La vida de los otros
Florian Henckel von Donnersmarck. 2006

Un sorpresa muy agradable ha sido esta película alemana, y con mayor motivo cuando se sabe que detrás de su escritura y realización está un tipo novel de 33 años llamado, nada menos, Florian Henckel von Donnersmarck. No es casualidad que una película sobre la antigua República Democrática Alemana, y su eficaz y perversa organización policial, nos sitúe en 1984 (el nombre de Stasi es abreviatura del alemán Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado, que sería de total adecuación al universo orwelliano). Tiene el film un guión sorprendente, plagado de recovecos, sin trampas ni fisuras, donde un funcionario policial, de vida triste y plenamente dedicada al socialismo real, decide adelantarse a la maquinaria totalitaria a la que representa y consigue carta libre para investigar a una pareja de artistas, aparentemente fieles al régimen. El protagonista, magistralmente interpretado por Ulrich Mühe (habitual en películas de Michael Haneke), observará detenidamente la vida de sus sospechosos, y descubrirá hechos que despertarán algo en su interior para llevar a cabo una conmovedora redención; de su existencia gris y posterior evolución, seremos testigos los espectadores, en una especie de ejercicio de metalenguaje visual. Una hermosa idea está presente en la película, pero también su reverso: la de que una persona honesta puede finalmente "venderse" a un régimen perverso, y la de que un súbdito de la iniquidad es capaz de vencer todos los obstáculos y hacer lo correcto. De esta última idea, la evolución positiva de las personas, presente en la obra de teatro del dramaturgo que interpreta Sebastian Koch (no tiene precio la ironía presente en las dos versiones del texto que se representan: la de la extinta RDA, que el autor observa con una complacencia que quizá esconda demasiadas cosas, y la de la reciente Alemania unificada, recibida con desencanto e indiferencia), se mofa un detestable ministro del país, calificando al escritor de ingenuo humanista. Soy incapaz de encontrar un defecto a la película de Henckel: a los magníficos actores ya mencionados, se unen un plantel de secundarios impresionante (cuyos rostros nos serán familiares gracias a un cine germano de alto nivel, que ha encontrado distribución en nuestro país en los últimos años); la fotografía, oscura y tendente a los grises, y la sobria puesta en escena están al servicio de la represiva atmósfera que envuelve el film; ya he mencionado lo que me parece un guión perfecto (y recomiendo al lector que mantenga sus sentidos alerta para disfrutar de cada secuencia, así como de los numerosos guiños), pero iría más allá al comprobar que una narración, que hubiera acabado de forma coherente con su estupendo desarrollo en un aparente desenlace, da un nuevo giro nada artificioso, se extiende más allá de lo que es una duración normal de un largometraje (la película dura cerca de dos horas y media, sin que le sobre ni un minuto, otra increíble valía más en el cine moderno, que tantas concesiones realiza) y nos deleita con un desenlace esperanzador para con la condición humana, cargado de ganas de vivir, con la forma de la sonrisa de un hombre que fue capaz de desprenderse de toda su condición dogmática, de renunciar a todo en lo que creía y a un prometedor futuro en el Estado socialista. Si hay una lectura política en el film es la de que el socialismo es incompatible con el autoritarismo, sin que exista asomo de ninguna apología de la "libertad" que llegará tras la caída del muro (más bien, lo contrario: el ser humano, incluso aquel más condicionado, es capaz de rebelarse contra la más feroz de las máquinarias represivas; su posterior desubicación y rechazo que sufre en el Estado liberal que llega tras el totalitarismo, no es más que una de las muchas aristas presentes en la película). No quiero desvelar nada del argumento, pero quiero mencionar algo que me señaló un lúcido amigo: para vergüenza de nuestra complaciente y constitucional democracia, existe una secuencia en "La vida de los otros" donde las víctimas de una dictadura solicitan abiertamente información sobre sus verdugos, algo prohibido en nuestro país. La recuperación de la memoria, que no terminamos de agarrar con firmeza frente a una interesada clase política que la utiliza como freno, nada tiene que ver con ningún "ajuste de cuentas", tiene que ver con la justicia y con la apropiación de nuestro futuro.

Capi Vidal