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El pasado 23 de junio falleció de cáncer
Joaquín Jordá, hombre vinculado al cine -aunque de manera
intermitente, como veremos más tarde- pero de perfil heterodoxo,
ya que también ejerció de profesor y traductor. Su trayectoria
demuestra que, a pesar de los continuos lloros y peticiones de subvenciones
de los profesionales de la industria cinematográfica de este país,
es posible hacer un cine a contracorriente, sólido y reflexivo.
Jordá nació el año anterior al golpe fascista en
Santa Coloma de Farners (Gerona). Hijo de un notario y jefe local de Falange
que trató de inculcarle con nulo éxito su ideología,
vivió su infancia durante los duros años cuarenta entre
el rancio olor a sacristía y la lógica pero desgraciada
enemistad de numerosos hijos de rojos. Por oposición
al ambiente familiar acabó acercándose al Partido Comunista
de España, convirtiéndose en militante con solo 18 años.
Al licenciarse en Derecho por la Universidad de Barcelona, ya era fundador
de la célula antifascista en su facultad. Sin embargo, pronto olvidará
su licenciatura y se traslada a Madrid para ingresar en el Instituto de
Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, futura Escuela
Oficial de Cine, junto a Román Gubern y donde coincidirá
con lo que serán los principales impulsores del Nuevo Cine Español.
Pronto se vinculará a la UNINCI, productora cercana al PCE, con
la que verá la luz en 1960 su primer cortometraje: Día
de los muertos, codirigida y coescrita junto a Julián Marcos;
las intenciones de la obra, rodada el día de los difuntos y mutilada
por la censura, eran reflexionar sobre los negocios creados en torno a
la muerte. Parece un tema que será recurrente en su obra, aunque
él siempre afirmó que utilizaba la muerte como pretexto
para hablar de la realidad que le interesaba. En el caso de este primer
cortometraje, intentó también, sin éxito debido a
la censura, recuperar la memoria de aquellos desaparecidos y olvidados
que representaban a una España heterodoxa y a una historia alternativa
a la de Isabel la Católica o El Cid Campeador.
Se puede decir de Jordá que desertó de Madrid y del llamado
Nuevo Cine Español -cuya tendencia al neorrealismo será
vista con desdén desde Barcelona, acusando de mesetaria
a esa forma de hacer cine- para convertirse en miembro clave de la Escuela
de Barcelona -con un afán más experimentalista y cosmopolita
que sus colegas de Madrid-. Se trataba de una generación formada
por una serie de personajes progres -la gauche divine,
se dieron en llamar-, fascinados por la Nouvalle Vague francesa y cuya
importancia e impronta todavía está por analizar -el propio
Jordá reflexionará sobre ello en una de sus escasas películas
de ficción: El encargo del cazador-, pero que dieron
lugar a unas cuantas buenas películas. El propio Jordá hizo
una especie de declaración de principios que trataban de situar
la Escuela y entre cuyos puntos se encontraban los siguientes: autofinanciación
y sistema cooperativo de producción, trabajo en equipo con un intercambio
constante de funciones, preocupación formal en cuanto a estructura
de imagen y de narración, carácter experimental y vanguardista,
subjetividad temática, producción realizada de espaldas
a la distribución... A pesar del nombre que recibió la Escuela,
nada más lejos en la intención de sus miembros que representar
un cine catalán, dejando claro su afán cosmopolita y siendo
por ello severamente criticados desde los sectores nacionalistas. La siguiente
película como realizador de Jordá será quizás
la más representativa de la Escuela de Barcelona: Dante no
es únicamente severo (1967), concebida como una serie de
episodios dirigidos por diferentes integrantes de la Escuela y quedando
finalmente la cosa reducida a dos nombres, el de Jordá y el de
Jacinto Esteva. Se trataba de una apuesta radical, en la que primaba -atendiendo
a uno de los dogmas de la Escuela- la búsqueda de lo
formal frente a cualquier lógica narrativa; las críticas
fueron muy negativas, el público prácticamente la dio de
lado y acabó convirtiéndose en una obra de culto, estandarte
de la Escuela de Barcelona y referente para un nuevo y experimental tipo
de cine. La otra realización de Jordá en esta época
es Maria Aurèlia Capmany parla dUn lloc entre els morts,
mediometraje documental concebido para que la escritora hablara de su
obra -y también de cierto personaje decimonónico que nunca
existió, y que podría muy bien formar parte de la mística
nacionalista por rellenar la historia con hechos falaces- y lograr así
financiación para una futura adaptación que nunca vio la
luz.
La Escuela de Barcelona nunca tuvo una gran éxito de público
y solo logró ser rentable gracias a las numerosas subvenciones,
logradas gracias a presupuestos declarados muy por encima de los reales.
