GLOBALIZACIÓN, FALSOS FEMINISMOS
Y OTRAS INQUISICIONES DIFUSAS
Vicente Serrano Marín
Universidad Europea de Madrid

En los años 80 del XVIII alemán se puso en circulación un término que es de difícil traducción al castellano: schewärmerei. Se puede encontrar traducido como fanatismo, pero también como delirio o incluso como entusiasmo. A mi entender y más allá de los distintos contextos, ese término tiene sobre todo que ver con el fanatismo, y no deja de ser sino una prolongación del fanatismo religioso, sólo que en versión secularizada. De ahí que la Ilustración se planteara luchar frente a él en su prolongación a su vez de la lucha contra la superstición. En realidad el término tiene a su vez mucho que ver con la doctrina baconiana de los idola, con el concepto de asilo e ignorancia utilizado por Spinoza en el apéndice del Libro I de la ética, y por tanto no deja de ser también en ese sentido un precedente de la noción marxiana de ideología. Lo que todos ellos comparten es precisamente la lucha por liberarse de la ignorancia, una lucha que se resume en el impulso fundamental de la ilustración expresado por Kant como sapere aude, atreverse a saber. Pero el avance fundamental que comparten Marx y el anarquismos es que situaron el impulso de la emancipación ilustrada en el marco en las condiciones materiales para hacerla posible no sólo en el ámbito de las ideas, sino en el de la realidad material concreta, de ahí el desplazamiento desde la filosofía a la economía, en el fondo la nueva ciencia que velaba las condiciones de explotación. No podemos ahora, como es obvio, volver a los diferentes modos de afrontar la lucha por la emancipación en el seno de la primera Internacional y a la pugna entre anarquistas y socialistas

En lo que a nosotros nos interesa lo cierto es que el feminismo es deudor de esa misma concepción ilustrada y las primeras feministas propiamente dichas proceden de esa época. No trataré de discutir aquí cuestiones evidentes como el machismo de la propia ilustración kantiana, el carácter ideológico de su concepto de autonomía, porque no me interesa tanto un análisis histórico de la idea feminista o de la propia ilustración, como una análisis conceptual del potencial emancipador de la misma, que es a mi entender su núcleo. Arremeter sin más contra la Ilustración en su conjunto, identificándola además con la modernidad, es una actitud reaccionaria que se ha demostrado al servicio del poder o de los poderes. El modelo de Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, continuado después en múltiples versiones por algunos postmodernos y pragmatistas tiene antecedentes demasiado nítidos en el pensamiento reaccionario del XIX, en el peor Nietzsche y en el peor romanticismo, y sirve en gran medida para políticas imperialistas. La pregunta hoy en el siglo XXI, después de los procesos de aparente transformación que supusieron las últimas décadas del siglo XX, es si la noción de emancipación sigue presidiendo la posibilidad misma del feminismo y en qué términos. Es obvio que tras la publicación a finales de los 90 de Imposturas Intelectuales de Sokal y Bricmont la posmodernidad como noción filosófica se ha visto enormemente debilitada, pero no deja de serlo menos que más allá de los discurso filosóficos, del desuso en que han caído los términos o de la evolución de los autores, la posmodernidad en cuanto a lo en ella pensado ha resultado triunfante. Da igual el nombre que la asignemos, lo cierto es que las tesis fundamentales que Lyotard presentó en La condición posmoderna se han realizado. Si desde el punto de vista filosófico han perdido fuerza es precisamente porque se ha revelado su carácter de impostura, es decir, de ruptura del juego propio de la tradición del saber en la comunidad cientítica. Pero ese mismo dato es el que confirma su fuerza fuera del discurso académico o de la propia comunidad científica. Recordaré solo brevemente que las tesis básicas de Lyotard descansan en 2 premisas fundamentales: lo que llamaba la pérdida de la fe en los grandes relatos, entre ellos el de la emancipación, y la importancia creciente de la dimensión pragmática del lenguaje, y desde ella la centralidad misma del lenguaje como, a partir de la teoría de Wittgenstein. Esas dos tesis constituyen en realidad dos poderosas armas del poder de nuestros días, un poder que obviamente no procede del vacío, sino que hunde sus raíces en las fuentes del poder tradicionales, pero que se ha visto