| LOS
SENDEROS MÚLTIPLES DE LA IDENTIDAD: FEMINISMO ALTERNATIVO |
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| Elena Sánchez Gómez | ||
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¿Qué es, pues, este ser
dividido I. INTRODUCCIÓN Dado que en nuestra contemporaneidad filosófica
se da un discurso poshistórico y pospolítico que asume la
muerte del hombre y reivindica nuevas superficies ontológicas plurales,
nosotros nos preguntamos cómo afecta esto a la mujer. Esta comunicación
es tan sólo un intento de dar una respuesta a esta pregunta; solamente
pretendemos esbozar algunas líneas que nos conduzcan hacia su contestación,
mediante la muestra de cual es el estado de la cuestión, del debate,
y dónde y cómo se dan las polémicas feministas
en nuestros días. Afirmamos que hoy ya no existe el feminismo, si por tal
entendemos una realidad teórico-práctica única, sino
que más bien se dan múltiples feminismos, en movimientos
plurales y heterogéneos. A veces, estos movimientos son convergentes,
pero no siempre están bien avenidos y en muchas ocasiones son divergentes;
su nexo de unión es oscilante, fluctuante, en continua evolución
y mutación. Frente a la cuestión de qué se entiende
por feminismo o cuáles son sus señas de identidad no se
da una única respuesta, sino que más bien se muestra una
compleja pluralidad de contestaciones. Antes esta maraña de respuestas, nos aproximaremos
a sus posibles resoluciones señalando una serie de prejuicios que
nos desenredarán un poco el camino. Estos se manifiestan en las
posibles respuestas, cuando preguntamos a alguien en qué piensa
ante la palabra feminismo: 1.-En un tipo de discurso de mujer, es decir, en una
feminista que no es un feminista (1).- Volveremos sobre esto en
la conclusión. Parece, entonces, que el nexo de unión de todos
los feminismos es la opresión de las mujeres, pero nos preguntamos: 1- ¿Qué se entiende por opresión?
¿Cómo se produce? ¿En qué medida se desarrolla?
¿A través de qué mecanismo ocurre la opresión?
Intentaremos responder a estas cuestiones ya que veremos
que la preocupación por la mujer, sea ésta entendida como
fuera en sus múltiples formas, no conlleva una única manera
de plantear la cuestión. Aunque sea un tópico, las diversas
estrategias y estilos de preguntar determinan y condicionan las respuestas.
Dado que los feminismos se cuestionan desde lugares distintos y con talantes
diversos, lo que provoca esto son sus respuestas múltiples. Insisto
en el archiconocido tópico de que son más relevantes las
preguntas que las respuestas; las preguntas implican epistemologías
y ontologías distintas, marcos teórico-prácticos
diferentes: por eso se dan feminismos y no un feminismo. No hay un lugar
privilegiado desde el cual preguntar sobre la mujer, no existe el único
enfoque, el verdadero, un pedestal desde el cual de forma
absoluta cuestionarse. La contemporaneidad nos muestra todo lo contrario:
unas superficies dispersas de cuestiones y respuestas, de enfoques y reflexiones,
una pluralidad de perspectivas, en definitiva unos mapas feministas, unos
hábitats de mujeres. Estos distintos hábitats hacen que estén
presentes, que convivan juntas y mezcladas distintas perspectivas premodernas,
modernas y posmodernas sobre lo humano. Como pretendemos mostrar a lo
largo del escrito, estos diferentes talantes habitan pragmáticamente
nuestra contemporaneidad en una compleja red de relaciones que ya no pueden
ser reducidas a un único y excluyente modelo categorial, que ya
no pueden ser asumidos por un único modelo epistemológico.
