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Si usted quiere jugar a la ruleta rusa, sin pistola ni
balas pero con bastantes probabilidades de perder la vida, vaya cualquier
sábado por la tarde a la carretera de l'Arrabassada, una hermosa ruta
que, atravesando la sierra de Collserola, desciende hacia Barcelona desde
el Tibidabo. Allí, en cada curva, podrá experimentar la intensa
emoción de afrontar, involuntariamente y sin remedio, el riesgo de
recibir el impacto de una moto que circula a su máxima velocidad o
de ser aplastado por un coche cuyo motor ha sido manipulado para invadir ruidosamente
ambos sentidos de la calzada. De escapar con vida, siempre puede escuchar
en la radio de su coche a un responsable de tráfico -yo lo escuché
y lo puedo probar- aconsejando a los ancianos seguir cursillos de educación
peatonal, dado que el 50% de los transeúntes atropellados son viejos
y "no siempre los automóviles tienen la culpa de los accidentes".
Todo eso podría ser únicamente una anécdota macabra si
hubiera la posibilidad, aunque fuera remota, de que el citado burócrata
hubiera ya dimitido por su insolente estupidez o que alguna autoridad local
o universal hubiera puesto coto al salvajismo de l'Arrabassada. Pero el burócrata,
pongo las manos en el fuego, no ha dimitido y la autoridad permanece indiferente
a la indeseada práctica de la ruleta rusa por parte de los ciudadanos.
De hecho, cualquier vecino de la zona sabe que el siniestro juego dura desde
hace años y que, además, sería muy fácil acabar
con él con una mínima disposición policial de control.
Sin embargo, de interrogar a la autoridad competente usted sacaría
la conclusión de que tal control es endiabladamente difícil
porque depende de tantos factores que es casi imposible una actuación
inmediata. En consecuencia, silencio.
Lo aparentemente sencillo es, desde luego, muy complejo. Cualquier ingenuo
podría preguntarse por qué se venden coches que alcanzan los
240 kilómetros por hora cuando en casi ninguna carretera europea pueden
superarse los 140, y por qué esos 100 kilómetros de "velocidad
ilegal", precisamente, se ofrecen como prenda en la competencia entre
fabricantes, y por qué se emiten anuncios legalmente permitidos en
los que se disimula seductoramente esta transgresión de la ley y, unos
pocos segundos después, otros, oficiales, en los que una Dirección
General muestra la sangrienta cosecha de muertos en la carretera. Para disuadir
a los jóvenes que gastan su adrenalina -y la vida de los demás-
en sus coches y motos sería necesario modificar tantas cosas que el
funcionario de turno se muestra escéptico o evasivo. Piensen en lo
que significa intervenir en la cadena que une el interés del fabricante
con el de la publicidad, y el de ésta con el de la televisión,
y el de ésta con el interés nacional que regularmente nos informa
de nuestra salud pública según el número de coches vendidos.
Además, los jóvenes siempre tendrán adrenalina para gastar.
El ingenuo cree que es sencillo, pero el experto sabe que todo es rematadamente
complicado. Mientras el experto no se pronuncie, es mejor guardar silencio.
La duda es la siguiente: ¿guardamos silencio porque no sabemos o somos
silenciados para que no sepamos? Somos libres para hablar, es cierto, pero
¿estamos en condiciones de hacerlo? Sería abrumadoramente simple
interrumpir la ruleta rusa de l'Arrabassada, pero, al parecer, nadie lo hace
porque, en el fondo, se considera peligrosísimo clausurar el casino,
por ilegal o inmoral que sea.
Afortunadamente para usted, si es temerario, abundan en nuestra vida numerosos
casinos de este tipo. Algunos, gigantescos y, con escasos sobresaltos, igualmente
rodeados de impunidad. Desde la ingenuidad quizá nos parezca natural
denunciarlo pero, si lo meditamos bien, renunciamos a tal denuncia y callamos
porque, según nos dicen los expertos, desconocemos los reales mecanismos
de "lo que es". No es tan sencillo, no es tan sencillo: cállate.
Si no estamos en condiciones, por falta de información y convicción,
de pronunciarnos sobre lo que ocurre en nuestras carreteras exteriores, cómo
vamos a estarlo en lo que sucede en nuestros caminos interiores cuando, por
ejemplo, nos tragamos todo tipo de medicamentos sin auténticas posibilidades
de resistencia crítica. De tenerlas, seguramente llegaríamos
a la conclusión de que esta ruleta es aún más arriesgada
que la que arroja la bola sobre la rueda de los accidentes automovilísticos.
Pero no las tenemos y, por consiguiente, una férrea conspiración
de silencio rodea a la industria farmacéutica, un escenario opaco de
dudosas complicidades políticas y jugosos sobornos médicos.
Todos los que están cerca de él saben que en este escenario
un dios negro media codiciosamente entre la vida y la muerte. Todos lo saben,
pero casi todos callan. Algunos por temor, otros por proverbio; los más,
no obstante, porque es un mundo "demasiado enrevesado" para abrir
una ventana de luz. De nuevo, el silencio.
Recientemente, una multinacional ha retirado el medicamento Vioxx (rofecoxib)
del mercado debido al excesivo riesgo de accidentes cardiovasculares. La empresa
en cuestión es acusada ahora de miles de muertes mientras una campaña
rival que mantiene un producto competidor ha publicado enormes anuncios asegurando
la bondad de su mercancía en un lenguaje ciertamente sospechoso que,
de algún modo, ha aumentado la confusión. Es ya una cuestión
de expertos antes de ser una cuestión de abogados y, después
de larguísimos procesos, una cuestión de olvido.
