|
¿Es actual el anarquismo? La pregunta es directa y parece bien
sencilla. Es sin duda la respuesta la que debería llevar toda la
carga de una eventual complejidad. Pero no hay que fiarse de las apariencias:
las preguntas casi nunca son simples, y la complejidad de la respuesta
es tan sólo un efecto de la complejidad que ya está encerrada
en la pregunta. Esta pregunta, desde luego, está muy lejos de ser
sencilla, y la única respuesta que se me ocurre es: "depende".
Depende de lo que se entienda por "actual" y depende de lo que
se pretenda significar por "anarquismo". Dependiendo de lo que
se entienda por "actual", se puede decir, por ejemplo, que el
anarquismo no sólo no es actual, sino que nunca, en ningún
momento, consiguió ser actual. Dependiendo de lo que se entienda
por "anarquismo", se puede decir, con toda la razón,
que se trata de una antigualla, totalmente pretérita y desfasada,
o, por el contrario, se puede afirmar, con el mismo fundamento, que el
anarquismo nunca fue tan rabiosamente actual como lo es en los tiempos
presentes.
Pero antes de lidiar con la engañosa simplicidad de la pregunta,
me gustaría hacer un pequeño preámbulo. Todos sabemos
que el anarquismo nunca ha gozado de buena reputación en las esferas
intelectuales. A lo largo del último siglo, muchos compañeros
de lucha -que, por cierto, también fueron por momentos temibles
adversarios en una lucha que era, supuestamente, común- consideraban
a los anarquistas como poco menos que descerebrados teóricos. Difícilmente
se podía ser marxista -cuidado, no estoy diciendo "comunista"-
si no se había leído y asimilado por lo menos una parte
de los escritos de Marx. Sin embargo, un iletrado podía proclamarse
anarquista y ser reconocido y aceptado como tal por sus correligionarios.
Se decía que, magníficos rebeldes pero ingenuos revolucionarios,
los anarquistas hablaban más desde sus tripas y desde sus intuiciones
que desde la preciada racionalidad neocortical. Parentela no científica
dentro de la gran familia socialista, se reprochaba a los anarquistas
el que se refugiaran en unos cuantos eslóganes: "Ni Dios ni
amo", "Viva la Anarquía", "Muerte al Estado"...
para suplir la falta de armazón teórico, y que recurrieran
a la razón práctica y al sentido común como único
método de análisis. Los propios anarquistas insistían
en que el anarquismo era más una forma de ser que un discurso teórico,
que consistía en unas vivencias y en un compromiso existencial
y ético más que en una doctrina sabiamente construida.
Hasta aquí el estereotipo y la caricatura. Pero se trata de una
caricatura que, como todas las buenas caricaturas, capta y acentúa
hasta deformarlos algunos rasgos indudablemente presentes en aquello que
se caricaturiza. En mi intervención de hoy voy a rendir cierta
pleitesía a esa caricatura. Soy anarquista, anarquista crítico
y heterodoxo, ciertamente, pero anarquista al fin y al cabo, desde que
siendo apenas adolescente -lo cual representa ya varias décadas-
me adentré en el activismo político. He militado, sigo militando,
en el ámbito anarquista, he participado con mis escritos en bastantes
publicaciones anarquistas, y sin embargo, nunca he leído con detenimiento,
es decir, seriamente, a los principales autores anarquistas, ni tampoco
alcanzo un buen conocimiento de la historiografía del movimiento
libertario. Así que no esperéis de mí, ni erudición
libertaria, ni envergadura teórica, ni rigurosos análisis
conceptuales. En cierto sentido, al igual que los anarquistas de la caricatura,
yo también voy a hablar aquí desde mis tripas y desde mis
intuiciones.
Este pequeño preámbulo puede parecer gratuito y constituir
un mero artificio retórico, pero, de nuevo, no conviene fiarse
de las apariencias. En realidad, nos introduce directamente en materia
y comienza a esbozar una respuesta acerca de la eventual actualidad del
anarquismo, porque, como intentaré argumentarlo, lo que aún
sigue vivo y actual del anarquismo forma parte de lo menos doctrinario,
de lo menos formalizado, de lo menos sistematizado, de lo más difuso
y de lo más borroso e intuitivo del pensamiento anarquista, de
lo más próximo a la caricatura, si se quiere; mientras que
lo que está irremediablemente anticuado y muerto forma parte del
polo opuesto, es decir, de los esfuerzos que se desplegaron para teorizar
el anarquismo y para asentarlo como un corpus doctrinal con rasgos sistémicos.