Defendemos que sólo ahora se dan las condiciones
pragmáticas, lingüísticas y teóricas que posibilitan
pensar y vivir espacios habitados por formas de ser no hegemónicas,
únicas y excluyentes. Estos espacios excluidos han sido llamados
de múltiples maneras: mujer, minorías étnicas, subgrupos
culturales, etc. Lo diferente, lo marginal, lo anormal ahora tiene la
posibilidad de encontrar superficies donde poder hospedar, vivir y crear,
sin ser perseguidos, sin ser excluidos. Debemos tener presente que esto sólo se da en el
mundo de las diferencias que se asumen y piensan como tales, esto es,
en el espacio en el que las diferencias se saben plurales y por ello no
exigen ser las únicas posibles, ni pretenden imponer su
único modelo de saber-vivir. Solamente de esta manera es posible
la convivencia real. Paradójicamente esta convivencia es hoy más
posible y, a la vez, sus enemigos están hoy mejor armados y son
más despiadados que nunca. Vivimos en una encrucijada en la que una senda nos conduce
por el camino de la posibilidad de mundo sin identidades fuertes, flexible
y plurimórfico; este es el camino de la libertad. Y la otra vía,
sin embargo, es la del pensamiento único, el mundo
de la identidad consolidada, que nada deja fuera de sí. El mundo
de la identidad avanza absorbiendo todas las diferencias, que sólo
entiende como elementos extraños y hostiles, mostrando un paisaje
inhóspito cuyo sendero atraviesa su único y posible territorio:
el desierto de lo real, el área de la igualdad uniformada y obligatoria.
Nosotros esperamos que otro mundo sea posible
con identidades lingüísticas, performativas y nómadas.
Somos conscientes de que este mundo de la diferencia ontológica,
que estas pluralidades flexibles y libres chocan con la realidad angustiosa
de una dualización generalizada de las funciones sociales, de la
desigualdad empírica. Partir de las diferencias no significa defender
el relativismo, el cual siempre es tal con relación a una totalidad.
No todo vale, no todo esta permitido, no vale la exclusión, ni
la marginación, ni la imposición, etc., como analizaremos
posteriormente. Nos hieren los malos tratos, nos acongoja la situación
de la mujer oprimida, nos horroriza y gritamos de espanto ante las estadísticas
sobre violencia domestica. Nos llena de ira, nos horroriza y temblamos
antes los ejercicios de dominación de las identidades únicas
que se han hipostasiado en el lenguaje, las cuales han momificado y petrificado
al sujeto. Estas identidades fuertes hacen de la realidad un ejercicio
de su voluntad desmedida, fruto de las identidades asesinas; su mundo
feliz es, a la postre, un mundo de marmolizaciones y petrificaciones existenciales,
de acortamiento conceptual, de rigidez vital. También nos duele
la inferioridad y discriminación de las mujeres en el ámbito
laboral, educativo... Pero, y éste es el matiz importante, nuestra
recepción y compresión es ya diferente. No se nos parte
el alma por que la mujer no sea igual en el ámbito teórico
y en la práctica al hombre (aunque también deseamos y reivindicamos
la igualdad, no la de identidades, no la existencial, porque hemos tirado
por tierra la identificación con lo masculino como modelo neutro
de liberación), sino por la violencia innata a toda identidad substantiva
que sólo puede ser opresora. Este modelo de pensamiento único no permite que
se de la diferencia femenina, porque olvida y mata la posibilidad del
acontecer de las diferencias, ya que no deja que las mujeres sean mujeres
múltiples, diversas y plurales. Es decir, estamos seguros que el
modelo de la identidad única y obligatoria genera por un lado opresión
y marginación, a la vez que, por otro lado, crea entre nieblas
la ilusión de la liberación, que algún día
muy, muy lejano se termina realizando. Aunque es eso: sólo una
ilusión. Nuestra pretensión se limita a explicar y aclarar lo hasta aquí mencionado. El resquebrajamiento de la objetividad como base epistemológica del pensamiento moderno occidental implica articular las cuestiones de la identidad, del cuerpo, del género en unas coordenadas posicionadas, localizadas, epocalizadas, en unas redes de puntos interrelacionados, en desvíos, líneas de fuga, que configuran el mapa de diseño del análisis de los presupuestos teóricos del llamado feminismo emancipatorio y del feminismo alternativo. II. FEMINISMOS: 1.-El problema de la identidad El posfeminismo asume la muerte del humanismo, entre cuyas
cenizas resurge un discurso de la pluralidad. La muerte del humanismo
es una crítica demoledora de la categoría de identidad,
es decir, implica asumir que no se da ningún ser idéntico
a sí mismo, que no se da ningún continuidad, ninguna presencia
agazapada, escondida sobre la cual se desarrolla la personalidad, la identidad.
