| GLOBALIZACIÓN,
FALSOS FEMINISMOS Y OTRAS INQUISICIONES DIFUSAS |
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| Vicente
Serrano Marín Universidad Europea de Madrid |
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En los años 80 del XVIII alemán se puso
en circulación un término que es de difícil traducción
al castellano: schewärmerei. Se puede encontrar traducido como fanatismo,
pero también como delirio o incluso como entusiasmo. A mi entender
y más allá de los distintos contextos, ese término
tiene sobre todo que ver con el fanatismo, y no deja de ser sino una prolongación
del fanatismo religioso, sólo que en versión secularizada.
De ahí que la Ilustración se planteara luchar frente a él
en su prolongación a su vez de la lucha contra la superstición.
En realidad el término tiene a su vez mucho que ver con la doctrina
baconiana de los idola, con el concepto de asilo e ignorancia utilizado
por Spinoza en el apéndice del Libro I de la ética, y por
tanto no deja de ser también en ese sentido un precedente de la
noción marxiana de ideología. Lo que todos ellos comparten
es precisamente la lucha por liberarse de la ignorancia, una lucha que
se resume en el impulso fundamental de la ilustración expresado
por Kant como sapere aude, atreverse a saber. Pero el avance fundamental
que comparten Marx y el anarquismos es que situaron el impulso de la emancipación
ilustrada en el marco en las condiciones materiales para hacerla posible
no sólo en el ámbito de las ideas, sino en el de la realidad
material concreta, de ahí el desplazamiento desde la filosofía
a la economía, en el fondo la nueva ciencia que velaba las condiciones
de explotación. No podemos ahora, como es obvio, volver a los diferentes
modos de afrontar la lucha por la emancipación en el seno de la
primera Internacional y a la pugna entre anarquistas y socialistas En lo que a nosotros nos interesa lo cierto es que el
feminismo es deudor de esa misma concepción ilustrada y las primeras
feministas propiamente dichas proceden de esa época. No trataré
de discutir aquí cuestiones evidentes como el machismo de la propia
ilustración kantiana, el carácter ideológico de su
concepto de autonomía, porque no me interesa tanto un análisis
histórico de la idea feminista o de la propia ilustración,
como una análisis conceptual del potencial emancipador de la misma,
que es a mi entender su núcleo. Arremeter sin más contra
la Ilustración en su conjunto, identificándola además
con la modernidad, es una actitud reaccionaria que se ha demostrado al
servicio del poder o de los poderes. El modelo de Adorno y Horkheimer
en Dialéctica de la Ilustración, continuado después
en múltiples versiones por algunos postmodernos y pragmatistas
tiene antecedentes demasiado nítidos en el pensamiento reaccionario
del XIX, en el peor Nietzsche y en el peor romanticismo, y sirve en gran
medida para políticas imperialistas. La pregunta hoy en el siglo
XXI, después de los procesos de aparente transformación
que supusieron las últimas décadas del siglo XX, es si la
noción de emancipación sigue presidiendo la posibilidad
misma del feminismo y en qué términos. Es obvio que tras
la publicación a finales de los 90 de Imposturas Intelectuales
de Sokal y Bricmont la posmodernidad como noción filosófica
se ha visto enormemente debilitada, pero no deja de serlo menos que más
allá de los discurso filosóficos, del desuso en que han
caído los términos o de la evolución de los autores,
la posmodernidad en cuanto a lo en ella pensado ha resultado triunfante.
Da igual el nombre que la asignemos, lo cierto es que las tesis fundamentales
que Lyotard presentó en La condición posmoderna se han realizado.
Si desde el punto de vista filosófico han perdido fuerza es precisamente
porque se ha revelado su carácter de impostura, es decir, de ruptura
del juego propio de la tradición del saber en la comunidad cientítica.