obligado a maquillar sus apariencias, a camuflarse podríamos decir, y que en parte se ha camuflado bajo el ropaje de la izquierda y de discursos supuestamente izquierdistas, aunque no sólo, porque el poder juega siempre todas las bazas. Toda la parafernalia de la diferencia, del multiculturalismo, todo ese diseño de la política de rebajas y de centro comercial en que vivimos en nuestros días es justamente el camuflaje desde el que los centros de poder acumulan poder y se hacen cada vez más invisibles. Es el lenguaje del gran síndrome de Estocolmo de los sometidos. Pero desafortunadamente para el poder toda opresión/impresión/represión deja huella en forma de síntoma. Llama la atención en este sentido que los supuestos ideologemas de la supuesta izquierda de nuestros días, la de los políticamente correcto, echen mano de forma masiva del instrumento por antonomasia de las sociedades premoderna y luego burguesas del XIX, del derecho penal. En una manifestación de la peor ilustración, lo que tópicamente llamamos despotismo ilustrado, los partidos que se reclaman de la izquierda convienen con la derecha en que hay que “transformar” nuestras sociedades desde el derecho penal. Es lo que se ha dado en llamar la expansión del derecho penal (1), una expansión que por lo demás va precedida de otro síntoma, el uso masivo de una construcción moral en el peor sentido de término, es decir, de imposición dogmática y acrítica, es decir, pura ideología. De esta manera los llamados nuevos gestores de la conciencia moral colectiva, ecologistas, supuestas feministas y otros grupos, con estructura de ONG y un tono muy próximo al de las viejas campañas de la Iglesia, pretenden avanzar en la izquierda mediante la aplicación creciente del derecho penal y la apelación a que el Estado sea el que establezca las condiciones de la “¿emancipación”? .

Por lo demás esos síntomas dependen y/o se articulan contradictoriamente en torno a discursos teóricos que declaran clausurada la ilustración, no el despotismo ilustrado, sino el ideal emancipador. Es decir, se enfatizan y llevan al primer plano los aspectos represivos de la Ilustración y se niega el ideal emancipador del que son herederos los movimientos políticos de siglo XX. La posibilidad de la emancipación aparece en efecto como algo que no se puede creer, pero no tanto o no sólo por la caída del muro y del proyecto socialista, o por las razones filosóficas o especulativas, sino más bien por el hecho evidente en plano de la realidad política occidental de que vivimos en la convicción de que no hay nada de que emanciparse, de que hemos realizado las libertades políticas aunque de modo imperfecto y mejorable, y además las exportamos mediante guerras preventivas frente a civilizaciones que ni siquiera habrían llegado a la ilustración ya superada por nosotros. Al menos desde al perspectiva del todo, es decir, del sistema en su conjunto. El relato de la emancipación era de hecho un relato que iba muy vinculado a la idea de totalidad. El hecho de que las luchas feministas fueran por definición parciales con respecto a un género no impedía que se incluyeran en esa tendencia del todo en su mayoría, y por lo demás esa cuestión fue siempre uno de los puntos e debate y sigue siéndolo hoy, como veremos.
En cuanto al segundo aspecto, a la dimensión pragmática del lenguaje, vinculada a la teoría del Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, está en realidad estrechamente vinculada a la primera, algo que sólo ahora se ve ya con claridad. La teoría de los juegos del lenguaje lo que ha hecho justamente es fragmentar la realidad, de modo que la totalidad que nos gobierna en forma de capital desaparezca como el deus absconditus de la era premoderna en la medida en que la noción misma de totalidad ha desaparecido del horizonte. Hay sí una concepción holística respecto de los significados, pero ese holismo es curiosamente fragmentario en la medida en que se reduce a horizontes semánticos inconmensurables entre sí. El resultado de la combinación de esas dos premisas de la posmodernidad en la lucha política lo conocemos en un progreso que avanza a partir del 68, es decir, desde antes de que la noción de pomodernidad saliera a la palestra: las luchas son parciales, la emancipación no depende ya de un gran relato, sino de diversos juegos en diversos contextos, pero donde se deja intacto el todo, sencillamente porque no existe, aunque sabemos que existe y hoy se llama globalización.

