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Fue a principios del siglo XX cuando comenzó el
gran cambio sobre el saber científico del mundo. En 1900, precisamente,
Max Planck demostró que la energía se absorbe y se emite
por paquetes que él denominó "cuantos". Más
tarde, Einstein explicó que la energía viaja como "cuantos".
Es decir, que la luz está formada por granos de energía.
Era el principio del estudio de las intimidades de la materia que utiliza
la luz, bajo todas sus formas, como instrumento de indagación.
En 1905, Einstein descubrió la Teoría de la Relatividad.
En ella el espacio y el tiempo no son magnitudes independientes, sino
que constituyen un todo inseparable, el espacio-tiempo. Gracias a la Teoría
de la Relatividad sabemos que la velocidad de la luz es la velocidad límite
y que nada puede ir más deprisa. Eso significa que la información
tarda siempre en llegar desde que es emitida. Sabemos también que
la masa y la energía se pueden transformar una en otra, según
la famosa fórmula que dice que la energía es igual a la
masa multiplicada por la velocidad de la luz elevada al cuadrado. En 1915,
Einstein amplió la Teoría de la Relatividad en la llamada
Relatividad General, frente a la primera que se denomina especial. Con
esta ampliación, la materia, fuente del campo gravitatorio, es
asimilada a una curvatura del espacio-tiempo, con lo que ahora tenemos
un espacio-tiempo-materia. Teoría que ha sido confirmada mediante
observaciones astronómicas y en los grandes aceleradores de partículas,
y hoy es la teoría en la que se apoya la cosmología moderna.
Así pues, a principios del siglo XX empieza a aceptarse la existencia
de los átomos para explicar la constitución de la materia.
Pero ya los griegos habían especulado con la idea de que ésta
se encuentra constituida por partículas indivisibles, hipótesis
que permitía explicar el que la naturaleza cambiase constantemente
y que fuese siempre la misma. Los átomos de Leucipo, Demócrito
y Epicuro no fueron aceptados hasta 25 siglos más tarde. No hay
que olvidar que una de las razones de la condena por la Iglesia de las
ideas de Galileo era que éste defendía la existencia de
los átomos, cosa que contradecía la transustanciación,
es decir, la conversión en la Eucaristía del pan y vino
de la hostia en sangre y carne de Jesucristo.
Una vez aceptada la existencia de los átomos se empezó a
investigar sobre ellos, descubriéndose que no eran indivisibles,
que estaban compuestos de partículas aún menores: los electrones
con carga eléctrica negativa, los protones con carga positiva y
los neutrones sin carga. Al trabajar, tanto teórica como experimentalmente,
con estas partículas se comprobó que se comportaban como
partículas y también como ondas. Lo que condujo a una teoría:
la Mecánica Cuántica (también llamada Mecánica
Ondulatoria). Esta teoría permite explicar, con gran rigor, el
comportamiento de lo infinitamente pequeño. y gracias a ella se
ha llegado a la detección de los llamados quarks, estructuras constituyentes
de las llamadas, hasta entonces, partículas elementales.
La Mecánica Cuántica no sólo ayuda a comprender el
comportamiento de los núcleos atómicos, sino también
a explicar el comportamiento de los astros, lo que sucede en el interior
de los soles, cómo se produce la energía que irradian y
las modificaciones de esos cuerpos celestes. De este modo el estudio de
lo más pequeño ha permitido entender el funcionamiento de
lo enorme. Es una demostración, a escala cósmica, de que
lo que sucede en la Tierra también sucede en los cielos, como había
dicho Galileo. Hoy sabemos que los átomos que componen las moléculas
de nuestro cuerpo nacieron en el seno de las estrellas. Esta realidad
confirma la frase de Goethe que dice: "Vemos gracias a nuestros ojos
solares".
Pero hay más. La acción conjunta de la Teoría de
la Relatividad y de la Mecánica Cuántica ha conducido a
una hipótesis importante: la Teoría del Big-Bang.
Uno de los grandes problemas que se le ha presentado a la mente humana,
desde los tiempos más remotos es, sin duda, el del origen de las
cosas, en particular el del Universo. Que esto sea un tema sumamente serio
lo prueban los relatos de todas las mitologías. En ellas se narra
el nacimiento del mundo y el de todos los seres, incluidos los humanos.
