sociales, y que hoy en día sufre
una crisis preocupante. El valor de lo grupal, de la comunidad siempre
ha estado presente en la educación anarquista, especialmente cuando
se daba en un contexto obrero o campesino. El fin de la educación
es el de educar al pueblo, al colectivo oprimido. El educando no es el
sujeto individual (o no solamente), sino que es también la clase
social, el grupo, constituido en ateneo, sindicato, centro social, etc.
En la actual forma ideológica dominante, el neoliberalismo, difícilmente
se considera al educando en un colectivo, exceptuando el de su país
(cuando se habla de educación cívica) o la sociedad en general
(cuando se habla de educación en valores). El sujeto de aprendizaje
se entiende como un ser individual, al que se evalúa, clasifica
y orienta de cara al mercado laboral. Pero los mecanismos educativos preparados
para el aprendizaje de lo colectivo, del ejercicio de la ciudadanía,
de los derechos grupales, etc., no tienen apenas vigencia o están
encaminados a satisfacer demandas de los movimientos de renovación
pedagógica para después cambiar sus propuestas hacia otras
con un contenido menos conflictivo.
Si analizamos con detenimiento, por ejemplo, las líneas educativas
propuestas desde el sistema educativo español para lo social en
el currículum, se habla con insistencia de una educación
en valores, tanto en ejes transversales como a través de algunas
asignaturas, pero a menudo no se aclara la interpretación de esos
valores ni la opción por algunos de ellos (¿a quién
le interesa como eje transversal la educación vial?). Quiero decir,
se recurre a una trampa hábil: la de intentar despertar consenso
en torno a determinados valores (democracia, paz, medio ambiente, salud,
etc.), ocultando que toda educación lo es en valores (no hay educación
neutral) y que lo realmente importante es cómo se entiende y se
aplica cada valor. Por ejemplo, para el sistema educativo educar para
la democracia supone enseñar los cauces de participación
institucional en la democracia formal, mientras que para otros/as puede
suponer enseñar la participación en la toma de decisiones
más allá y pese a esas mismas instituciones (participación
de base en movimientos sociales y no en instituciones representativas,
desobediencia civil...).
Pongamos dos situaciones educativas distintas para comprobar la diferencia
de finalidades contrapuestas en un modelo pedagógico libertario
y en un modelo educativo neoliberal. Una imagen clásica de educación
libertaria puede ser la de un grupo de jornaleros leyendo el periódico
en las gañanías de los cortijos andaluces hasta hace unas
decenas de años (34). La lectura en voz alta y comentada del periódico,
en círculo, de la prensa obrera, aun cuando muchos jornaleros eran
analfabetos, señalaba la metodología grupal de aprendizaje,
encaminada a la toma de conciencia revolucionaria. Veamos un ejemplo en
las palabras de un obrero cenetista de Coria del Río, rememorando
los años treinta del siglo XX: Allí aprendíamos
a hablar (en la escuela del sindicato). Un compañero tomaba uno
de nuestros periódicos y leía una noticia. Luego entre todos
los que estábamos allí, diez o veinte, comentábamos
qué nos parecía por turno. De esta forma nos acostumbrábamos
a tomar la palabra, que era algo a lo que nos animaban continuamente nuestros
mayores, a que habláramos y diéramos siempre nuestra opinión,
para que no nos quedásemos nunca sin decir lo que pensábamos.
Eso era muy bueno para estar en las asambleas (...). Pero lo que mejor
recuerdo que aprendimos, era a estar orgullosos de ser trabajadores. Venían
de otros sindicatos de la CNT, los mineros por ejemplo, y nos explicaban
su oficio, luego íbamos nosotros al de ellos y le explicábamos
las tareas del campo. Aprendíamos la dignidad... (35). Por
otro lado, pensemos en la entrega de un boletín de evaluación
de la E.S.O. por parte de un alumno de hoy en día a sus padres.
En el boletín, los padres podrán ver evaluadas las actitudes
de su hijo, la medición absurda de la puesta en práctica
individual de los valores morales que predica la sociedad, o las notas,
la evaluación externa numérica de su esfuerzo personal por
adquirir el conocimiento sancionado por el poder, para que finalmente
tenga éxito en su carrera particular hacia el empleo.
En las corrientes más sociales de la pedagogía libertaria
lo comunitario trasciende, por supuesto a la escuela libre, yendo más
allá de sus paredes. Comparto con Carlos Díaz la idea de
que la escuela, no el aula, es el barrio, las asambleas de trabajadores,
los centros culturales y recreativos; todas las obras de la vida comunal
son escuelas. Toda la comunidad tiene el derecho y el deber de participar
cada vez más en el proceso educativo comunitario, hasta hacer que
la escuela llegue a ser superflua (36). El proyecto de comunidad
educativa fue esbozado por Goodman (él hablaba de ciudad educativa),
y ciertamente, es una idea que puede responder hoy en día con bastante
acierto, en una línea de pedagogía revolucionaria, al feroz
modelo reinante de individualismo capitalista. La convivencia, la participación,
las luchas sociales, la búsqueda de lo común de lo privado...
son ingredientes que cada vez más están ausentes de los
agentes de socialización que dominan la sociedad. Como afirmaba
el psicólogo libertario F. Liebling (37), la educación en
la mentalidad capitalista destruye las raíces mismas de la solidaridad,
sin la cual el individuo y la sociedad se alienan. Únicamente la
práctica de la solidaridad permite superar esa alienación.