Pero ese mismo dato es el que confirma su fuerza fuera del discurso académico
o de la propia comunidad científica. Recordaré solo brevemente
que las tesis básicas de Lyotard descansan en 2 premisas fundamentales:
lo que llamaba la pérdida de la fe en los grandes relatos, entre
ellos el de la emancipación, y la importancia creciente de la dimensión
pragmática del lenguaje, y desde ella la centralidad misma del
lenguaje como, a partir de la teoría de Wittgenstein. Esas dos
tesis constituyen en realidad dos poderosas armas del poder de nuestros
días, un poder que obviamente no procede del vacío, sino
que hunde sus raíces en las fuentes del poder tradicionales, pero
que se ha visto obligado a maquillar sus apariencias, a camuflarse podríamos
decir, y que en parte se ha camuflado bajo el ropaje de la izquierda y
de discursos supuestamente izquierdistas, aunque no sólo, porque
el poder juega siempre todas las bazas. Toda la parafernalia de la diferencia,
del multiculturalismo, todo ese diseño de la política de
rebajas y de centro comercial en que vivimos en nuestros días es
justamente el camuflaje desde el que los centros de poder acumulan poder
y se hacen cada vez más invisibles. Es el lenguaje del gran síndrome
de Estocolmo de los sometidos. Pero desafortunadamente para el poder toda
opresión/impresión/represión deja huella en forma
de síntoma. Llama la atención en este sentido que los supuestos
ideologemas de la supuesta izquierda de nuestros días, la de los
políticamente correcto, echen mano de forma masiva del instrumento
por antonomasia de las sociedades premoderna y luego burguesas del XIX,
del derecho penal. En una manifestación de la peor ilustración,
lo que tópicamente llamamos despotismo ilustrado, los partidos
que se reclaman de la izquierda convienen con la derecha en que hay que
transformar nuestras sociedades desde el derecho penal. Es
lo que se ha dado en llamar la expansión del derecho penal (1),
una expansión que por lo demás va precedida de otro síntoma,
el uso masivo de una construcción moral en el peor sentido de término,
es decir, de imposición dogmática y acrítica, es
decir, pura ideología. De esta manera los llamados nuevos gestores
de la conciencia moral colectiva, ecologistas, supuestas feministas y
otros grupos, con estructura de ONG y un tono muy próximo al de
las viejas campañas de la Iglesia, pretenden avanzar en la izquierda
mediante la aplicación creciente del derecho penal y la apelación
a que el Estado sea el que establezca las condiciones de la ¿emancipación?
. Por lo demás esos síntomas dependen y/o
se articulan contradictoriamente en torno a discursos teóricos
que declaran clausurada la ilustración, no el despotismo ilustrado,
sino el ideal emancipador. Es decir, se enfatizan y llevan al primer plano
los aspectos represivos de la Ilustración y se niega el ideal emancipador
del que son herederos los movimientos políticos de siglo XX. La
posibilidad de la emancipación aparece en efecto como algo que
no se puede creer, pero no tanto o no sólo por la caída
del muro y del proyecto socialista, o por las razones filosóficas
o especulativas, sino más bien por el hecho evidente en plano de
la realidad política occidental de que vivimos en la convicción
de que no hay nada de que emanciparse, de que hemos realizado las libertades
políticas aunque de modo imperfecto y mejorable, y además
las exportamos mediante guerras preventivas frente a civilizaciones que
ni siquiera habrían llegado a la ilustración ya superada
por nosotros. Al menos desde al perspectiva del todo, es decir, del sistema
en su conjunto. El relato de la emancipación era de hecho un relato
que iba muy vinculado a la idea de totalidad. El hecho de que las luchas
feministas fueran por definición parciales con respecto a un género
no impedía que se incluyeran en esa tendencia del todo en su mayoría,
y por lo demás esa cuestión fue siempre uno de los puntos
e debate y sigue siéndolo hoy, como veremos. Aunque los discursos feministas se han diversificado enormemente a lo largo de las últimas décadas, la premisa inicial y común de todos ellos era como decíamos más arriba la premisa ilustrada a partir de la cual las mujeres debían aparecer como sujetos de derechos proclamados como universales e inherentes a la condición humana al margen del género. Inicialmente la lucha pasó por la obtención de la capacidad política, y era en este sentido una lucha acompasada a la de la búsqueda del sufragio universal frente a los sistemas censitarios, que hay que recordar que no sólo excluían a las mujeres, sino que además contenían otros criterios excluyentes, como el nivel de renta, y la capacidad económica en general, la alfabetización, etc. Ese primer feminismo, por tanto se movía en el plano de las libertades formales propias del sistema de representación parlamentaria. Su avance fue lento y sólo después de la segunda guerra mundial sus efectos y su triunfo se hizo más o menos universal. Sin embargo, obviamente la obtención de la plenitud de derechos, que por lo demás había quedado ya consagrada en la Declaración del 48, no podía significar gran cosa, si no iba acompañada de la promoción de las condiciones de igualdad real y social, en definitiva, si no incidía en el plano ideológico, entendido ahora este como el modo de representarse la sociedad las relaciones entre hombre y mujeres. Aquí el esfuerzo teórico se hizo más intenso, en la