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Este Cuaderno de Educación Social, publicado
en 1936 por las ediciones de Tierra y Libertad de Barcelona, es
una buena muestra de la clara orientación materialista y racionalista
de los anarquistas españoles de esa época. La educación
y formación racional y razonable de los afiliados y simpatizantes
era, sin duda, una de las tareas principales de la CNT y las organizaciones
próximas en sus Ateneos. y se puede decir, sin temor a equivocamos,
que fue, en buena parte, esa educación la que permitió la
revolución anarquista de 1936. La colectivización que se
inició a principios de la Guerra Civil implicaba una fuerte dósis
de audacia y de reflexión racional, y había sido precedida
por un largo camino de formación ideológica, en la que el
ateísmo jugó un papel de primer orden.
La autonomía significa dotarse de reglas y leyes propias, y eso
estaba implícito en el lema: «Ni Dios, ni Amo». El
orden de este enunciado es claro y muy significativo; Dios en primer lugar,
el amo en el segundo. La lucha ideológica contra los dioses precede,
necesariamente, a la de los amos, lo que es natural: los amos son sólo
diosecillos. El principio de la autoridad, la Autoridad Suprema, el gran
símbolo de la autoridad es el concepto de Dios. No hay que olvidar
que Él es el Centralizador de Valores y que si Él existe
no hay verdadera autonomia.
En el medio anarquista el ateísmo constituía un elemento
fundamental de la visión del mundo. De ahí que en ese medio
proliferasen los libros y folletos contra la religión.
El ateísmo, que no aceptaba la idea de Dios, era común a
anarquistas, socialistas y comunistas. La diferencia entre los primeros
y los otros dos residía en su relación con el amo. Los socialistas
de los primeros tiempos eran ateos. Su doctrina, muy meditada, llevaba
implícita, como a regañadientes, una cierta aceptación
del amo. Con el tiempo y la llegada de los comunistas al poder, el concepto
de amo, algo enmascarado, eso sí, se hizo explícito. En
este proceso al amo se le denominó Gran Jefe, Jefe Genial. Decía
el poeta francés Aragon en un poema de 1953:
« Oh Gran Stalin, oh jefe de pueblos,
Tú que haces nacer al hombre,
Tú que fecundas la tierra...
etc... etc"
El Gran Jefe tiene, según Aragon y los responsables de Les Lettres
Françaises, revista donde se publicó este poema, buena
parte de los atributos clásicos de Dios. Lo que demuestra históricamente
que no basta con decir no a Dios. Hay, por precaución, que decir
también no a los Amos terrenales (económicos o ideológicos).
Tenía razón Hegel cuando afirmaba que es el esclavo quien
con su miedo confiere poder al amo.
El ateísmo de «Ni Dios, Ni Amo» implica el deseo de
autonomía, lo que exige un racionalismo a ultranza. Resulta que
estar solo, sin un Dios o un Amo que nos guíe, requiere una reflexión
continua. Además, el pensar adecuadamente, en consonancia con la
realidad, exige un gran esfuerzo mental y moral. Decía La Boétie
que el ser humano tiene una tendencia al sometimiento, a servir a alguien,
ya que al someterse se relaja y deja de seguir pensando. Con el vacío
mental se llega fácilmente y con alegría a la Servidumbre
Voluntaria. La otra tendencia, la de la libertad, es más ardua
y fatigosa, más apremiante.
En los últimos decenios se ha producido un declive ideológico
muy acusado. La mayoría de los movimientos políticos está
renunciando a sus doctrinas e ideas. Lo más acentuado en este proceso
es la disminución creciente de la importancia de la moral, en todas
sus formas. y no sólo en el orden político, sino también
en el religioso. Cabe la posibilidad de que sólo sea un reflejo
de los cambios que tienen lugar en la sociedad, fruto, entre otros factores,
de los avances en el saber del mundo, de las grandes modificaciones en
las ciencias y de sus repercusiones técnicas. Cambios técnico-sociales,
que en el vivir cotidiano ponen en evidencia el carácter inoperante
de la mayor parte de las doctrinas ideológicas al uso (más
valdría decir en camino de desuso).
En este declinar ideológico general los anarcos, por el
momento, han resistido mejor que los otros movimientos sociales. Sin duda
por ser el anarquismo más una moral que una doctrina. Pero tampoco
escapan a esa decadencia universal. Como se pone de manifiesto en el caso
del ateísmo, que hoy no les ocupa demasiado tiempo. Los pocos textos
que se editan sobre este tema suelen proceder de medios no anarquistas.