La identidad femenina, como toda identidad, es una ficción; no
existe un sujeto anterior temporalmente. Este sustrato es el vestigio
contemporáneo de la hipótesis del estado de naturaleza,
de su esencialismo metafísico. El género no le pertenece
a nadie, el ser mujer no me pertenece, yo no soy mujer (en el sentido
fuerte, posesivo de una realidad independiente a la que le pertenece,
que posee un atributo, una cualidad); no se da ningún yo,
una de cuyas cualidades sea la feminidad, sino que es una significación;
quizás no como cualquier otra, ya que ésta da inteligibilidad,
significabilidad a un yo, es decir, da comprensibilidad, coherencia, estabilidad
a los múltiples cambios de mi existencia, nombre que recibe el
modo de estar en el mundo en la transitividad, en la co-reciprocidad del
una materialidad (ser) y su inteligibilidad (pensar). Yo acontezco, devengo
mujer, en el sentido deleuziano, en una temporalidad no lineal progresiva,
en el pluralismo ontológico, en un pliegue, en una relación,
en un despliegue que no se reduce a ningún término. Toda forma de identidad fuerte, totalizadora, que se cree
única, es opresiva y opresora, la femenina también. El feminismo
alternativo rompe los corsés que nos impedían respirar,
iniciando a re-andar las superficies no pensadas, cerradas, los espacios
prohibidos. Estos espacios siempre han existido, no se han inventado ahora,
siempre se han dado líneas de fuga (2), planos libres donde respirar
sin opresión. Toda estructura tiene sus huecos y ahora se están
destejiendo para trasformar la tupida tela en una malla de ganchillo.
Frente a la petrificada, cosificada y consistente identidad metafísica,
se vivencia una identidad fluida, discontinua y múltiple. La muerte del sujeto significa que no existe el sujeto
como unidad trascendental; no existe la mujer, sino una reverberante producción
fluida de lugares, trazos, gestos, máscaras. El yo como efecto
de los juegos del lenguaje, de las prácticas sociales. Como diría
Foucault, la mujer también ha muerto, era un invento reciente.
Las mujeres y los varones son nadas, poseen una nula consistencia al margen
de las estructuras que las reconocen como tales. La línea argumental del feminismo alternativo reza
que no existen substancias separadas e independientes lingüísticamente
e invariables y continuas antológicamente (el hombre y la mujer,
cuya relación se reduce a la lucha y que están condenados
a enfrentarse, a vivir en un estado de guerra eternamente),
sino que toda la naturaleza es ya social, cultural. La co-pertenencia
del ser/pensar apunta a que el ser se da en referencialidad al pensar
y viceversa. Por tanto, el hombre y la mujer no acaecen como esencias
inmutables, sino, más bien, como una simulación, como una
teatralización. No existe, en resumidas cuentas, ninguna esencia
que diferencie hombres y mujeres, un ser-qué inmutable, sea igual
o diferente: sólo se dan modalidades que asumen la sexualidad pre-dual. La diferencia hombre-mujer, y la exclusión de esta
última, se fundamenta presuntamente en la naturaleza, en las diferencias
físicas. Pero el cuerpo no se debe entender como una realidad fija,
fisiológica, natural, continua, sustento de atributos y capacidades,
ser objetivo e independiente que se adapta a un determina entorno cultural
y social. En la re-significación que el feminismo alternativo asume,
el cuerpo es topos de encuentro del ser-pensar, del pensar-ser; no es
un espacio presocial -una materialidad natural e independiente, una entidad
biológica fija-, ni un constructo discursivo, como si nuestros
huesos fueran un nombre cuyos ladrillos se amasasen con letras; tampoco
es constructivismo ni biologicismo, ya que ambos están presos de
la estructura binaria del pensamiento metafísico occidental. Sino
que el cuerpo deviene un estar en el mundo significativo,
una superficie relacional transversal entre el ser y el pensar. El cuerpo
es, así, naturaleza-tradición, recreación contextual,
no existe nuestro cuerpo y además, a modo de plus, nuestro espíritu
que visualiza, comprende y juzga culturalmente el cuerpo que le ha correspondido.
La mujer, y también el hombre, en estado puro no
existe, siempre se la considera en dispositivos históricos
que la organizan según modalidades diversas. La mujer es siempre
colocada en un discurso y a un discurso puede sucederle otro y convivir
varios a la vez (los discursos no tienen por qué necesariamente
excluirse unos a otros; los que excluyen son presos de una metafísica
de la identidad, ya que si no tendrían conciencia de su propia
narratividad). siendo así que el feminismo alternativo es un discurso
histórico-político-simbólico entre otros, que pretende
hallar y hacer aparecer las formas históricas y culturales de estos
dispositivos. El ser-qué de las féminas es un
acto a la vez político, ético, simbólico, cultural,...