Aunque los discursos feministas se han diversificado enormemente a lo largo de las últimas décadas, la premisa inicial y común de todos ellos era como decíamos más arriba la premisa ilustrada a partir de la cual las mujeres debían aparecer como sujetos de derechos proclamados como universales e inherentes a la condición humana al margen del género. Inicialmente la lucha pasó por la obtención de la capacidad política, y era en este sentido una lucha acompasada a la de la búsqueda del sufragio universal frente a los sistemas censitarios, que hay que recordar que no sólo excluían a las mujeres, sino que además contenían otros criterios excluyentes, como el nivel de renta, y la capacidad económica en general, la alfabetización, etc. Ese primer feminismo, por tanto se movía en el plano de las libertades formales propias del sistema de representación parlamentaria. Su avance fue lento y sólo después de la segunda guerra mundial sus efectos y su triunfo se hizo más o menos universal. Sin embargo, obviamente la obtención de la plenitud de derechos, que por lo demás había quedado ya consagrada en la Declaración del 48, no podía significar gran cosa, si no iba acompañada de la promoción de las condiciones de igualdad real y social, en definitiva, si no incidía en el plano ideológico, entendido ahora este como el modo de representarse la sociedad las relaciones entre hombre y mujeres. Aquí el esfuerzo teórico se hizo más intenso, en la medida en que se anticiparon teorías acerca de la condición femenina. Se trataba no ya de que el hombre y la mujer estuvieran equiparados en derechos, sino de que la mujer accediera al poder real y efectivo en la vida económica, social y política. Y para hacer esto posible no bastaba ya con esa consideración genérica acerca de los derechos humanos, sino que era preciso atender a las raíces que había posibilitado la cultura que podríamos llamar de la razón patriarcal. Es en este sentido en el que el feminismo se vio obligado a un esfuerzo ideológico. Pero ese análisis exigía justamente definir la condición femenina y masculinas respectivamente. Dicho de otro modo, no bastaba con impedir las trabas al nivel político, sino que era preciso actuar en los conceptos. La cultura, el arte, las manifestaciones todas de la vida, y desde luego el nivel económico estaban impregnados de la razón patriarcal, la ilustración misma en gran medida también. Desde los escritos de Simone de Beauvoir hasta los más recientes moderados de Anette Baier o de Seyla Benhabib, o los menos moderados de Judith Butler se puede decir que este feminismo de la posguerra comparte, más allá de las diferencias, esta pretensión de alcanzar una grado de comprensión de la propia condición femenina. No obstante estos ensayos no estaban ni están exentos de dificultades, porque de un modo u otro, el esquema ilustrado, es decir, el de la propia razón patriarcal seguía latiendo bajo el impulso mismo de esos esfuerzos teóricos. El modelo era en todo caso el de la emancipación, e incluso en el fondo, conscientes o no de ello, no dejaba de estar inmerso en un esquema marxista y/o anarquista en lo que estos podían compartir, puesto que el género femenino pasaba a ser configurado como una clase. Era la particular dialéctica en la que parecía verse inmerso el discurso feminista, y cuya manifestación inmediata era el peligro de pretender emancipar a las mujeres a partir del esquema social propio de una sociedad organizada por los hombres. Dicho de otra forma, el peligro residía en que funcionalmente las mujeres alcanzaran el poder de los hombres, pero en parte al precio de asimilarse a estos, lo que dejaría intacta la estructura de una sociedad patriarcal. Frente a esta situación sólo cabían dos opciones. La primera pasaría por una guerra entre sexos en el que la mujer alcanzara al poder y una vez en este fuera capaz de reconfigurar desde él la estructura misma de lo social. El otro camino era justamente el de afirmar el discurso de las diferencias, y desplegar, una vez consolidado el plano formal de las libertades políticas, jurídicas y sociales. Pero este a su vez tenía la casi insuperable dificultad de que el propio concepto de la diferencia estaba mediado por categorías muy asentadas en una tradición cultural donde el concepto de lo femenino dependía de la estructura social patriarcal. Y en este sentido la misma dialéctica que hemos hallado al nivel política se reproducía al nivel conceptual e ideológico. ¿Desde donde obtener una noción de la mujer ajena a categorías previamente patriarcales? Es este un problema epistemológico de primera magnitud para toda consideración teórica del feminismo. Y ante problema una vez más se ha fragmentado el discurso feminista en múltiples tendencias que llega hasta los umbrales de la teoría queer que ya nos sitúa más allá del