La eventual actualidad
del anarquismo
Pero empecemos con la cuestión de la "actualidad". ¿Actual?
¿Desde qué punto de vista? ¿Actual en relación
con qué, y en qué sentido? ¿Actual porque nos permite
comprender y explicar el momento presente de nuestras formaciones sociales?
¿Actual porque engarza con las luchas sociales de nuestros tiempos?
O bien, ¿actual porque entronca con unos problemas sociales cuya
vigencia se mide en términos de "larga duración"?
Voy a intentar hablar sobre la eventual actualidad del anarquismo desde
estos tres posibles sentidos.
Para empezar, en tanto que dispositivo teórico que nos permita
analizar y entender el momento presente del mundo y la textura de nuestras
sociedades, es obvio que el anarquismo no sólo no es actual, sino
que me atrevería a decir que nunca ha sido actual. Nunca ha proporcionado
unos principios teóricos suficientemente finos, ni unas herramientas
metodológicas suficientemente sensibles para inspirar una sociología
que fuese esclarecedora, ni para alentar, pese a los esfuerzos de Proudhon,
una teoría económica adecuada. En este sentido, el anarquismo
no es actual, en absoluto; pero, insisto, nunca fue actual.
¿Es actual el anarquismo, en el sentido de que sus principales
elementos constitutivos son segregados, son producidos desde dentro de
los vigentes conflictos sociales? Es decir, ¿es actual porque brota,
porque nace, constantemente del tejido social que configura nuestra época
en el momento presente? En este sentido la respuesta es que sí,
que el anarquismo es plenamente actual, y la respuesta es también
que no, que el anarquismo ha dejado ya de ser actual.
Todo depende de cómo se conceptualice el propio anarquismo. Y me
voy a permitir trazar una división radical entre dos maneras de
hacerlo. Está, por un lado, lo que podríamos llamar la concepción
cuasi religiosa del anarquismo, centrada en la vertiente "instituida"
del anarquismo; y está, por otro lado, la concepción pragmática
del anarquismo, centrada en la dimensión "instituyente"
del pensamiento y de las prácticas anarquistas. Esto configura
dos anarquismos nítidamente diferenciados. Uno de ellos se autoproclama
fervorosamente como tal, haciendo ondear banderas, agitando siglas, remitiendo
a los autores consagrados y recordando los hitos históricos de
la epopeya anarquista, mientras que el otro se limita simplemente a manifestarse
como tal en el seno de los actuales antagonismos sociales. Desde el primero
de estos dos anarquismos se suele pensar que el anarquismo está
llamado a ser eternamente actual y a franquear los siglos con la misma
alegría con la que las religiones franquean los milenios. Lo que
está aconteciendo en la actualidad, y lo que pueda acontecer en
el futuro, ya sea en términos de avances del pensamiento, ya sea
en términos de nuevas experiencias de lucha, enriquecerá
sin duda el anarquismo, le añadirá matices, y le dotará
de expresiones distintas, pero a modo de simples añadiduras a un
fondo tan inmutable como el que constituye a las religiones. En tanto
que corpus históricamente instituido, el anarquismo puede considerarse,
por una parte, como una "ideología", en el sentido de
un "sistema de ideas y de valores", y por otra parte, como un
conjunto de prácticas y como un movimiento socio-político.
Considerado como "ideología", el anarquismo se fragua
básicamente en el siglo XIX, al calor de la Revolución Industrial
y del asentamiento del capitalismo. Sus textos referenciales, aquellos
que definen su cosmogonía, su visión del mundo, sus principios
axiomáticos, sus valores y los filamentos de su imaginario, pertenecen
plenamente al siglo XIX, sin que se les haya añadido nada realmente
sustancial, por muy larga que sea la lista de los pensadores libertarios
que vienen después de Goodwin, Proudhon, Bakunin, Kropotkin y,
eventualmente, Stirner. Considerado, por otra parte, en tanto que conjunto
de prácticas y en tanto que movimiento socio-político, el
anarquismo encuentra sus señas de identidad en una serie de experiencias
y acontecimientos históricos que se desgranan a finales del siglo
XIX y a lo largo del siglo XX, básicamente en la primera mitad
del siglo XX. Ese anarquismo tiene banderas, siglas, canciones, prohombres
y promujeres, estructuras organizativas, registros de experiencias, memoria
colectiva, etc. Todo eso forma un "bloque". Un bloque multifacético,
ciertamente, pero al fin y al cabo un bloque bastante compacto, histórica
y sociológicamente instituido e identificable. No cabe ninguna
duda de que ese bloque sigue haciendo ondear banderas y es capaz de suscitar
algunas adhesiones, pero no tiene ningún futuro en el siglo XXI,
y a duras penas presenta aún actualidad alguna. Ya está
petrificado, ya está muerto, ya forma parte de los monumentos históricos,
por muy entrañables y por muy venerables que éstos puedan
ser.