El mito es un esfuerzo para comprender racionalmente el mundo. Los postulados
en los que se basa varían de un mito a otro. Unas veces es una
serpiente, otras un animal fabuloso quien rescata al Universo de lo oscuro,
o del caos. En algunos casos los dioses realizan la tarea. Es lo que sucede
con los monoteísmos. En ellos un Dios o ser racional elabora el
mundo. Esto significa que el mundo puede ser comprendido por los seres
racionales, lo que conduce a intentar racionalizar los dogmas religiosos.
Dios queda justificado por la creación de todas las cosas. Por
tanto, cualquier explicación del origen del cosmos que no tenga
en cuenta a Dios será considerada como un ataque directo a la Religión,
la que sea. Resulta que al intentar racionalizar los dogmas, para hacerlos
más aceptables, la razón se ha convertido en el punto débil,
el talón de Aquiles de las religiones.
No basta con justificar racionalmente una doctrina para que adquiera el
estatuto de científica. La ciencia se caracteriza no sólo
por el empleo de la razón, sino también por la aceptación
de que sus teorías, el equivalente de los dogmas, son perecederas,
que evolucionan, que se enriquecen con el trabajo de los científicos
y que esos cambios permiten conocer mejor el mundo, que es terriblemente
complejo. No hay que olvidar esta diferencia entre ciencia y religión.
Las verdades de la religión son eternas; las de la ciencia, en
cambio, son evolutivas, temporales.
El origen de la teoría del Big-Bang es curioso.
En acústica, una ciencia bien terrena, se sabe que cuando una fuente
de sonido en movimiento (el pitido de un tren, por ejemplo) se acerca
al espectador, pasa por delante de él y sigue, hay un cambio en
el tono del sonido percibido. Ocurre que la frecuencia varía: es
mayor cuando el tren se acerca y menor cuando se aleja. Este fenómeno
se llama efecto Doppler.
Todo el mundo se ha apercibido que una bomba de bicicleta se calienta
al usarla. Esto es debido a que, al comprimir el aire, las moléculas
que lo componen se acercan unas a otras y se golpean con mayor frecuencia.
De ahí el calentamiento. Por el contrario, cuando se usa un spray,
se nota un enfriamiento en las proximidades de la salida del gas. Esto
es debido a que, al dilatarse el gas, las moléculas se alejan unas
de otras y se enfrían.
Dos efectos, el Doppler y el del enfriamiento por la expansión
de un gas, van a jugar un papel importante en la indagación científica
del origen del Universo.
Nuestro Universo se extiende por cientos y miles de millones de años-luz.
El año-Iuz es una unidad de longitud. Es la distancia recorrida
por la luz durante un año, a la velocidad de 300.000 kilómetros
cada segundo. Este Universo está ocupado por millones de cúmulos
de galaxias, cúmulos que agrupan millones de galaxias. Una galaxia,
la Vía Láctea, a la que pertenece nuestro sistema solar,
contiene a su vez millones de Soles. La inmensidad del Cosmos es una fuente
de humildad, o debería serIo. Lo extremadamente diminuto de nuestro
planeta hace que lo que aquí sucedió no tenga ninguna importancia,
cósmicamente hablando. Es tal la dimensión del Cosmos que
hoy estamos recibiendo luz que fue emitida por algunos cúmulos
de galaxias antes de que se formase la Tierra.
Hacia 1920, Hubble demostró que la luz procedente de las galaxias
lejanas sufría un desplazamiento al rojo, es decir que había
un efecto Doppler, o lo que es lo mismo que el universo estaba en expansión.
La velocidad de esa expansión ha podido medirse. Se supone que
en tiempos pasados fue menor y así descendiendo en el tiempo se
llega aun momento en el que todo el Universo era una minúscula
esfera super-densa. Ese momento se sitúa entre hace diez y veinte
mil millones de años. Esa es, según los conocimientos actuales,
la edad del Universo.
Si el universo se expande debe enfriarse. Para calcular el grado de enfriamiento
hace falta medir la temperatura del Universo hoy. Todos los cuerpos emiten
radiaciones, una luz, en función de su temperatura. A muy alta
temperatura la luz emitida es ultravioleta, y a temperaturas más
bajas tiende a frecuencias menores. Al medir el color, es decir, la frecuencia
de la luz emitida, conocemos la temperatura a la que se encuentra el cuerpo
emisor. La temperatura del universo es de 2.7 ° K. Esta medida confirma
la hipótesis del Big-Bang. Hay libros que explican con claridad
el proceso de formación del Universo, como Los Tres Primeros Minutos
del Universo de Steve Weinberg o el de Peter W. Atkins, Cómo crear
el mundo. El primero es más técnico que el segundo.