medida en que se anticiparon teorías acerca de la condición femenina. Se trataba no ya de que el hombre y la mujer estuvieran equiparados en derechos, sino de que la mujer accediera al poder real y efectivo en la vida económica, social y política. Y para hacer esto posible no bastaba ya con esa consideración genérica acerca de los derechos humanos, sino que era preciso atender a las raíces que había posibilitado la cultura que podríamos llamar de la razón patriarcal. Es en este sentido en el que el feminismo se vio obligado a un esfuerzo ideológico. Pero ese análisis exigía justamente definir la condición femenina y masculinas respectivamente. Dicho de otro modo, no bastaba con impedir las trabas al nivel político, sino que era preciso actuar en los conceptos. La cultura, el arte, las manifestaciones todas de la vida, y desde luego el nivel económico estaban impregnados de la razón patriarcal, la ilustración misma en gran medida también. Desde los escritos de Simone de Beauvoir hasta los más recientes moderados de Anette Baier o de Seyla Benhabib, o los menos moderados de Judith Butler se puede decir que este feminismo de la posguerra comparte, más allá de las diferencias, esta pretensión de alcanzar una grado de comprensión de la propia condición femenina. No obstante estos ensayos no estaban ni están exentos de dificultades, porque de un modo u otro, el esquema ilustrado, es decir, el de la propia razón patriarcal seguía latiendo bajo el impulso mismo de esos esfuerzos teóricos. El modelo era en todo caso el de la emancipación, e incluso en el fondo, conscientes o no de ello, no dejaba de estar inmerso en un esquema marxista y/o anarquista en lo que estos podían compartir, puesto que el género femenino pasaba a ser configurado como una clase. Era la particular dialéctica en la que parecía verse inmerso el discurso feminista, y cuya manifestación inmediata era el peligro de pretender emancipar a las mujeres a partir del esquema social propio de una sociedad organizada por los hombres. Dicho de otra forma, el peligro residía en que funcionalmente las mujeres alcanzaran el poder de los hombres, pero en parte al precio de asimilarse a estos, lo que dejaría intacta la estructura de una sociedad patriarcal. Frente a esta situación sólo cabían dos opciones. La primera pasaría por una guerra entre sexos en el que la mujer alcanzara al poder y una vez en este fuera capaz de reconfigurar desde él la estructura misma de lo social. El otro camino era justamente el de afirmar el discurso de las diferencias, y desplegar, una vez consolidado el plano formal de las libertades políticas, jurídicas y sociales. Pero este a su vez tenía la casi insuperable dificultad de que el propio concepto de la diferencia estaba mediado por categorías muy asentadas en una tradición cultural donde el concepto de lo femenino dependía de la estructura social patriarcal. Y en este sentido la misma dialéctica que hemos hallado al nivel política se reproducía al nivel conceptual e ideológico. ¿Desde donde obtener una noción de la mujer ajena a categorías previamente patriarcales? Es este un problema epistemológico de primera magnitud para toda consideración teórica del feminismo. Y ante problema una vez más se ha fragmentado el discurso feminista en múltiples tendencias que llega hasta los umbrales de la teoría queer que ya nos sitúa más allá del feminismo. Una posición extrema en este sentido sería la de Daly para quien a partir de un esencialismo inmutable, que borraría por tanto el carácter histórico de la noción misma de género, la naturaleza masculina sería por definición agresiva y destructiva frente al carácter pacífico, etc. de la condición femenina. Más allá de las dificultades inherentes a todo esencialismo, esa alternativa no parece muy plausible, y en el fondo parece incluso contraria a los intereses del feminismo, en la medida en que su imagen de la mujer es deudora de un modelo sin duda patriarcal. La otra alternativa es desde luego considerar que el concepto de mujer como todos los demás no deja de ser un concepto histórico. Ahora bien si esto es así, ¿quiénes son las mujeres que son sujetos del feminismo? No lo es cualquier mujer por el hecho de pertenecer al sexo femenino según el DNI u otros elementos definidores que atienden preferentemente a la condición estrictamente biológicas. La mujer de la que hablamos, la que exige la defensa de sus intereses es el resultado de un modelo educativo, de un rol social y familiar, de un conjunto de estructuras mentales y actitudes que determinan su posición en el ámbito socio-profesional. Mujer es el lugar de una cierta sumisión, según un patrón educativo determinado que enseña a desempeñar los comportamientos propios de la figura burguesa de la buena esposa, destinada en el mejor de los casos al matrimonio, sin horizonte profesional propio, sin autonomía económica, y que en el seno de la familia, cualquiera que sea el vínculo jurídico que la conforme es depositaria de las taras del hogar, de la crianza de los hijos, etc. es decir, de los roles tradicionales de la buena esposa sometida al modelo de familia patriarcal, en el que el marido detenta el poder de hecho y de derecho. 1-Cfr. Jesús María Silva Sánchez . La expansión del derecho penal. Aspectos de la política criminanl en las sociedades postindustriales. Madrid, Civitas, 1999 |
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