Este vacío de ideas genera un modo de pensar que comienza por desprestigiar
la razón, según sus críticos fuente de todos los
males y del mal funcionamiento que padece la sociedad actual. Los ejemplos
que proporcionan estos nuevos pensadores, que suelen autodenominarse postmodernos,
de doctrinas perversas fruto de la razón, la del Siglo de las Luces,
son, entre otros menores, el comunismo, el socialismo, el nazismo, el
liberalismo. Es decir, todos los movimientos sociales nacidos en la edad
de la Razón y posteriores a ella. No tienen en cuenta si estos
hijos de la razón se han modificado y alterado al ser puestos en
práctica. Atacan los orígenes doctrinales, no las doctrinas,
lo que exigiría un análisis serio de los contenidos de éstas
y de los efectos demoledores debidos a la puesta en práctica. En
el amplio mundo de este pensamiento postmoderno surge una mayoría
de teóricos que tienden a buscar a Dios, o al menos a los dioses.
Es un modo de intentar encontrar un fundamento a sus posturas (más
que posiciones) ideológicas. AI rechazar la razón buscan
soluciones en el pensamiento «espiritualista», en posiciones
religiosas anteriores, o en el misticismo.
Junto al pensamiento postmoderno destacan hoy las múltiples religiones
orientales, más o menos auténticas, que crecen como setas
en este nuestro mundo. Los fundamentalismos de todo tipo muestran con
claridad el "despiste" ideológico que reina en nuestra
sociedad. Cabe constatar que en su momento algunos de los pensadores postmodernos
más enjundiosos, entre otros el filósofo francés
Foucault, se quedaron admirados ante el ayatollah Jomeini, pues veían
en él al revolucionario espiritual, no contaminado por la razón,
que podía abrir un camino nuevo en la sociedad actual.
Quizá haya llegado el momento de volver a reflexionar sobre el
ateísmo. El cuaderno de Sebastian Faure podría servir en
estos tiempos para reiniciar el debate sobre el tema.
Sebastian Faure (1858-1942), fue un anarquista francés de gran
importancia. Siendo muy joven ingresó como novicio en un colegio
de los jesuitas, centro que abandonó a la muerte de su padre. A
partir de ese momento se unió al movimiento anarquista, donde desempeñó
un papel fundamental. En 1892 fundó el periódico L'Agitation
y en el año 1895 Le Libertaire, órgano anarquista
francés que existe hoy en día. Entre sus obras destacan
Autoridad y Libertad (1891) y Filosofía Libertaria
(1895).
El folleto que nos ocupa fue escrito probablemente en los primeros años
del siglo XX. Resulta curioso que en el tránsito del siglo XIX
al XX hay un resurgir de la religiosidad, con sus toques de orientalismo
y todo. Es algo que recuerda, salvando las distancias, lo que sucede en
nuestros días. Es entonces cuando Sebastian Faure escribe su folleto.
Otro elemento que parece justificar su actualidad.
En Doce Pruebas que Demuestran la No Existencia de Dios, muestra
las incoherencias de los razonamientos de los religiosos al intentar justificar
racionalmente la existencia de su Dios y de sus propiedades. Tema este
último que había sido resuelto con elegancia y lógica
por Averroes y Ockham. Es de hecho una crítica interna de los mismos
postulados de los religiosos. Crítica que muestra que las razones
aducidas de la existencia de Dios se transforman, al analizarlas, en pruebas
de su inexistencia.
Con buen sentido, Faure señala que hay dos medios para abordar
el problema de la inexistencia de Dios. El primero consistiría
en eliminar la hipótesis Dios como origen del Universo, por lo
que sabe la ciencia de este asunto. El segundo trataría de demostrar
que la argumentación de los creyentes no es coherente. Faure se
ocupa del segundo procedimiento, el de la crítica interna, y lo
realiza de un modo breve y eficaz. Sobre el primero argumenta que, aun
existiendo en su época varias hipótesis ingeniosas aceptables
por la razón, no están suficientemente desarrolladas ni
poseen el valor de una certeza científica como para poder utilizarlas
de un modo adecuado, es decir, constata que a principios del siglo XX
pretender explicar científicamente el origen del Cosmos no era
posible. Por eso se centra en el segundo medio.
En el ambiente de desideologización general, los creyentes suelen
emplear los argumentos clásicos, los que se analizan en este folleto,
y al hacerlo lo hacen con ventaja, pues la mayoría de los ciudadanos
no han oído hablar de ellos. Curiosamente, este texto de Faure
informa puntualmente de los argumentos que esgrimen los creyentes, argumentos
que no circulan por las calles, al tiempo que muestra sus debilidades.
Es evidente que Sebastian Faure hizo un trabajo duradero, que en los albores
del siglo XXI conserva el valor que tuvo a finales del siglo XIX y principios
del XX. Por esa razón deberíamos estarle agradecidos.
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