Filosofía y ciencia: el pensar como acto revolucionario
No parecen que corran buenos tiempos para la reflexión
filosófica; sin embargo, es urgente que se fortalezca el pensamiento
en estos tiempos en que el desarrollo científico y técnico serían
capaces de acabar con los males que sufre el mundo. No es posible -ni deseable-
volver a un mundo precientífico, del que se pueden aprender muchas
cosas pero jamás idealizarlo; todo lo que ya ha combatido el anarquismo
desde sus orígenes estaba presente en aquel mundo: la pobreza, la explotación,
la ignorancia, los prejuicios, las enfermedades...; todo ello es posible erradicarlo
en la actualidad profundizando en los problemas gracias al progreso tecnológico.
De nosotros depende ser capaces de una renovación del pensar filosófico
que ayude a racionalizar y humanizar las sociedades, así como de arrebatar
el poder que se perpetúa en manos de unos pocos -o, siendo coherentes
con el punto de vista libertario, posibilitar que ese poder se diluya en el
conjunto de la sociedad- y que obstaculizan la construcción de un futuro
digno para todos. Hoy, más que nunca, tenemos la posibilidad de planificar
el mundo que deseamos, podemos ser capaces de ser los legítimos dueños
de nuestras vidas y nuestro destino.
Sin la filosofía, ese mundo gobernado por tecnócratas seguirá
caminando hacia la destrucción y la barbarie. El anarquismo ha sido
siempre compañero inseparable del pensar filosófico como búsqueda
del racionalismo y de la libertad en sentido amplio, como una forma de dar
respuesta a los problemas de un tiempo determinado, jamás como un mero
goce estético o de elitista amor a la sabiduría
sin más. Los anarquistas han insistido constantemente en no hacer una
división entre la teoría y la práctica y el saber filosófico
debe adecuarse a ese principio, a tomar su fuerza de los problemas que plantea
la vida, en la lucha que nos plantea la actividad cotidiana.
El siguiente texto de Nietzsche, extractado de su obre Ecce Homo, puede hacer
reflexionar acerca del estancamiento o falta de compromiso que pueda tener
el pensamiento: No debe aceptarse ningún pensamiento que no haya
nacido al aire libre y, en momentos de libre movimiento, en el que no celebren
una fiesta, a su vez los músculos. Todos los prejuicios reconocen como
origen los intestinos. Las asentaderas son el pecado propiamente
dicho contra el espíritu.
El fin último del conocimiento debe ser el bienestar del ser humano
y de la sociedad; hay que desterrar de una vez la imagen del filósofo
como alguien que pretende elevarse por encima de la mediocridad o alejarse
de lo que considera un mundo vulgar. La fuerza de su compromiso -cuando hablo
de filósofo, no me refiero únicamente a aquéllos que
han hecho su profesión de ello sino también a todo ser humano,
poseyendo la capacidad de pensar y racionalizar- radica en su capacidad de
ayudar a la transformación de ese mundo que considera inadecuado, conforme
a unos objetivos humanistas y libertarios, el pensar esta época actual,
discutiendo de manera crítica los problemas que presenta una sociedad
eminentemente científico-técnica que continua sustentada en
la explotación de unas personas sobre otras y que a veces se encamina
hacia horrores de destrucción contra otros pueblos. Se trata de un
compromiso moral y político, en conjunción con la técnica,
y en todos esos campos debe entrar en juego la tensión libertaria.
Como ya señaló Marcuse hace décadas, existe un masivo
adoctrinamiento ideológico practicado por las sociedades avanzadas
que hace que el individuo quede fuera de juego para decidir su destino; la
sociedad es falaz, insiste Marcuse, porque bajo esa apariencia de abundancia
y cierta dosis de libertad y tolerancia se esconde la verdadera realidad de
dominio social y conformismo: Estado del bienestar, sociedad
de la abundancia, sociedad de consumo... no son sino diferentes
formas de producción para la alienación. De nuestra capacidad
analítica y de acción depende el erradicar a la tecnología
de toda esa irracionalidad y combatir la centralización de los diferentes
poderes que pretenden que el individuo se supedite a ellos.