Tanta experimentación y simbolismo, terreno al que se llegó
debido a negarse a mostrar una realidad maquillada tal y como pretendía
la censura, les llevó a un callejón sin salida. Jordá,
siendo consciente de que aquello se había convertido en un grupo
de snobs que buscaban la admiración de los grupos más elitistas,
decidió irse a Italia. Allí realizará varios trabajos
producidos por la productora del Partido Comunista Italiano: Portogallo,
paese tranquilo (1969), sobre el Movimiento para la Liberación
de Angola; Il perché del dissenso (1969), acerca de
una bomba colocada en Roma por un grupo ultraderechista; la radical propuesta
Liber Arce, liberarse (1969), sobre la muerte de un estudiante
en una manifestación a manos de la policía; Lenin
vivo (1970), trabajo para conmemorar el centenario del dirigente
soviético donde vivió la censura comunista. Su último
trabajo en Italia fue su intervención en un documental, junto a
otros realizadores, acerca de una huelga en la fábrica de automóviles
de Alfa-Romeo. Esta época de autoexilio representa una parte de
la obra de Jordá muy militante; como él mismo manifestará
posteriormente, al servicio de alguien de manera deliberada, consciente
y asumida, y cuyos resultados consideraba bastante flojos.
En 1973, está Jordá de vuelta a Barcelona y se vuelca en
su faceta de escritor y traductor; actividad ésta última
que le resulta muy satisfactoria a nivel creativo. En los años
siguientes, son conocidas sus colaboraciones con Vicente Aranda, con el
que se compenetra muy bien: Cambio de sexo (1977), El
Lute, Camino o revienta (1987), El Lute II. Mañana
seré libre (1988), Los jinetes del alba (serie
televisiva de 1990), llegando hasta la reciente versión de Carmen
(2003). Defenderá la actividad del guionista como espontánea
y ajena a cualquier método o esquema, un trabajo exento de cualquier
tentación literaria que sirve como punto de partida al ulterior
trabajo de los técnicos y del director. Dará clases de guión
en diversos centros, como la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y la
prestigiosa Escuela de San Antonio de los Baños (Cuba). Otros guiones
suyos destacados son: La vieja música (Mario Camus,
1987), Golfo de Vizcaya (Javier Rebollo, 1985), Alma
gitana (Chus Gutiérrez, 1995) o Pau y su hermano
(Marc Recha, 2001). De sus guiones de encargo, del que se encontraba más
orgulloso era de Blanca Madison (Carlos Amil, 2000); sin embargo,
los resultados trasladados a la pantalla, como ha ocurrido tantas veces
partiendo de un buen guión, dejaban bastante que desear.
Se volverá a colocar detrás de las cámaras en 1979,
año en el que realiza Numax presenta.... Los trabajadores
de dicha fábrica contrataron a Jordá para narrar su lucha
por tomar el control de la producción, al declarar los dueños
suspensión de pagos. El documental se desarrolla a través
de las declaraciones de los protagonistas, en las que narran los diversos
estadios de los acontecimientos: explotación por parte de los patronos,
toma de conciencia, diversos triunfos en su camino a la autogestión,
enfrentamientos entre los trabajadores a la hora de establecer las nuevas
relaciones laborales. Se alterna diversas dramatizaciones de los hechos
ocurridos por parte de los trabajadores, y la escenificación de
los manejos de la patronal realizadas por la compañía teatral
de Mario Gas.
Hasta 1990 no volverá a dirigir otra película, se trata
de El encargo del Cazador. A partir de una propuesta de la
hija del fallecido Jacinto Esteva sobre material filmado por su padre
en África, Jordá elaborará un retrato del cineasta
en base a las declaraciones de diversos miembros de la gauche divine
y de la Escuela de Barcelona, por lo que la obra se convertirá
finalmente en reflejo de toda un generación a partir de quien fue
una de sus figuras más representativas. TVE y el ICC se implicaron
en su financiación y acabaron imponiendo una serie de cortes que
afectaron gravemente al conjunto. Jordá comentará posteriormente
que la preparación y el montaje de la obra le resultó duro
y le removió bastantes cosas, ya que hacia tiempo que no veía
a Esteva y que estaba desvinculado de aquella etapa de su vida.
En 1996, Jordá realizará por fin una obra de ficción
al uso, una autodenominado thriller rural, de género
puro y duro -aunque, seguramente, habrá quien me rebata ferozmente
este punto hablando de un realizador como Jordá-. Se trata de la
muy interesante Un cos al bosc (Un cuerpo en el bosque):
el cadáver de Montse, una joven con mala fama debido a su actitud
libertina en la localidad gerundense donde vivía, aparece en el
bosque. A partir de este hecho -que al final tendrá un giro argumentístico
muy logrado en un guión gratamente complejo-, Jordá hará
una disección implacable del ambiente provinciano catalán
y servirá de eficaz metáfora de un nacionalismo que posee
diversas caras y ninguna amable; el propio director hará un divertido
cameo como el independentista y culé dueño de un restaurante,
dando la bienvenida al personaje interpretado por Rosy de Palma, teniente
de la Guardia Civil (una representante de las fuerzas de ocupación,
sic). En el terrible juego que plantea la película solo pierden
los que están abajo en un sociedad corrupta y jerarquizada; podía
haber tenido la tentación Jordá de otorgar un victoria,
cuanto menos efímera, a los débiles pero contemplaremos
finalmente como las cosas cambian para que toda siga igual, y los fuertes
sigan ejerciendo sus manejos de poder.