Lo que no alcanzan a ver los anarquistas que se incardinan en la concepción
religiosa del anarquismo es que las doctrinas religiosas pueden pervivir
durante milenios ignorando olímpicamente los cambios de la sociedad,
porque los principios, las creencias y los valores que las constituyen
no se han fraguado en el seno del conflicto social, no emergen como respuesta
a la violencia ejercida por el orden social, y no están tensados
por un anhelo de transformación social. Pero no ocurre lo mismo
con ciertas doctrinas como el marxismo o como el anarquismo. No ocurre
lo mismo, porque sus principios, sus creencias y sus valores se constituyen
directamente como respuesta antagónica frente a determinadas condiciones
sociales de existencia, y son inseparables de esas condiciones.
Desde la concepción pragmática del anarquismo, éste
se concibe como una determinada expresión del disenso socio-político,
como un producto histórica y socialmente situado. El anarquismo
se inventó, literalmente, como respuesta frente a un determinado
orden social, y se construyó desde dentro de las luchas que pugnaban
por subvertirlo. No fue un sistema doctrinal que se proyectase desde fuera,
desde el etéreo mundo de las ideas, sobre las luchas, sino que
resultó de esas luchas y se conformó directamente en su
seno. Su vigencia es, por lo tanto, la misma que la de aquello a lo que
se oponía, y se agota cuando se agota la matriz que lo ha conformado.
La renovada actualidad
del anarquismo
El anarquismo no es una simple estructura formal, no es un formalismo
que se pueda trasladar a través de las diversas situaciones socio-históricas;
está lleno de contenidos, situados y concretos, que le dan su forma,
y por eso el anarquismo ha sido rabiosamente actual durante tantas décadas.
Pero son, precisamente, esos mismos contenidos, anclados profundamente
en la Historia, los que obstaculizan ahora su encaje en las nuevas realidades
socio-históricas. En la medida en que la sociedad del siglo XXI
ya no es la sociedad de finales del siglo XIX o de principios del siglo
XX, resulta que aquello mismo que hizo la actualidad del anarquismo, es
decir, su radical anclaje en la textura de aquella sociedad, hace hoy
su debilidad y lo condena a la inoperancia y a la obsolescencia.
La respuesta, por lo menos mi respuesta, en cuanto a la actualidad o no
del anarquismo es rotunda y no admite rodeos. Si consideramos la vertiente
instituida del anarquismo, debemos concluir que éste dejó
de ser actual hace ya bastante tiempo, y que los esfuerzos de algunos
por mantenerlo o por resucitarlo son del todo vanos. No ocurre, sin embargo,
lo mismo si consideramos ahora el anarquismo desde su otra vertiente y
si lo definimos en términos de la efervescencia instituyente que
le anima, y del fondo de intuiciones que lo propiciaron. La respuesta
tampoco ofrece aquí lugar a duda, pero apunta esta vez hacia la
plena actualidad del anarquismo. Desde esta perspectiva, se puede afirmar
incluso que el anarquismo es hoy mucho más actual de lo que nunca
lo fue.
Esa renovada actualidad del anarquismo no se debe a que los anarquistas
hayan desarrollado una actividad propagandística, o pedagógica,
que haya conseguido convencer a las gentes. Tampoco se debe a que la presencia
de los anarquistas en las luchas haya sido lo suficientemente intensa
y acertada como para atraer hacia ellos sectores importantes de la población.
Nada de todo esto. Sea cual sea el ámbito que se quiera considerar,
la actividad de los anarquistas no traspasa desde hace tiempo la esfera
de lo testimonial.