Un gran filósofo del siglo XX, el austriaco Horkheimer lo expresó
de manera directamente utilitarista: donde la filosofía no ejerce
ninguna función práctica pierde también su fuerza: las
raíces se secan. Yendo más lejos, Horkheimer afirma, resumiendo
su obra que defiende al individuo frente al sacrificio que le piden ideales
superiores -como ya hicieron Nietzsche y Stirner- pero, para no caer el ser
humano en conflicto con la sociedad, asumiendo una tensión constante
entre individualismo y colectivismo: la verdadera función social
de la filosofía: la crítica de lo predominante... con el fin
de evitar que la humanidad se pierda en las ideas y la actividades que las
organizaciones existentes inspiran en sus miembros.
De igual manera que la filosofía combatió en el pasado el fanatismo
y superstición que conllevaba la religión, su deber hoy es velar
porque no se genere un nuevo dogmatismo tecnocrático. Aunque los nuevos
tiempos piden nuevas respuestas, resulta enriquecedor y clarificador acudir
y analizar las obras filosóficas que encontramos en la historia y cómo
combatieron tiempos de oscurantismo. Bertrand Russell expresó de manera
inmejorable la labor del pensamiento de combatir todo reaccionarismo y fomentar
la capacidad de hacerse preguntas sin caer en el dogmatismo: El valor
de la filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre
[
]; la filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál
es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas
posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la
tiranía de la costumbre. Así, en alto grado nuestra grado de
conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de
los que nos se han introducido jamás en la región de la duda
liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración, presentando
los objetos familiares en un aspecto no familiar. Es esa capacidad progresiva
del discurso filosófico, apoyado por la historia, la que hace que tenga
valor y actualidad; las respuestas puede que nunca sean definitivas pero el
devenir de la humanidad deberá tomar una dirección auténticamente
emancipadora.
La ciencia: liberadora o maléfica
El anarquismo y los anarquistas -o, al menos, la mayoría de ellos-
siempre han poseído una gran fe en la ciencia y su capacidad liberadora.
Sin embargo, el papel decisivo que ha adoptado el desarrollo científico
en los tiempos modernos, y que ha supuesto que el hombre se supedite a la
técnica y que no pueda vivir sin ella, parece adoptar un cariz más
bien deshumanizador y de recorte de libertades a cambio de un supuesto aumento
del nivel de vida, y con el sacrificio de la autoconciencia de cada individuo
y de una atrofia del lenguaje y del pensamiento de la que ya advirtió
Horkheimer: La impotencia del espíritu se manifiesta muy principalmente
en la atrofia del lenguaje. La impotencia de la palabra, no quiere decir falta
de palabras, sino más bien la transición a una comunicación
tan social que haga callar a los individuos singulares. Las posibilidades
tecnológicas son infinitas pero paralelamente a su desarrollo se ha
producido una falta de compromiso moral y una subordinación constante
al poder político y económico. Debemos seguir confiando en la
ciencia, la cual no es válida por sí misma -más bien,
se puede decir que se muestra neutra, instrumentalizada por doquier-; es necesario
aportar la razón filosófica para, junto a una organización
social justa y horizontal, poder encontrar solución a los problemas
de nuestro tiempo. La solución no pasa, como desgraciadamente se puede
observar continuamente, en predicar el regreso a sociedades anteriores a la
revolución industrial -hay mucho que racionalizar también en
nuestra organización económica pero las posibilidades de bienestar
también son infinitas-, ni buscar soluciones en creencias místicas
exóticas, ni subculturas que aportan soluciones milagrosas
con poca o ninguna base científica... Todo ello podrá crear
un bienestar a corto plazo, tranquilizar o relajar espíritus,
cubrir vacíos existenciales de los que tradicionalmente se ha ocupado
la religión, pero en el fondo no resulta mas que otra forma de escapismo
ante la falta de respuestas -o, como ya he dicho, incluso incapaz de hacerse
preguntas- de nuestra sociedad que se dice desarrollada. El único camino
que puede transformar al hombre y a la sociedad -me niego a aceptar cualquier
clase de determinismo- es la reflexión filosófica conjugada
con la razón tecnológica, con los valores de equidad social
y auténtica emancipación que solo puede aportar la tensión
libertaria. De nosotros depende.