Los trabajos que Jordá realizó en los últimos diez
años son tres impagables documentales que cuestionan las premisas
sobre las que se sustenta nuestra sociedad: Mones com la Becky
(Monos como Becky, 1999), De nens (2002) y Veinte años
no es nada (2004). Poco antes de realizar Monos como Becky,
Jordá sufrió un infarto cerebral que le supuso ciertas dificultades
de percepción pero que no impidió que siguiera dirigiendo
y analizara, acorde con sus circunstancias, la complejidad de la mente
humana. El documental traslada a la pantalla la vida de Egas Moniz, premio
Nobel portugués, incluido un atentado perpetrado contra él
por uno de sus pacientes. Una serie de expertos, sociólogos y científicos,
manifiestan opiniones que cuestionan el concepto de normalidad y convierten
en difusa la frontera entre locura y cordura. No le interesa a Jordá,
o lo trata muy secundariamente, el punto de vista de la institución
siquiátrica, que considera el de la normalidad y que le parece
de una pretensión y vanidad inconcebibles
Este último concepto, el de lo que la sociedad considera normal
-esta vez tocando un tema tan delicado como el de la pederastia-, también
está presente en De nens, que parte de un libro de
Arcadi Espada sobre un caso de abuso de niños en el barrio barcelonés
del Raval. Jordá intenta demostrar, colocando una cámara
dentro del juicio a los acusados, que la condena estaba decidida de antemano
con pruebas de dudosa veracidad. Era necesaria una reforma del barrio
-mísero y marginal donde los haya- de cara a la nueva Barcelona
olímpica, y dicho caso y la demonización de los acusados
formaban parte del plan para ello. El documental aporta múltiples
puntos de vista y muestra a una prensa que ya había dado a la opinión
pública una imagen de culpabilidad de los acusados. Si anteriormente
Jordá utilizó representaciones para introducir puntos de
vista, en esta ocasión las canciones del polémico y genial
Albert Plá tienen un similar cometido.
Veinte años no es nada es la continuación -cuya
realización ya intentó Jordá años antes- de
Numax presenta... y muestra qué fue de sus personajes,
los cuales habían jurado no volver a trabajar para un patrón.
La mayoría cumplió su promesa, pero lo que está presente
en todos ellos es un sentimiento de haber sido traicionados por una democracia
que ayudaron a traer a este país. Una nueva fiesta de reencuentro
reúne a los desencantados protagonistas de aquella experiencia
autogestionaria -y de nuevo Jordá, como en otras de sus obras,
se mezcla con los protagonistas y aporta su propio punto de vista- que,
sin embargo, mantienen una actitud personal rebelde y vitalista frente
al enterramiento que la transición hizo con las numerosas esperanzas
que los colectivos sociales y la clase trabajadora había puesto
en ella.
Tenía Jordá, quizás, dos facetas como cineasta: la
de hombre vinculado a la industria y ajustado a sus esquemas, como guionista
-aunque habría que diferenciar los casos en que trabajaba para
un determinado director-; y la de realizador, absolutamente independiente
de los caminos habituales del cine español. Paradójicamente,
a pesar de su faceta como escritor de cine, Jordá rechazaba la
estructura tradicional que trata de trasladar el guión a imágenes,
y lo defendía únicamente como un punto de partida o una
manera de reorientarse en pleno rodaje. El importante trabajo como profesor
de Jordá -y que puede decirse, aunque él lo negaría,
que creó una escuela- él lo definía como un intercambio
que trataba de aportar a los alumnos conversación, discusión,
valoración, análisis..., y lejos estaba el tratar de imponerles
un método de trabajo que probablemente él tampoco tenía.
Consideraba que las fronteras entre producciones de ficción y documentales
eran intercambiables, y la evolución del cine en los últimos
años parece darle la razón; consideraba que esta situación
renovada, donde los géneros se contaminaban unos de otros, era
debida a que la televisión había destruido el buen cine,
banalizando la narración, utilizando ideas preconcebidas y estructuras
muy parecidas.
El desaparecido cineasta gerundés ha legado la Fundación
Quico Sabaté, en su localidad natal de Santa Coloma de Farners,
concebida para la realización de producciones cinematográficas
de carácter antiautoritario y que también albergará
todo los materiales y libros de Jordá. Según sus propias
palabras, el propósito central de la Fundación será
el de las no fronteras, con tres aspectos fundamentales: discusión,
didáctica y exhibición. Como anécdota, cuando fue
a explicar el proyecto al alcalde de Santa Coloma, éste le propuso
poner a la Fundación el nombre de su padre -recordemos que fue
un jefe local falangista con el que Jordá no se llevaba bien-.
Finalmente, consiguió que el proyecto lleve el nombre del legendario
guerrillero anarquista. Nos ha dejado un gran cineasta, pero estoy seguro
que el testigo sera cogido por una generación de nuevos realizadores
con mucho que aportar.
Capi Vidal |