No deberíamos preguntarnos ¿qué es la mujer?,
¿en qué consiste la identidad femenina?, ya
que no existe un objeto que sea la mujer, una substancia eterna e ideal
(el eterno femenino de Goethe), cuya definición podamos
aprehender. La pregunta contestable viraría de la siguiente manera:
¿qué puntos de vista conciernen a la mujer?.
Partimos del hecho de que nunca ha habido mujeres,
nunca ha existido la mujer como esencia, como idealidad, como
entelequia unitaria, como a priori; solo han existido nadas, negaciones,
hiatos, el hueco dejado por su ausencia; en definitiva, solo se ha dado
su inexistencia. La mujer ha sido entendida como una carga, su historia
es la de la opresión y la exclusión, una realidad de-generada.
Sostenemos que, tan sólo tras la crítica de la modernidad,
se abre la posibilidad de la existencia de las mujeres reales de
carne y hueso, diversas y plurales, con sus diferencias étnicas,
culturales, personales, vitales, existenciales, con sus formas diversas
de vivir sus sexualidades,... No nos rasgamos las vestiduras por la pérdida,
ni siquiera sentimos el abandono melancólico de la ausencia de
la modernidad, más bien celebramos amistosa y lúdicamente
la aparición de nuevas posibilidades. El feminismo alternativo es consciente y saca a la luz
la violencia simbólica, denuncia el ostracismo que afecta a las
mujeres y a sus acciones desde hace siglos, mediante el mecanismo falaz
de la universalidad semántica. En la tradición onto-fálico-teológica
sólo ha existido un único lenguaje -y no precisamente el
neutro- El feminismo alternativo se propone en su intención más
honda la modificación del binomio masculino/femenino, liberando
el sentido que sólo pertenece al que lo crea y asumiendo la carga
metafórica de todo lenguaje. Es un punto de vista, un talante,
una perspectiva, un modo de discurso femenino que se sabe intencional
y fragmentario. Es un error partir de lucha opuesta e irreconciliable
entre el hombre y la mujer, de la guerra de sexos, de la existencia
de dos maneras sexuadas de ser en el mundo. Dado que, si partimos de la
dualidad ontológica, no daremos ni un solo paso fuera de ella,
¿por qué no partir de la pluralidad ontológica en
vez de la dualidad? En el mundo del pluralismo es en el que el feminismo
alternativo avanza por un campo de batalla en el cual no se produce ninguna
claudicación ante el modelo binario; no se puede ser humano sin
ser hombre, mujer, homosexual, agresivo, dulce, débil, fuerte,
etc. Lo que no somos en un determinado momento -estas ausencias- también
nos concierne, también está presente y nunca ha dejado de
ser. Se ha dinamitado, también, la escisión dicotómica
entre ausencia/presencia. Defendemos que sólo serán posibles las mujeres
en un mundo de la pluralidad ontológica, en el mundo de la libertad.
Todo lo demás es una ficción, una quimera o un engaño,
ya que se nos promete lo que nunca podrá ser alcanzado. Estas promesas
nos han hecho que soñemos con alcanzar la línea del horizonte,
la cual se aleja progresivamente; según luchamos por acercarnos,
un nuevo esfuerzo, un nuevo impulso nos provoca instantáneamente
el alejamiento de nuestro horizonte deseado. Siempre a la vista y nunca
tangible. Cuando al fin lo creemos tener, se esfuma. Se sueña con
lo inalcanzable, pero no es más que eso, un sueño y nosotros
exigimos realidad, aquí y ahora, no en un futuro utópico.
La mujer ha sido un flatus vocis, nominalismo,
una categoría anquilosada, nunca una realidad; este concepto no
ha tenido ritmo, ni olor, ni color, ni temperatura, ni contenido positivo.