La renovada actualidad del anarquismo no tiene nada que ver con el activismo
político de los anarquistas; se debe más bien a la conjunción
de una serie de factores que dibujan un nuevo escenario donde algunas
de las intuiciones más básicas del anarquismo encajan a
la perfección y encuentran nuevas posibilidades de expresión.
Estos factores tienen que ver con la propia evolución de nuestras
sociedades, y en particular con la nueva economía del poder que
las conforma, así como con los desarrollos tecnológicos
que se están produciendo en las últimas décadas.
Estos factores también tienen que ver con las grandes experiencias
históricas que nos ha deparado el siglo XX, y con algunas de las
aportaciones más relevantes del pensamiento contemporáneo.
Las intuiciones
básicas del anarquismo
Intentaré poner en paralelo algunos de los factores que acabo de
mencionar y algunas de las intuiciones básicas que caracterizan
al anarquismo, y que siempre giran, de una forma o de otra, en torno a
la especial importancia que otorga el pensamiento anarquista a la problemática
del poder.
El desglose pormenorizado de la nueva economía del poder que se
instala en nuestras sociedades requeriría tomos y tomos de laboriosos
análisis. Tan sólo aludiré aquí a la sutil
combinación y a la fina sinergia entre los ejercicios de poder
basados en el control de las poblaciones, y los ejercicios de poder centrados
en el control individualizado, así como a la constante extensión
de las facetas de la existencia que pasan a constituirse como blanco de
las intervenciones del poder. Todo esto, posibilitado en buena medida
por el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información
y también de la comunicación, aproxima de tal forma el ejercicio
del poder al día a día de nuestra existencia, que difícilmente
se puede evitar en la actualidad acallar el sentimiento de que el ejercicio
del poder constituye un fenómeno omnipresente y del cual conviene
preocuparse en primerísima instancia, tal y como lo apuntaban las
intuiciones anarquistas. Esas intuiciones recelaban también de
cualquier planteamiento expresado en términos de centralismo, sea
éste democrático o no. Y resulta que las nuevas tecnologías
posibilitan hoy el desarrollo de relaciones horizontales muy alejadas
de los modelos verticales que se perfilaban hasta hace poco como los únicos
susceptibles de proporcionar cierta eficacia organizativa.
Pero, más profundamente, la intuición anarquista según
la cual las relaciones de dominación desbordan con mucho las relaciones
y los modos de producción, aunque siempre se puede encontrar algún
tipo de engarce con estos últimos, ha recibido y está recibiendo
amplia confirmación social mediante la emergencia y el auge de
nuevos movimientos sociales centrados en unos procesos de exclusión
y de discriminación que son transversales respecto de las relaciones
de dominación económicas.
Por otra parte, las grandes experiencias históricas que nos ha
deparado el siglo XX, especialmente las que afectaron a los llamados "socialismos
reales" también han contribuido a situar dramáticamente
en un primer plano la importancia, nada superestructural ni secundaria,
que reviste el fenómeno del poder. La intuición anarquista
de que lo instituido siempre acaba traicionando los anhelos que animan
los procesos instituyentes, tanto si nos referimos a la consolidación
de las agendas teóricas como a la consolidación de las organizaciones
que las implementan, o a la consolidación de las situaciones políticas
alumbradas por los procesos revolucionarios, ha quedado visibilizada de
forma perentoria.
En el campo del pensamiento contemporáneo son varias las aportaciones
que han contribuido a redescubrir y a situar en primer plano la importancia
de las relaciones de poder. Michel Foucault y Hanna Arendt, por ejemplo,
son buena muestra de ello. Pero más allá de estas aportaciones,
me gustaría destacar otro factor que da cuenta, quizá, de
la buena sintonía y del encaje que se produce entre algunos aspectos
del pensamiento anarquista y algunas de las formulaciones más incisivas
y más actuales del pensamiento contemporáneo, aunque tenga
que volver para ello a la caricatura del anarquismo que trazaba al comienzo
de mi intervención.
La falta de sistematicidad y de sofisticación teórica del
anarquismo, su anclaje en la razón práctica y en la intuición
más que en la razón científica, han contribuido a
que el pensamiento anarquista fuese menos permeable que otras formulaciones,
como el marxismo por ejemplo, a las influencias de la ideología
de la modernidad, a los supuestos de la Ilustración y a los supuestos
cientificistas de la razón científica. Quizá sea
por esto por lo que el anarquismo conecta mejor con ciertas formulaciones
posmodernas y también con las nuevas concepciones en torno a la
naturaleza de la razón científica.