Un amigo médico habló acusadoramente de la droga ahora prohibida
hace ya mucho tiempo y con un diagnóstico exacto al actual sobre sus
riesgos. El grave peligro era, pues, conocido, aunque la maquinaria funcionara
implacablemente. ¿Cuántos médicos dejaron de recetar
la droga? ¿Cuántas páginas de publicidad dejaron de imprimirse?
Hay que citar, no obstante, una formidable excepción a la conspiración
de silencio cuando en el año 2003 el doctor Joan Ramon Laporte denunció
pormenorizadamente los riesgos de Vioxx en la revista Butlletí Groc.
Fue llevado inmediatamente a juicio por la empresa productora. Absuelto, no
es obviamente ajeno a la retirada del producto, junto a quienes, sobre todo
en Estados Unidos, compartían su opinión. Voces reconfortantes
en medio del silencio.
La regla, sin embargo, es el silencio. O mejor: el silenciamiento. Algo que
se consigue sin necesidad de expresarlo. Basta con imponerlo con una telaraña
asfixiante que atrapa al ciudadano y convierte lo sencillo en "demasiado
complejo". Las grandes empresas farmacéuticas, al igual que las
automovilísticas, envuelven al potencial consumidor con un cerco de
mensajes del que es casi imposible escapar, puesto que cualquier eventual
discrepancia quedaría rápidamente anegada en el inmenso poder
de propaganda enmascarada como información. Mientras en la pantalla
aparece el paraíso, una voz en off recomienda: "Lea atentamente
las instrucciones que acompañan al medicamento". Léanlas
y tendrán una muestra "literaria" de cómo lo que creían
sencillo -no arriesgar el pellejo innecesariamente- es demasiado complicado,
demasiado abstruso, para que lo descifre alguien que no sea un experto, aquel
centinela que vela por nosotros en un lugar oculto del laberinto del mercado.
¿Hay alguien capaz de llegar al corazón de este laberinto? No,
al parecer; ni siquiera los Estados, de proponérselo. Silencio, por
tanto.
Usted, para evitar el más que previsible accidente, puede dirigirse
a un guardia municipal, si lo encuentra. Aparte de fastidio, advertirá
seguramente impotencia en su mirada. El médico que lo atiende no tendrá
una expresión muy distinta si le pide protección ante las consecuencias
de ciertas drogas legales. Uno y otro encuentran su petición demasiado
compleja para estar a su alcance. Pero es muy probable que un presidente del
Gobierno medianamente sincero reaccione de manera similar. Al fin y al cabo,
él no es sino el peldaño más alto de una escalera en
la que se encontraría a un buen alcalde que puede hacer muy poco para
mitigar el saqueo inmobiliario o a un juez competente que no sabría
por dónde empezar si quisiera erradicar la apoteosis de la maledicencia
proclamada por gran parte de las televisiones. Lo que hasta hace un rato parecía
nítido se vuelve realmente oscuro cuando se advierte la impotencia
de lo que creíamos era el poder.
Los tres poderes clásicos, e incluso el cuarto -la prensa- nacido para
fomentar la transparencia de éstos, parecen obligados a callar ante
la sombra absorbente del quinto poder, el que se alimenta constantemente de
la opacidad y el silencio y rodea las circunstancias cotidianas del hombre
con tupidas salvas de imágenes y palabras. Este quinto poder es tan
coercitivo porque se presenta, y es aceptado, como "lo que es",
es decir, tal como el mundo o la realidad o la existencia o la vida son, sin
asomo alguno de duda. ¿Y quién se atreve a hablar ante tal contundencia?
Al fondo están, desde luego, la codicia y el beneficio sin escrúpulos.
Pero el quinto poder va más allá de ellos. Más allá
del codicioso, del especulador, del burócrata de los peores saqueos,
pues también ellos acaban desbordados por su fuerza y por su engaño.
Nadie, ni quienes se ufanan de aprovecharse de él, está en situación
de oponerse al gigantesco fantasma que, usurpador de "lo que realmente
es", convierte el mundo en un mercado de consumidores silenciados: usted
no puede hablar porque hace mucho tiempo que ha perdido la noción de
lo que significa hablar. Déjelo a otros que, a su vez, lo dejarán
a otros. La cadena invisible del quinto poder.
El quinto poder, por tanto, no es sólo el Gran Mercado, sino sobre
todo la atmósfera espiritual que lo acompaña, una atmósfera
en la que, mediante la mentira y la propaganda, ninguna palabra mantiene su
significado original.
Claro que quizá hay otra manera posible de enfocar las cosas. Imagínese
que usted no quiere perder su ingenuidad y quiere llamar a las cosas por su
nombre. Imagínese que no deja su vida en manos de expertos. Imagínese
que tampoco un médico está dispuesto a recetar lo que le dicen.
Imagine que, a pesar del fastidio, el guardia municipal se dirige a la carretera
de l'Arrabassada. Imagínese, por fin, la importancia decisiva de las
pequeñas acciones individuales frente a las silenciosas complicidades
colectivas. Y, de pronto, el hechizo tal vez empiece a desvanecerse.
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