Y esa práctica de solidaridad todavía se encuentra en la
organización más consciente y crítica de la sociedad
civil, en los movimientos sociales. Con la educación no formal
e informal que desarrollan estos movimientos se están difundiendo
los valores comunitarios, se mantiene, bajo nuevas formas, la socialización
en todos aquellos valores que el neoliberalismo está disolviendo.
Este papel podrían desarrollarlo también escuelas públicas
comprometidas con la educación popular y escuelas libertarias,
pero es posible que no lo hiciesen con la misma eficacia, teniendo en
cuenta que en el seno de los colectivos sociales es donde mejores condiciones
se dan de voluntariedad, motivación y contacto con la realidad
social, factores esenciales para que un proyecto de educación anarquista
tenga éxito.
No obstante, es cierto que por otro lado, las escuelas (sobre todo las
públicas) siguen teniendo una situación privilegiada de
contacto con los jóvenes. Con todas sus carencias y limitaciones,
la enseñanza sigue siendo el principal (y a veces el único)
espacio grupal de socialización de la infancia y adolescencia.
Otros agentes socializadores más potentes (especialmente los medios
de comunicación) están sólo dirigidos al individuo
y consumidor, y hay pocas posibilidades de acceso a ellos para realizar
un trabajo educativo comunitario. Por eso, modelos alternativos que se
plantean en la actualidad, como el de la objeción escolar o educación
en el hogar, tienen, en mi opinión, su punto débil a la
hora de encontrar grupos de socialización entre chicos y chicas
al margen de la escuela, especialmente cuando se trata de una clase social
baja, en la que muchas veces no hay nada mejor fuera de la enseñanza
estatal y obligatoria, sino delincuencia, desestructuración familiar,
drogadicción, etc.
La escuela pública, por tanto, aunque no creo que desde ella pueda
nunca construirse una alternativa educativa libertaria (las dificultades
del CENU en Cataluña entre 1936 y 1939 son un ejemplo de esto),
es al menos un campo que no debe abandonarse, en tanto que no haya espacios
alternativos de socialización liberadora.
Esos espacios alternativos, insisto, deben potenciarse desde el tejido
asociativo transformador (nuevos movimientos sociales), pero es cierto
que su debilidad, sobre todo en el contexto actual español, nos
hace admitir que la construcción de una propuesta viable y fuerte
de educación anarquista desde los movimientos sociales tendría
que empezar desde un escalón bajo. Su papel, sin embargo, de formación
de la conciencia colectiva y de organizadores, los sitúa en una
posición única. Raramente la escuela educa, por ejemplo,
para saber organizarse grupalmente y defender los derechos de una comunidad
(principalmente si es una comunidad sin poder). Esa función, que
sería fundamental en una educación anarquista, sólo
puede ejercerse en estos momentos con unas condiciones mínimas
de libertad y de posibilidad de éxito desde los movimientos sociales,
que son los que más abiertamente pueden desarrollar una pedagogía
de la confrontación.
Los movimientos sociales, en cuanto educadores, deben comenzar por reconocer
su capacidad educativa, y reconocer, al mismo tiempo, que la educación
(sensibilización, concienciación, etc.) no es suficiente,
para no caer en el pedagogismo. Las posibilidades reales de transformación
van a depender, además, de la puesta en juego de alternativas económicas
y políticas sobre el terreno, de modelos que confronten con el
pensamiento único dominante y que demuestren que otro mundo es
posible. Para creer hay que ver. Porque, y eso lo entendieron bien los
anarquistas dedicados a la educación, el valor más convincente
y que más educa es el del ejemplo.
(1) Silvio Gallo (1997): El paradigma
anarquista de educación. Documento editado en la página
web de Semillas de Libertad. Plataforma ácrata digital (www.flyingmind.com/plataforma/doc7).
(2) Véase la introducción de García Moriyón,
Félix (editor): Escritos anarquistas sobre educación. Bakunin,
Kropotkin, Mella, Robin, Faure y Pelloutier. Editorial Zero.
(3) Gallo, Silvio (1997): El paradigma anarquista de educación.
Documento editado en la página web de Semillas de Libertad. Plataforma
ácrata digital (www.flyingmind.com/plataforma/doc7).
(4) Joel Spring (1978): Introducción a la educación radical.
Akal, Madrid, p. 36.
(5) Ibidem, p. 39.