feminismo. Una posición extrema en este sentido sería la de Daly para quien a partir de un esencialismo inmutable, que borraría por tanto el carácter histórico de la noción misma de género, la naturaleza masculina sería por definición agresiva y destructiva frente al carácter pacífico, etc. de la condición femenina. Más allá de las dificultades inherentes a todo esencialismo, esa alternativa no parece muy plausible, y en el fondo parece incluso contraria a los intereses del feminismo, en la medida en que su imagen de la mujer es deudora de un modelo sin duda patriarcal. La otra alternativa es desde luego considerar que el concepto de mujer como todos los demás no deja de ser un concepto histórico. Ahora bien si esto es así, ¿quiénes son las mujeres que son sujetos del feminismo? No lo es cualquier mujer por el hecho de pertenecer al sexo femenino según el DNI u otros elementos definidores que atienden preferentemente a la condición estrictamente biológicas. La mujer de la que hablamos, la que exige la defensa de sus intereses es el resultado de un modelo educativo, de un rol social y familiar, de un conjunto de estructuras mentales y actitudes que determinan su posición en el ámbito socio-profesional. Mujer es el lugar de una cierta sumisión, según un patrón educativo determinado que enseña a desempeñar los comportamientos propios de la figura burguesa de la buena esposa, destinada en el mejor de los casos al matrimonio, sin horizonte profesional propio, sin autonomía económica, y que en el seno de la familia, cualquiera que sea el vínculo jurídico que la conforme es depositaria de las taras del hogar, de la crianza de los hijos, etc. es decir, de los roles tradicionales de la buena esposa sometida al modelo de familia patriarcal, en el que el marido detenta el poder de hecho y de derecho.


Resulta obvio que desde esta perspectiva no todo ser humano del sexo femenino es mujer en el sentido emancipador que detectan las feministas. Aquella mujer que no cumpla ninguno de esos rasgos, es mujer desde luego, pero no parece que pueda ser subsumida en la categoría político-cultural que subyace a los intereses emancipadores del feminismo. Ciertamente se podrá objetar que una mujer que no cumpla esas características ha debido pasar por un proceso más o menos complejo o dificultoso para liberarse de las mismas y que en esa medida conserva algo de esas características. Incluso cabe objetar que incluso una mujer como esa, a pesar de todo, está en peores condiciones que un hombre para alcanzar determinados objetivos, puesto que la sociedad en su conjunto sigue dominada por un modelo patriarcal. Pero lo cierto es que hoy hay muchas mujeres de esas características descritas, sólo que éstas no se sitúan ni en lo alto de la escala social, en los grandes puestos de la política o las finanzas, ni tampoco en la escala inferior, allí donde no hay instrucción ni posibilidades económicas. Miremos la nómina de funcionarios de todas clases, de jueces, fiscales, profesores de Universidad, etc. Desde una perspectiva macro es evidente que el problema subsiste, pero desde una perspectiva micro, ¿podemos realmente decir que una profesional, funcionaria, con cargos de poder, con amplia autonomía económica, que se une libremente sin vinculo matrimonial, que dedica menos tiempo al hogar que su pareja, que en su conducta con los hijos sigue los patrones del antiguo padre de familia que sólo se ocupa os fines de semana porque el trabajo no permite más, podemos decir que es una mujer? Parece obvio que no lo es, salvo desde el punto de vista biológico, de su capacidad para engendrar, de sus hormonas, de sus rasgos físicos? Pero si asumimos que la condición de mujer que interesa al feminismo es histórica, ideológica, conceptual (y cualquier otra es deudora de una razón patriarcal o esencialista y por tanto en todo contraria al feminismo) entonces la respuesta parece obvia: no es una mujer. La comprensión para la acción política, y el feminismo es eso, pasa por el análisis concreto de la situación concreta. Todo feminismo que obvie este dato es sólo un fanatismo que reproduce las tendencias sexistas o un discurso reaccionario encubierto. Lo que queremos decir con esto que la lucha entre sexos planteada a partir de la mera biología es retrógrada y pasa por alto el análisis de las condiciones sociales, económicas y personales. Esgrimir una categoría abstracta como es el género abstrayendo de las condiciones en que esa categoría se da y se realiza es caer de nuevo en el fanatismo, es decir, en la incapacidad para el análisis: es una forma de religión, donde entre la realidad y el sujeto político se interpone una categoría abstracta. Pero esa forma religiosa encubierta no lo es ya a través de una divinidad, sino a través del lenguaje. El lenguaje ciega la realidad a analizar y