Posiblemente la esferiIIa inicial era pura energía, que al comenzar
a expandirse hizo aparecer la materia-espacio-tiempo. Antes, si se puede
decir antes, no había tiempo ni espacio, pues tampoco había
materia. ¿Qué había antes? No se sabe. Hay hipótesis,
como la del «vacío cuántico», medio donde se
supone que surgen espontáneamente partículas y anti-partículas.
Su aparición ha sido detectada experimentalmente aquí en
la Tierra. Esto implicaría que el origen del mundo se debe a una
fluctuación cuántica del vacío. Pero la situación
anterior a la de la esferiIIa inicial es materia sometida a discusión,
como algunos otros aspectos de la hipótesis del Big-Bang.
Esta hipótesis da hoy una explicación incompleta pero racional
del comienzo, aún no del origen, del Universo, del espacio, del
tiempo y de la materia. A pesar de su carácter hipotético
y de sus lagunas, es un éxito espectacular del método científico.
Es el fruto de la interacción de las dos grandes teorías:
la de la Relatividad y la de la Mecánica Cuántica. Lo que
demuestra la gran capacidad explicativa de ambas.
Uno de los méritos de la hipótesis del Big-Bang es que se
considera el origen del Universo de un modo racional, sin tener que recurrir
a una intervención sobrenatural. Esta hipótesis, con sus
lagunas importantes, es posible que sea falsa, pero por ahora es plausible.
No hay en ella ninguna intención finalista, es decir, que no requiere
un ser con una finalidad. Su fundamento es un postulado importante básico,
el de la objetividad de la naturaleza.
Para explicar el comienzo del mundo y su desarrollo posterior se parte
de unos puntos claros, de una serie de conocimientos científicos
bastante asentados, los que hacen marchar los motores y nos permiten comprender
el mundo, incluida la vida: «la tendencia de la energía al
caos», es decir, su dispersión y degradación: el postulado
de que «toda acción es corrupción y toda restauración
(del estado anterior) contribuye a la degradación general»;
«la predisposición natural de toda estructura al caos»,
es decir a descomponerse; formación del Universo, como Los Tres
Primeros Minutos del Universo de Steve Weinberg o el de Peter W. Atkins,
Cómo crear el mundo. El primero es más técnico que
el segundo.
Posiblemente la esferiIIa inicial era pura energía, que al comenzar
a expandirse hizo aparecer la materia-espacio-tiempo. Antes, si se puede
decir antes, no había tiempo ni espacio, pues tampoco había
materia. ¿Qué había antes? No se sabe. Hay hipótesis,
como la del «vacío cuántico», medio donde se
supone que surgen espontáneamente partículas y anti-partículas.
Su aparición ha sido detectada experimentalmente aquí en
la Tierra. Esto implicaría que el origen del mundo se debe a una
fluctuación cuántica del vacío. Pero la situación
anterior a la de la esferiIIa inicial es materia sometida a discusión,
como algunos otros aspectos de la hipótesis del Big-Bang.
Esta hipótesis da hoy una explicación incompleta pero racional
del comienzo, aún no del origen, del Universo, del espacio, del
tiempo y de la materia. A pesar de su carácter hipotético
y de sus lagunas, es un éxito espectacular del método científico.
Es el fruto de la interacción de las dos grandes teorías:
la de la Relatividad y la de la Mecánica Cuántica. Lo que
demuestra la gran capacidad explicativa de ambas.
Uno de los méritos de la hipótesis del Big-Bang es que se
considera el origen del Universo de un modo racional, sin tener que recurrir
a una intervención sobrenatural. Esta hipótesis, con sus
lagunas importantes, es posible que sea falsa, pero por ahora es plausible.
No hay en ella ninguna intención finalista, es decir, que no requiere
un ser con una finalidad. Su fundamento es un postulado importante básico,
el de la objetividad de la naturaleza.
Para explicar el comienzo del mundo y su desarrollo posterior se parte
de unos puntos claros, de una serie de conocimientos científicos
bastante asentados, los que hacen marchar los motores y nos permiten comprender
el mundo, incluida la vida: «la tendencia de la energía al
caos», es decir, su dispersión y degradación: el postulado
de que «toda acción es corrupción y toda restauración
(del estado anterior) contribuye a la degradación general»;
«la predisposición natural de toda estructura al caos»,
es decir a descomponerse; «la actividad sin motivo de los fenómenos
físicos», es decir, la constatación de que no hay
una finalidad, sino sólo una tendencia.