(6) Tomasi, Tina (1988): Breviario del pensamiento educativo libertario.
Nossa y Jara, Móstoles, p. 72.
(7) García Moriyón, Félix (1982): Pensamiento anarquista
español: individuo y colectividad (Tesis Doctoral). Editorial de
la Universidad Complutense de Madrid, p. 399.
(8) Serra Pons, Inmaculada (1986): Otro modelo de pedagogía
libertaria española: la Escuela Neutral, en Revista de Ciencias
de la Educación. Madrid, nº 128, páginas 489-498.
(9) Mella, Ricardo (1979): Cuestiones de enseñanza. Zero, Madrid.
(10) Ricardo Mella, Ideario, citado en Serra Pons, Inmaculada...
(11) García Moriyón, Félix (editor): Escritos anarquistas
sobre educación. Bakunin, Kropotkin, Mella, Robin, Faure y Pelloutier.
Editorial Zero, p. 16.
(12) Tomasi, Tina (1988): Breviario del pensamiento educativo libertario.
Nossa y Jara, Móstoles, pp. 129-142.
(13) Ibidem, pp. 135-136.
(14) Gallo, Silvio (1997): El paradigma anarquista de educación.
Documento editado en la página web de Semillas de Libertad. Plataforma
ácrata digital (www.flyingmind.com/plataforma/doc7).
(15) Ibidem, p. 121.
(16) Ibidem, p. 123.
(17) Bakunin, Mijail (1998): Escritos de filosofía política.
Tomo II. Altaya, Barcelona, p. 108.
(18) Ibidem, p. 109.
(19) Solá, Pere (1978): Las escuelas racionalistas en Cataluña
(1909-1939).Tusquets editor, Barcelona, 2ª edición, p. 14.
(20) Delgado, Buenaventura (1982): La Escuela Modera de Ferrer i Guardia.
CEAC, Barcelona, p.95.
(21) ¿Dónde queda la imposición a todo esto?.
El educador pedirá sencillamente ayuda a la Naturaleza y donde
quiera que halle dificultades indagará en qué pueda haberla
contrariado; a ella confiará el cuidado de su disciplina y le será
admirablemente conservada, Ferrer Guardia, Francisco (1976): La
Escuela Moderna. Júcar, Madrid, pp. 172-173.
(22) Illich, Iván (1974): La sociedad desescolarizada. Barral,
Barcelona.
(23) Reimer, Everett (1986): La escuela ha muerto. Alternativas en materia
de educación. Labor, Barcelona, 2ª edición.
(24) Fernández Herrería, Alfonso (1997). El desvelamiento
de la violencia en la escuela: el movimiento antiinstitucional,
en Fernández, Alfonso (Ed.): Educando para la Paz: Nuevas propuestas.
Seminario sobre la Paz y los Conflictos de la Universidad de Granada,
Granada, pp.138-184. Cita de página 167.
(25) Goodman, Paul (1976): La des-educación obligatoria. Fontanella,
Barcelona, 2ª edición.
(26) Colom, Antoni y otros (2001): Teorías e instituciones contemporáneas
de la educación. Ariel, Barcelona, 3ª reimpresión.
(27) Gallo, Silvio (1997): El paradigma anarquista de educación.
Documento editado en la página web de Semillas de Libertad. Plataforma
ácrata digital (www.flyingmind.com/plataforma/doc7).
(28) Solá, Pere (2001): Francisco Ferrer Guardia: la Escuela
Moderna, entre las propuestas de educación anarquista, en
Trilla, J.: El legado pedagógico del siglo XX para la escuela del
siglo XXI. Graó, Barcelona, p. 66.
(29) Martín Luengo, Josefa (1994): La escuela de la anarquía.
Ediciones Madre Tierra, Móstoles (Madrid), p. 38.
(30) Ibidem, p. 40.
(31) Gallo, Silvio (1997), op. cit.
(32) Gallo, Silvio (1998): Por una pedagogía del riesgo,
en Libre Pensamiento, nº 28, Otoño de 1998, pp. 6-10.
(33) Ibidem, p. 10.
(34) Véase Brenan, Gerald (1994): El laberinto español.
Plaza y Janés, Barcelona, p. 185 y Díaz del Moral, J. (1985)
Las agitaciones campesinas del período bolchevista (1918-1920).
Editoriales Andaluzas Unidas, Sevilla, p. 55.
(35) Federación Local de la CNT de Sevilla (1999): José
Palacios Rojas, El Piruli. Entrevista. En CNT, nº 244, Marzo de
1999, pp. 23 y 24.
(36) Díaz, Carlos (1977): Prólogo a Tolstoi, León:
La escuela de Yasnaia Poliana. Júcar, Madrid, p.11. Díaz
aboga además porque el educador viva en el mismo barrio en que
está inserta la escuela, para formar parte completamente de esa
comunidad.
(37) Citado por Solá, Pere (2001), op. cit. , pp. 62 y 63.
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