En defensa de "Salvador"
Manuel Huerga. 2006

La película de Manuel Huerga había sido acompañada, frente al aplauso casi general de la crítica especializada y su buena acogida en el festival de Cannes, de una pequeña polémica las semanas previas a su estreno el 15 de septiembre. Se acusaba a la película -acusaciones que muchas veces parecen fabricadas "a priori"- de falsear la auténtica historia de Puig Antich con un tono reaccionario (???), didáctico (para que los jóvenes no anden por el camino; infumable conclusión), de ser comprensiva con los franquistas (más bien de lo que se trata es de que policías y demás funcionarios en la película, al margen de sus crueles actos y del repugnante régimen al que sirven, están muy bien representados en el film y tienen rasgos humanos; propio de las grandes películas con personajes en tres dimensiones) y creo que alguien llegó a mencionar, quizá en pleno delirio lisérgico, que se había convertido a Puig Antich en un... ¡nacionalista catalán! Una muestra más de la estulticia de algunas de las críticas (parece que no todas provienen del mundo libertario) es la de culpabilizar a la organización terrorista ETA de la ejecución del militante del MIL. La explicación está en una frase del protagonista al respecto (frase que parece que dijo el auténtico Puig Antich), cuando se produce el atentado que acaba con Carrero Blanco, y que lo que viene a significar es que el régimen franquista iba a utilizarle como cabeza de turco (no fue el único, hay que recordar al polaco Heinz, también asesinado con el método del garrote vil y que inspiró la obra "La Torna", que tantos disgustos les costó en su tiempo a Els Joglars, y el documental de 2004 "La muerte de nadie", realizado por el valenciano Joan Dolç).
Estamos hablando de una película de ficción, con un tiempo limitado que debe dedicarse más a la dramatización que al didactismo, a la que no se le puede exigir que relate minuciosamente lo que fue el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) y profundice en sus motivaciones e ideología (dejando las mitificaciones de personas y colectivos a un lado, concepto que el anarquismo rechaza de pleno pero en el que algunos prefieren insistir): anticapitalismo, consejismo, marxismo, anarquismo... todo ello se menciona en la película como parte del MIL pero resultaría imposible dar una explicación de cómo lo entendían; para ello, queda pendiente un buen trabajo documental al que se le puede exigir todo eso como parte de un auténtico proyecto de recuperación de la memoria colectiva en este adormecido país al que le cuesta mirar atrás, a un pasado sórdido que no queda muy lejos. Para eso, la película "Salvador" resulta un excelente punto de partida.
El film de Huerga, además de excepcional por sus valores cinematográficos, me parece valiente y honesto; como recuperación de la memoria colectiva en parte, sí, pero también como reivindicación de unas personas que decidieron actuar frente al crimen de Estado. Y actuaron como ellos consideraron correcto, "expropiando" la riqueza y dándosela a la clase oprimida, apoyando al sector obrero que se estaba empezando a organizar al margen de partidos y sindicatos. En ningún momento se juzga como equivocada o ingenua esta manera de actuar, ni se muestra a un protagonista (excepcional Daniel Brühl) arrepentido de ninguno de sus actos. Unos créditos al principio de la película reivindican a un chaval que decidió no doblegarse frente a un país que mayoritariamente lo había hecho (y esto escocerá a gran parte de la izquierda que vio cómo el dictador moría en la cama); sus motivaciones quedan perfectamente explícitas en el relato a su abogado: "no luchábamos sólo para acabar con una dictadura, también para construir una sociedad sin clases" (recordemos que algunas críticas querían ver en el Salvador de ficción un simple luchador por las libertades democráticas, lo cual se contradice claramente en esta frase). La historia personal de Salvador, con su importancia en el conjunto al lado de su militancia política y siendo perfectamente legítimo que se muestre, nos muestra a un chico normal y vitalista, con conflictos familiares (la significativa y emotiva historia del padre, antiguo combatiente republicano, la prefiero dejar virgen a los ojos del espectador) y escarceos amorosos con jóvenes ajenas a su vida clandestina. Si hay que buscarle un defecto a la película, estaría en el personaje interpretado por Leonardo Sbaraglia, brutal e ignorante funcionario de prisiones al principio y que sufrirá un proceso de cambio (que desemboca en una actitud en la ejecución a todas luces irreal y cercana al ridículo, aunque desconozco la historia real de este personaje; a veces, la realidad supera a la ficción) gracias a la humanidad de Salvador. Al margen de ese detalle, no observo maniqueísmo alguno (ni siquiera en ese despreciable verdugo al que vemos preparar y ejecutar su trabajo, reverso quizá del reflejado por Azcona y Berlanga en su genial película) y todo resulta desgarrador en el tramo final de la narración, puede que lo mejor del film, muy bien acompañada por la música de Lluís Llach.
Si puede quedar clara la historia central concisa y directa que nos cuenta "Salvador", hay muchas intenciones en esta ambiciosa obra, por lo que no se la puede juzgar de manera reduccionista ni creo que se la pueda acusar de tibieza. Existe una diatriba feroz contra la pena de muerte, situada en un contexto más amplio pero perfectamente válida por sí misma, lo cual no contradice la intencionalidad radical contra un orden establecido; se muestra cómo se acabó con una gran generación de un país con la mejor arma para el poder: el miedo; y existe una crítica implícita a lo que sería posteriormente la Transición democrática, con algunos apuntes irónicos impagables. En suma, una película que merece la pena verse despojándose de todo prejuicio, incluido el delicado hecho de que estemos ante una gran producción capitalista donde han puesto dinero diferentes administraciones; así ocurre en la inmensa mayoría de las producciones cinematográficas y, a pesar de ello, en este caso confío en la honestidad e independencia de los realizadores.

Capi Vidal