Los creyentes aprovechan la circunstancia de que no se conoce el origen
exacto del Universo para ver en dicho origen la mano de Dios. Es bastante
ridículo, pues están comparando a Dios con una fluctuación
cuántica del vacío, no como generador de la fluctuación,
ya que ésta se produce, en nuestro planeta, de un modo espontáneo
y sin que sea necesaria la hipótesis de un Creador de fluctuaciones,
y además se ha medido. Hoy por hoy, en los medios científicos,
la hipótesis del vacío cuántico y su fluctuación
como origen sigue siendo materia de discusión. En los medios teológicos,
la existencia de Dios no está en discusión. Esa es la diferencia.
Los científicos no tratan de demostrar la existencia o la inexistencia
de Dios. No es su tarea, por fortuna. Se limitan a indagar cómo
funciona el mundo, en sus múltiples aspectos. Lo que descubren
suele contradecir los dogmas imperantes. Y, como los creyentes ven en
todo acto una finalidad, creen que el fruto de la acción de los
indagadores del mundo es obra de unos malignos que quieren ponerlos en
ridículo, cuando lo que sucede es, simplemente, que lo encontrado
no coincide con lo que ellos imaginan.
La hipótesis del Big-Bang resta importancia al papel de Dios. En
el libro citado, Atkins dice que el Dios compatible con el Big-Bang es
un dios infinitamente vago, infinitamente perezoso. Sucede que no tiene
nada que hacer. El saber científico le ha puesto en el paro, o
mejor dicho, le ha concedido una jubilación anticipada.
Otro de los problemas con los que se enfrentaron los humanos desde la
más remota antigüedad es el del origen de la vida. En los
mitos, gracias aun ser superior que manipulaba arena, barro o algún
otro material de construcción, nacía la humanidad. Todos
sabemos cómo operó el Dios del monoteísmo.
Los organismos vivos tienen propiedades que los diferencian notablemente
de los inanimados. Sin la intervención de un Ser Superior parecería
imposible que lo animado surgiera de lo inanimado. Los griegos, siempre
ellos, trataron de explicar la aparición de los seres vivos a partir
de la materia. Una teoría aceptada y propagada por el gran Aristóteles
es la llamada de la generación espontánea.A su favor había
evidencias aparentes, como la de que un trozo de carne dejado al aire
producía gusanos. Aún en el siglo XVII, el médico
flamenco Van Helmont decía que para obtener ratones bastaba con
mezclar de un modo íntimo una camisa sucia de mujer con trigo en
un recipiente y dejarlo remojar. Posteriormente, Pasteur demostró
que la generación espontánea era imposible, con lo que según
él se probaba que Dios era el único origen posible de la
vida.
Para comprender la historia de la vida hay que empezar por la historia
de la Tierra. Nuestro planeta y el sistema solar tienen una edad de unos
cuatro mil seiscientos millones de años. Desde entonces se han
producido modificaciones muy profundas en la composición del planeta,
en particular de su atmósfera. Cuando comenzó a condensarse
el vapor de agua al enfriarse la Tierra, empezó a plantearse el
escenario de la aventura de la vida. En ese momento apenas había
oxígeno en la atmósfera. La radiación ultravioleta
era capaz de destruir las moléculas que se formaban en esas condiciones,
mediante reacciones químicas. Sólo podían subsistir
las que se formaban a unos treinta metros bajo el agua, ya que ésta
impedía la llegada de la luz ultravioleta. Entre las estructuras
formadas había unas células capaces de reproducirse y de
realizar la fotosíntesis (algas azules) y por ello de desprender
oxígeno en gran cantidad. Este gas, sumado al que producían
los volcanes y con la ayuda de la luz ultravioleta se trasformó
parcialmente en ozono, capaz de impedir el paso de los rayos ultravioleta.
Dicha capa protectora permitió a los organismos salir a tierra.
Los que salieron se encontraron con el oxígeno, gas mortal salvo
para ciertos organismos, llamados aerobios por poder vivir en una atmósfera
que los contiene. De estos organismos nacieron animales y plantas.