Por fin, lo que ya he mencionado en la caricatura, esa insistencia anarquista
en vincular estrechamente las opciones políticas y las opciones
de vida, es decir, el anarquismo como forma de ser y vivir, como dispositivo
de fusión de lo político y de lo existencial, como convencimiento
de que no se puede posponer para después de una eventual revolución
la puesta en práctica de los principios de vida socio-antagónicos,
y que no se puede supeditar el presente a las promesas ubicadas en el
futuro. Todo esto conecta también con las experiencias y con el
ethos actual de buena parte de esa juventud que se suele etiquetar de
antisistema, y que pugna por crear espacios de vida y formas de ser alternativas.
Por lo demás, basta con mirar atentamente al presente para percibir,
aunque sea vagamente, que las formas que está tomando el nuevo
imaginario subversivo, que prescinde, naturalmente, y quizá felizmente,
del vocablo "anarquismo" para autodefinirse, guarda, sin embargo,
un inconfundible "aire de familia" con el pensamiento anarquista
y con sus intuiciones básicas.
Aprovecho este momento, después de haber mencionado tantas veces
la palabra "intuición", para abrir un paréntesis
y para aclarar que cuando me refiero a "intuición" o
a "intuiciones", no me estoy refiriendo, por supuesto, a nada
que se asemeje a una inefable inspiración caída del cielo
o del platónico mundo de las ideas. Las intuiciones básicas
del anarquismo están enraizadas en un denso fondo de experiencias
multiseculares y de saberes más o menos soterrados, que constituyen
el legado depositado por infinitas luchas contra la dominación
y contra la explotación.
La
nueva disidencia
La nueva expresión del antagonismo social que ya está naciendo
apresurada y caóticamente bajo nuestros propios ojos, se está
inventando sobre la marcha, en las mismas condiciones de efervescencia
instituyente que presidieron la invención del viejo anarquismo,
y con el mismo radical escepticismo frente a todos los esquemas heredados,
incluido el anarquismo, en tanto que se ha convertido, él mismo,
en un esquema heredado.
Ya no se aceptan hoy en día los idearios y las agendas totalizadores
que pretenden contemplarlo todo bajo un punto de vista estable y omnicomprensivo.
No se tiene ningún reparo en robar y mezclar fragmentos pertenecientes
a diversas tradiciones ideológicas y construir con estos fragmentos,
y con nuevos fragmentos extraídos de las corrientes de pensamiento
más contemporáneas, unas configuraciones ideológico-políticas
caleidoscópicas y fluidas, en constante recomposición.
Los referentes identitarios y las posiciones de lucha ya no buscan la
estabilidad, la permanencia y la fijación que ofrecían tanto
las ideologías como las organizaciones del pasado. La guerra de
movimiento sustituye a la guerra de trincheras, tanto en el plano ideológico
como en el plano del activismo socio-político.
Las fijaciones que cristalizan puntualmente para posibilitar los enfrentamientos
son posiciones deliberadamente precarias y provisionales. Se disuelven
y se recomponen constantemente en busca de nuevos escenarios de conflicto.
La articulación, flexible y cambiante, sustituye en el actual imaginario
antagonista a la vieja imagen de "la organización" como
estructura estable, asentada en el espacio y en el tiempo. La nueva disidencia
ya no habita entre las paredes sólidas de una organización
pensada como un "edificio" ("nuestra casa", solían
decir, por ejemplo, los viejos anarquistas para referirse a la CNT); su
lugar se dibuja en forma de redes que nacen, cristalizan, se transforman
y se desvanecen sin ninguna nostalgia por su posible solidificación.
Quienes están forjando actualmente el nuevo disenso socio-político
carecen de cartas de navegación, las tienen que ir dibujando poco
a poco, al igual que lo hicieron antaño quienes fueron creando
el anarquismo por medio de sus textos, de sus debates y de sus luchas.
Sus múltiples operaciones de resistencia conducen a resignificar
lo político, a desestabilizar los antiguos significados, y a forjar
un nuevo ethos subversivo. Pero no como fruto de una pura teorización,
ni tampoco como mero resultado de un examen crítico de los esquemas
heredados. Las nuevas formas de pensar, de ser y de vivir el antagonismo
social se conforman, al igual que lo hizo el viejo anarquismo, desde dentro
y como efecto de las luchas que suscita el nuevo orden social. Por eso,
los nuevos movimientos sociales conectan tan rabiosamente con las nuevas
condiciones sociales de existencia.