al hacerlo tiene dos consecuencias. Para la propia mujer porque hace estéril su triunfo sobre le machismo dominante del que se ha liberado y la subsume de nuevo en una categoría de la que no puede ya liberarse aunque esté realmente liberada de la misma. Para la sociedad en su conjunto porque introduce el conflicto allí donde ha sido superado o está en trance de serlo. Porque si el conflicto entre sexos es político, pero en la realidad socio-política de determinadas mujeres ese conflicto ha sido superado, entonces al enfrentarlas al otro sexo biológico se la impide realizar su vida sexual y personal y afectiva, y se las ciega su realización emancipada, es decir, se las impide justamente lo que se perseguía: se las somete bajo una ideología como se ha sometido durante siglos, sólo que ahora bajo una ideología supuestamente liberadora que es la que les lleva a la esclavitud. Ese esquema es a nuestro entender taimen el esquema de la posmodernidad a nivel general, y se apoya en los mismos fundamentos que la posmodernidad. Se ha perdido la fe en el relato de la emancipación y se ha perdido con apoyo del juego del lenguaje, es decir, de la entronización del lenguaje como instancia que impide el acceso a la realidad. ¿Por qué donde queda la emancipación en un horizonte como el descrito? La única respuesta posible es la de que esa emancipación sólo lo sea de todas las mujeres. ¿Pero quienes son todas las mujeres? ¿Cómo se definen? Si abstraemos de las condiciones sociales históricas, culturales, lo único que queda es la biología, que hemos descartado por retrograda y antifeminista como criterio. Y lo interesante es que la incapacidad para la emancipación se hace desde la interposición de una categoría que todo lo contamina y nada explica como la categoría de género. Se trata de un regreso a posiciones premodernas, a una ciencia aristotélica, donde las definiciones son deductivas a partir del género, donde se abstrae de las condiciones empíricas, históricas y sociales. ¿Cómo es posible que en el siglo XXI hayamos llegado a esta situación? Sin duda mediante la fragmentación propia de la posmodernidad real que mediante la fragmentación lingüística entroniza la reacción bajo el estandarte del progresismo. Reaccionario es todo aquello que impide el avance de la acción. Allí donde las mujeres han avanzado se las hace retroceder, donde se las promete la liberación se las condena a una condición genérica. Marx, Sartre, incluso nuestro conservador Ortega, dejaron bien claro que no hay naturaleza sino historia. La noción de género paraliza la historia, es decir, la acción.


Pero como en todo discurso reaccionario, como ocurrió en tiempos en sectores de la Iglesia, lo que hay en juego son intereses económicos y luchas de poder. El uso de ese discurso es un gran negocio. Por ejemplo el negocio de los malos tratos, donde el dinero público al servicio de los intereses electorales va a parar en algunos casos de seudo feministas y fanáticos a manos reaccionarias que fomentan la guerra entre sexos haciendo un uso fraudulento de la ley y manipulando la realidad social de las desgracias ajenas. Hay un viejo método que está en el origen de la posmodernidad y de la mayoría de las religiones en cuanto como entramados ideológicos al servicio del poder: es el discurso que hace de la anomalía y de lo patológico lo ordinario y el patrón. El discurso del mal, ajeno por ejemplo a los griegos, fue lo que hizo e la ética griega un subproducto que es la moral como imposición dogmática. No es que el mal sea una anomalía, es que el conflicto frente a la norma se convierte a través de la noción del mal en la categoría explicativa básica desde la que analizar la condición humana como una condición perversa, etc. En el ámbito de determinados feminismos el fenómeno del crimen en el seno de las parejas, que puede obedecer y de hecho obedece a factores diversos e incontrolables, se desvincula de sus circunstancias concretas, de sus factores socioeconómicos, y se convierte en la norma general para entender las relaciones entre sexos. Desde ahí se produce una generalización enormemente peligrosa, porque convierte no sólo a la mujer en una víctima por definición sino al hombre en un agresor genérico. El término maltratador es en ese sentido un término posmoderno al servicio de esa ideología reaccionaria. Designa desde luego conductas reales y peligrosas para la sociedad, pero como el terrorismo se ha convertido en un instrumento al servicio de los intereses más diversos, fundamentalmente no porque no tenga una función penal, sino porque como tantos otros términos posmodernos no significa nada en sí mismo sino que pude adaptarse a cualquier tipo de discurso siempre con la misma función: hacer desaparecer al interlocutor mediante una descalificación genérica que elimina su condición