La aparición de la vida ha producido una amplia variedad de seres
vivos, como indican los registros de fósiles. Ha sido un largo
camino lleno de obstáculos y de experiencias variadas, siempre
sin intención, como a ciegas. Trabajos de laboratorio han permitido
clasificar la historia de la vida en cinco etapas:
a) Formación de pequeñas moléculas orgánicas
a partir de los
materiales de la Tierra.
b) Las moléculas pequeñas se agrupan en entidades más
complejas.
c) Las moléculas complejas forman sistemas capaces de reproducción.
d) Organización de esos sistemas en células y organismos
unicelulares.
e) Evolución y diferenciación de esos organismos.
Las experiencias en laboratorio han permitido reproducir esas etapas de
la historia de la vida y así aclarar su funcionamiento. Desde hacía
tiempo se sabía que podían obtenerse moléculas orgánicas
a partir de sustancias inorgánicas. Fue Wöhler el primero
que, en 1828, sintetizó la urea, producto orgánico, a partir
del cianato de amonio, material inorgánico.
Lo que sabemos nos dice que la aparición de la vida no fue un proceso
fácil ni sencillo. y que no se produce de un modo automático,
una vez reunidas las condiciones para que se produzca. Es un proceso largo,
que se mide en millones de años. Pero una vez esclarecido el origen
de la vida se plantea cómo se han ido produciendo las distintas
especies vivas, animales y plantas.
En la antigüedad se admitía que las distintas especies, tanto
animales como plantas, existían desde su origen sin alteración.
Esta idea tenía como fundamento el hecho de que nadie vivía
la bastante como para observar un cambio en las especies, es decir, que
tenía una base real. Ante esta evidencia se elaboró el concepto
de un creador, un ser presuntamente necesario para crear al primer individuo
o la primera pareja de cada especie. Aceptado el fijismo de cada especie,
que es un dato empírico, el creador la justifica y la explica.
La observación y el estudio de las diferencias entre las especies
y el descubrimiento de los fósiles de animales que existieron en
un pasado lejano indicaban la existencia de cambios con el paso del tiempo.
De ahí surgió el transformismo de Lamarck, que se complementó
con la teoría de Wallace y Darwin. Esta teoría introdujo
el tiempo como factor importante en el estudio de las formas vivas. Las
estructuras vivas se ordenaban unas junto a otras en el espacio. Con Darwin
unas suceden a otras y aparece una suerte de árbol genealógico
de la vida. Con él se descubre un hecho importante: la evolución.
Cada vez que se produce una modificación o se abandona alguna faceta
de la teoría de la evolución, los creyentes más ortodoxos
proclaman con júbilo que se ha demostrado su inoperancia. Pero
la evolución es un hecho, el de que con el flujo del tiempo los
cambios genéticos en las poblaciones de animales o de plantas y
las modificaciones del medio surgen nuevas especies. Este proceso exige
tiempos muy largos, cientos, miles ya veces millones de años.
La evolución se ha demostrado no sólo por los trabajos de
Darwin, sino gracias a las investigaciones de legiones de naturalistas,
geólogos, botánicos, anatomistas comparativos, químicos,
paleontólogos y biólogos. Todas esas investigaciones conducen
a afirmar la realidad del hecho evolutivo. El estudio de este hecho ha
conducido a las teorías de la evolución, que curiosamente
también han evolucionado. Como sucede con las teorías de
la gravitación. La de Einstein ha completado la de Newton, pero
a nadie se le ha ocurrido decir que la gravitación haya sido abolida.
Y se com-prende, ya que las manzanas han seguido cayendo a la vista de
todos. Sucede que la caída de una manzana es un fenómeno
de corta duración, mientras que el nacimiento de nuevas especies
puede durar siglos, en el mejor de los casos.
No son los debates filosóficos los que han dado pie a la teoría
de la evolución, sino una observación continua y detallada
del mundo. Esas observaciones han sido contrastadas y criticadas públicamente
por científicos prácticos y teóricos. Son las nuevas
informaciones las que obligan a cambiar las teorías. Las doctrinas
y las teorías se agotan a corto plazo; los mecanismos del mundo,
no.
Durante el siglo XX la ciencia ha llegado aun conocimiento de la fábrica
del mundo, que aun siendo muy incompleto (probablemente nunca dejará
de serIo), permite comprender que ni el origen del cosmos, ni el de la
vida, ni el de la aparición de las especies requiere un principio
sobrenatural. Se ha comprobado que las cosas se producen sin motivación,
al azar y por necesidad, que decían los atomistas griegos.
La ciencia no puede probar la existencia o inexistencia de Dios. Lo que
sí demuestra, de un modo fehaciente, es que Dios es un concepto
inútil como explicación de las cosas del cosmos.
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