Al insistir reiteradamente sobre "el aire de familia" que une
al anarquismo con el actual antagonismo social, no quisiera dar a entender
que todo el antagonismo social radical congenie con postulados afines
al anarquismo. Está claro que frente a la desigualdad, a la discriminación,
a la explotación, a la dominación y a la injusticia social,
son muchas y muy diversas las respuestas antagónicas que se pueden
articular. El anarquismo, o algo que se le parezca, es tan sólo
una de esas respuestas, y otras opciones son posibles y plenamente legítimas.
Si algunas de las nuevas respuestas socioantagónicas mantienen
cierto "aire de familia" con el viejo anarquismo, es porque
conectan con el rasgo más específico y más distintivo
del anarquismo. Me estoy refiriendo a su hipersensibilidad frente a la
autoridad, a su rechazo frontal de todas las manifestaciones de poder,
o mejor dicho, del ejercicio de poder; y me estoy refiriendo a su intuición
de que no hay ningún ejercicio de poder que no deba ser vehementemente
cuestionado como radicalmente contradictorio con cualquier finalidad libertadora,
como letal, a corto, medio o largo plazo, para cualquier finalidad emancipadora.
Más vale equivocarse, pero tomando las decisiones desde abajo,
que acertar siguiendo directrices, vengan de donde vengan. En esto radica
precisamente el "aire de familia" entre el nuevo anarquismo,
que ya no se llamará anarquismo, y el viejo anarquismo.
El cuestionamiento
de las relaciones de poder
Lo que acabo de decir nos lleva hacia la tercera de las diversas acepciones
de la palabra "actual" que me proponía comentar. En efecto,
si es cierto que el anarquismo es básicamente crítica, enfrentamiento
y voluntad de subversión de las relaciones de poder, y si también
es cierto que las relaciones de poder, contrariamente a lo que pretenden
las utopías anarquistas, son intrínsecas a lo social, entonces
algo de lo que inspira al anarquismo tiene garantizada una actualidad
que perdurará mientras existan sociedades. No me estoy refiriendo,
claro está, al anarquismo como producto socio-histórico
ya conformado e instituido, sino a aquello que, con otras denominaciones
y con otras conformaciones, seguirá haciendo del cuestionamiento
de las relaciones de poder su principal cometido, sean cual sean las modalidades
que adopten estos efectos. En este sentido, y sólo en este sentido,
las proclividades anarcoides del pensamiento crítico y de las luchas
sociales presentan una actualidad que desborda las épocas y entronca,
no ya con las "largas duraciones" descritas por algunos historiadores,
sino con larguísimas duraciones.
Permitidme ahora que concluya en clave interiorista, quiero decir, mirando
hacia dentro del movimiento anarquista y dirigiéndome a quienes
se ubican en la esfera de influencia del anarquismo.
Quienes aún nos identificamos con la tradición anarquista
podemos entorpecer el desarrollo de ese nuevo antagonismo social que entronca
con las difusas intuiciones anarquistas, o podemos ayudar a ese desarrollo.
Lo entorpeceremos, sin duda, si no entendemos que lo que está naciendo
en estos momentos sólo puede ser radicalmente innovador, subversivo
y actual, desde la diferencia con nuestros propios esquemas, desde su
transgresión y desde su profunda transformación.
Lo ayudaremos si comprendemos que los "nuevos anarquistas" sólo
pueden ser "anarquistas" desde la más irreverencial falta
de respeto por el anarquismo instituido.
Y aún lo ayudaremos más si renunciamos a querer apresar
dentro de la propia etiqueta de "anarquismo", aunque sea "nuevo",
lo que hoy se está creando.
Abandonar las viejas cartas de navegación y no ofrecer resistencia
a las mutaciones. Ahí está el reto, en el momento presente,
para todas aquellas personas que se identifican con el talante instituyente
del anarquismo y que no tienen el menor reparo en admitir que el anarquismo
deja de ser anarquismo tan pronto como se hereda, porque esto significa
que ya forma parte de aquello mismo que ya ha traicionado a sus intuiciones
básicas.
(Página
Abierta, nš 123, febrero de 2002
|
|
|
|