Se puede llegar a la conclusión de que es necesaria una filosofía
de la ciencia aunque es difícil determinar cuál sería
su auténtica misión. Algunos autores han decidido que la filosofía
debe anteceder a la ciencia y proporcionarle una sólida cimentación;
otros que lo que debe realizar es una teoría del conocimiento, bien
popular o académica, o un lenguaje profesional que sintetizara todos
los lenguajes científicos, técnicos y prácticos. Habermas,
tan crítico con Marx por supeditar el conocimiento a las fuerzas productivas,
considera que la verdadera misión de la filosofía está
en ser crítico con la ciencia: Criticar la autoconcepción
objetivista de las ciencias, el concepto cientificista de ciencia y el progreso
científico; debería tratar, en particular, cuestiones básicas
de una metodología científico-social, de modo que no se frene,
sino que se exija, la elaboración adecuada de conceptos base para sistemas
de acción comunicativas; Habermas no niega la ciencia como fuerza
productiva pero solo la admite si va acompañada de la ciencia como
fuerza emancipadora.
El anarquismo metodológico
Todas las posturas anteriormente mencionadas llevan a la conclusión
de la gran necesidad que tiene la ciencia de apoyarse en la filosofía
para no caer en el dogmatismo o en la irracionalidad. El norteamericano Kuhn
en su obra La estructura de las revoluciones científicas afirma que
en la evolución de las ciencias quienes deciden no son solo los hechos,
la lógica y la metodología, sino también las técnicas
de la argumentación persuasiva; para Kuhn, la investigación
científica se basa en paradigmas: realizaciones científicas
universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos
de problemas y soluciones a una comunidad científica. Las revoluciones
científicas se producirán cuando un paradigma esté sujeto
a una serie de anomalías y los mismos hechos se vean desde un punto
de vista distinto, es decir desde otro paradigma. Kuhn consideraba -y pretendió
demostrar- que las revoluciones científicas tienen una analogía
con las revoluciones políticas y por consiguiente los paradigmas sustituidos
en el campo de la ciencia son similares los paradigmas que puedan cambiarse
en el terreno político. De esta manera, también en las revoluciones
políticas habría que examinar no únicamente cuestiones
de lógica y experimentación, sino también las técnicas
de argumentación persuasiva. Las teorías de Kuhn y las discusiones
que han producido ha desembocado para numerosos pensadores en lo que se ha
dado en llamar anarquismo metodológico, y que niega la
existencia de un método científico, universal y
estable, como único procedimiento o conjunto de reglas que resulte
fundamental en toda investigación y garantice su base científica.
Como afirmó Feyerabend, autor que apuesta fuertemente por la libertad
humana: Todo vale no es el primer y único principio
de una nueva metodología que yo recomiendo. Es la única forma
en que aquellos que confían plenamente en los criterios universales
y desean comprender la historia en función de estos pueden describir
mi explicación de las tradiciones y las prácticas de investigación.
Si esta explicación es correcta, entonces todo lo que un racionalista
puede decir sobre la ciencia (y sobre cualquier otra actividad de interés)
es: todo vale. Para Feyerabend, la ciencia tiene una auténtica
capacidad de progreso si es independiente y autónoma en la utilización
de un método y que la inmensa mayoría de las investigaciones
científicas nunca se han realizado siguiendo un método racional,
la sumisión a normas y reglas puede convertir en estéril el
trabajo del científico.
Es difícil afirmar con rotundidad la validez de dichas teorías
de anarquismo epistemológico; o la oposición sostenida
por Kuhn entre ciencia normal, sujeta a un determinado paradigma,
y ciencia revolucionaria. Lo auténticamente importante
es que tengamos la capacidad de discutir a fondo estas cuestiones, de la reflexión
filosófica que lo que hace es poner en evidencia la incapacidad de
la ciencia de prescindir de la filosofía. Una de las tareas primordiales
de una filosofía de la ciencia sería la de considerar a ésta
como parte de un mundo sujeto a un constante progreso, en lo material y en
lo social. Es necesario que el pensamiento ayude a derivar el progreso tecnológico
a una auténtica liberación del ser humano.
José María Fernández. Paniagua
(Artículo publicado en el periódico anarquista Tierra y libertad núm.224 (marzo de 2007)