Ha sido una momia enterrada, un suicidio colectivo, una naturaleza muerta
y rematada, una esencia petrificada, una desventura comunitaria. La proliferación de los discursos y prácticas
feministas en nuestros días esta estrechamente relacionado con
esta abertura en las formas de entender la identidad, con el nacimiento
de otras subjetividades, el movimiento queer, el ciberfeminismo, etc.,
se construyen sobre las ruinas de la identidad fuerte y unitaria, proclamando
a voz en grito que estamos constituidos por identidades fluidas, nómadas,
prostéticas, plurimorfas, pragmáticas. Pregonan que nuestro
yo, o es dinamismo y libertad, o es igual a la más vacía
de las nadas y nuestras acciones están condenadas a la más
sangrienta de las violencias. La disolución del sujeto fuerte permite la pluralidad
de modelos, de formas de vida. La reflexión feminista en nuestros
días se constituye como asignación polémica de identidades,
reivindicando superficies ontológicas excluidas en la tradición
filosófica occidental. Se erige sobre los discursos, sobre las
formas de estar y habitar del ser humano. ¿Por qué hay tan
pocos hombres feministas?, ¿por qué la mayoría, o
al menos una parte visible, consideran que es un tema que carece de suficiente
calado para la reflexión filosófica?, ¿por qué
les cambia el rictus a algunos varones tan sólo con escuchar la
palabra feminismo? Quizás sea por el imaginario social creado desde
el esencialismo encubierto del feminismo clásico. El feminismo
no es una cuestión sólo de mujeres, un asunto a modo de
pegamento que une instantáneamente a las femeninas. Deberíamos
romper, de una vez por todas, con esos prejuicios, destruir esas cadenas,
reconocer que es una reflexión ontológica y epistemológica.
No nos une el género, ni el sexo, nos une la vivencia de una subjetividad
dada por una configuración precisa, en un proceso de socialización,
en una determinada manera de habitar la realidad. El feminismo alternativo está transitado por discursos
sobre el sujeto, sobre la identidad, que se hacen cargo de la crisis
del sujeto de la metafísica. El feminismo alternativo está
llamado a vivir otras formas de subjetividad sin la necesidad de un lenguaje
único, omni-abarcador, totalizador. El feminismo alternativo convive
ya en otras superficies multicéntricas, poliédricas, dispersas
espacio-temporalmente, más allá del sujeto monolítico
y logofalocéntrico. Se da una urgente necesidad política de pensar-vivir
la identidad, el sujeto, más allá de la enclaustradora y
asfixiante naturalización de los géneros, talando las raíces
que nos sujetan a la tierra de la tradición occidental metafísica
del sujeto como presencia material pre-social y continuidad temporal.
2.-Implicaciones políticas
El feminismo alternativo propone virar el punto de vista,
desarrollando un tratamiento más complejo de la subjetividad y
de la identidad, haciéndose cargo de que es imposible desligar
el género de su génesis, de las intersecciones y redes políticas,
simbólicas y culturales en que se modela y se mantienen. Al abordar
la construcción de la subjetividad, se aborda una cuestión
netamente política; rechazando la posibilidad de definir a la mujer
como tal, los intentos de definirla de una vez para siempre, de encontrar
la entelequia femenina son esquemáticos, engañosos,
erróneos ontológicamente, distorsionadores en las singularidades
e implican prácticas políticas de exterminio y exclusión
de lo no absorbido en esta eternidad idéntica a si misma. No existe la mujer en abstracto, la Mujer. Por eso, el
feminismo alternativo reclama otra sensibilidad hacia los problemas femeninos
que no sea tan sólo el de la igualdad, el de formar parte de la
esencia humana, porque esto es únicamente una forma de hablar.
El feminismo alternativo no es una teoría-práctica nueva,
no implica una superación por abandono de algo previo, es tan sólo,
un talante, una receptividad que se da de otra manera. No cree, desde
luego, en el desarrollo de una esencia femenina opuesta a la esencia masculina,
sino en la subversión y resignificación de la instancia
fálica y de la ley distributiva y productiva entre hombre y mujer.
Se trata de plantear el problema de las diferencias, no en términos
de sustancia, sino en términos de enunciados estratégicos
o de acciones performativas, reconociendo las diferencias sin congelarlas
en los diferentes. Toda proposición acerca de lo que es un hombre
y de lo que es una mujer debe entenderse como un acto de lenguaje, como
un acto preformativo y dialogal, que transforma y muta la posición
de quienes hablan y de aquello de lo que hablan, lo cual supone implicaciones
políticas y éticas. Se puede vivir sin la violencia metafísica de la
exclusión, olvidando los caducos discursos dialécticos y
abstractos en pro de un discurso de la realidad virtual, del simulacro.
Se puede recuperar lo sometido, lo dejado atrás, lo descartado
a través del propio lenguaje histórico, de las prácticas
cultural, de los usos políticos,
Es decir, es posible resignificar
lo que son las mujeres, multiplicar sus significaciones, renombrar lo
real liberando el campo semántico tradicional. Las mujeres quieren vivir en su diversidad cultural, personal,
vital, étnica, salir de sus ataúdes, no sin remover el terreno,
arrastrando las tumbas en su ascensión, trasformando el campo santo.
Una vez resucitadas, el paisaje jamás volverá a ser el mismo;
el cementerio tembló, mutó y se vació, mientras ellas
saltan, corren y brincan por las avenidas, muy lejos ya del santo campo
mortuorio. Ante sus ojos sólo se presentan dos vías,
con infinidad de travesías, de senderos perpendiculares, de caminos
secundarios: la de la vida jocosa o el retorno a la fría y lánguida
muerte. Si se continua por la vía de la alegría, el
devenir mujer del sujeto contemporáneo se siente a sí
mismo como un ser libre, maleable, contingente, interpretable, fragmentado,
ausente de fundamento y de sentido prefijado, descentrado, performativo,
pragmático. La otra vía es la del retorno a la identidad
excluyente, a la mismidad petrificada y escayolada, a la normatividad
y homogeneidad impuesta, obligatoria e insidiosa. Debemos estar alerta
y evitar los cruces de estas vías principales que nos confundirían
pasando de esta segunda vía a la anterior, que nos conmina con
su aparente organización y estabilidad, que nos indica del falso
atajo de la hiperfeminidad blanca, occidental, económicamente dominante
capitalista y burguesa- y obligatoriamente heterosexual. Esta reflexión responde a la pregunta de ¿qué
es el feminismo? Sólo es posible una respuesta que explica cómo
el feminismo -en cuanto discurso único- se convirtió en
un minúsculo granito de arena en el desierto de la nada; abrasados
por el infernal calor, alzamos la cabeza y nuestros ojos esperanzados
ven en el horizonte la multitud de repuestas, unas brincando y gritando,
y otras alegremente esperando responder a ¿cómo ésta
sucediendo el feminismo alternativo?, transitando el universo hermenéutico
inagotable de las posibles lecturas y escrituras sobre la mujer. Acabaremos citando el final de Las palabras y las cosas,
de Michel Focault, publicado en siglo veintiuno, Madrid, 1999: En todo caso, una cosa es cierta: que el hombre
no es el problema más antiguo ni el más constante que se
haya planteado el saber humano. Al tomar una cronología relativamente
breve y un corte geográfico restringido-la cultura europea a partir
del siglo XVI- puede estarse seguro de que el hombre es una invención
reciente. El saber no ha rondado durante largo tiempo y oscuramente en
torno a él y a sus secretos. De hecho, entre todas las mutaciones
que han afectado al saber de las cosas y de su orden, el saber de las
identidades, las diferencias, los caracteres, los equivalentes, las palabras
en breve, en medio de todos los episodios de esta profunda historia
de lo Mismo- una sola, la que se inició hace un siglo y medio y
que quizá está en vías de cerrarse, dejó aparecer
la figura del hombre. Y no se trató de la liberación de
una vieja inquietud, del paso a la conciencia luminosa de una preocupación
milenaria, del acceso a la objetividad de lo que desde hacía mucho
tiempo permanecía preso en las creencias o en las filosofías:
fue el efecto de un cambio en las disposiciones fundamentales del saber.
El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda
facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá
también su próximo fin. Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron,
si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho
presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran,
como lo hizo, a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico,
entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como
en los límites del mar un rostro de arena. El fundamento en occidente ha recibido dos grandes nombres:
ser, sujeto. Es un lugar común reconocer que la disolución
de la metafísica del ser se inició a finales de la Edad
Media, y la disolución del sujeto se comenzó a forjar con
Nietzsche y han continuado sus herederos. Tras la destrucción de
la fundamentación subjetiva se trasluce el ser como diferencia.
Es decir, borrado el hombre (mujer y varón), aparecen plurales
las imágenes y los rostros del acontecer y del estar humanos. Somos los vástagos y herederos de la tradición fundamentalista y subjetivista, pero nuestro mundo ya no se reconoce en ella. Nuestra epocalidad esta convocada a otra forma de pensar: una filosofía alternativa. 1-Soy consciente de lo arriesgado de esta afirmación.
En nuestros días hay varones implicados en el feminismo, pero no
se puede negar estadísticamente el escaso interés de los
varones por este asunto; la mayoría de los ponentes y asistentes
a cursos, autores, especialistas,... son mujeres. |
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