humana, y ello antes incluso de establecer si se ha dado la conducta típica y antijurídica. Dicho de otra forma establece la culpabilidad al margen del tipo penal. Claro que no una culpabilidad jurídica, sino un estigma social que legitima cualquier acción ante el así designado por el concepto. Desde ese discurso el terrorismo sirve por ejemplo para hacer guerras que hasta hace nada eran ilegales, para privar de derechos básicos a los prisioneros de Guantánamo. El término maltratador estigmatizando al hombre permite igualmente llevar a cabo acciones agresivas e ilegales contra determinados hombre. Por ejemplo, por la simple declaración de una mujer sin acompañar prueba alguna, y precisamente por el valor fetichista otorgado al concepto que tiene fuerza con sólo ser pronunciado, permite tomar medidas penales más allá del principio constitucional de la presunción de inocencia, o que, por ejemplo una madre se interne en un centro de una asociación privada a cambio de un precio, llevándose consigo a los hijos menores ante la pasividad de los jueces, sin que el padre pueda ni siquiera acceder a ellos o al ejercicio de la patria potestad, sin que exista ya como individuo titular de derechos. Insisto en que el problema no está tanto en la existencia de una realidad dramática como la que ese término designa en muchos casos, igual que ocurre con el terrorismo, sino en el valor fetiche otorgado al lenguaje que permite que el término mismo prive de derechos a individuos que no han sido condenados, que particulares, manipulando hábilmente los conceptos y el clima social actúen con la misma fuerza que tendría un juez, que condenen y actúen en consecuencia. Es una forma de inquisición difusa en la que la simple declaración lleva aparejada una privación de derechos, pero en este caso no ya a favor de la ortodoxia religiosa determinada, sino a favor del discurso fragmentario propio de la posmodernidad, es decir, de una sociedad que ha suprimido las libertades políticas reales mediante palabras fetiche que alimentan los medios masivos de desinformación y posminformación. Estamos ante un retroceso a posiciones previas no ya a las revoluciones proletarias sino a las revoluciones burguesas.


Pero incluso una teología perversa como esa podría ser asumida desde determinados sectores si, aún pagando ese precio, que no es poco, las mujeres que asumen ese teologema avanzaran en su propia condición de sujetos libres. Se que el término sujeto está muy deteriorado después del aparente huracán de la posmodernidad, y que hoy los llamados progresistas de centro comercial prefieren hablar de la fragmentación de las identidades o que convienen con los reaccionarios en tesis multiculturalistas acerca de la identidad tradicional asentada en comunidades. Pero el sujeto no ha existido nunca sino justamente como ideal político o como ficción generada desde el poder. Sólo en esta última acepción puede compartirse la crítica de la subjetividad. Demasiado bien conocemos el resultado de abandonar el concepto de subjetividad como ideal político, el fin del proletariado como clase y sujeto revolucionario ha desembocado en estas aguas estancadas y pútridas de la globalización del nuevo orden mundial, del fin de la historia y del pensamiento único. Es evidente que desde el punto de vista del ideal de lucha política el sujeto sigue siendo una instancia imprescindible y sin el cual no queda otra cosa que el poder que genera ficciones de identidades frente a la identidad del que lucha frente al poder. El feminismo de la diferencia y de la victimización es en realidad una nueva forma de subjetivización dirigida a sujetar, a someter y que abandona el ideal político. La mujer se convierte para esta falsa ideología, para esta teología feminista, en un juguete al servicio del estado y de la subvención, en carnaza de los políticos de rebajas del multiculturalismo y del progresismo de los medios de masas, en el objeto de campañas políticas a la Rorty, que declara muertas todas las ideologías y que propongamos a otras culturas y organizaciones lo bien que nos va. Uno es poco seguidor de Nietzsche, aún reconociendo su genialidad y agudeza, pero cuando se mira la crítica demoledora que hace a determinados aspectos de la moral cristiana, parece más bien que no se está dirigiendo al cristianismo sino anticipando el falso feminismo que se extiende en nuestros días por el mundo occidental a mayor gloria de la expansión capitalista y de la gestión de falsas identidades. Un falso feminismo que en todo caso prescinde de la crítica del poder, del verdadero poder, y hace de su lucha una guerra de sexos que sigue al pie de la letra los dictados de la ingeniería social procedente de USA, Canada y Australia y que toma pie en el viejo teorema hobbesiano de la guerra de todos contra todos. Ese feminismo se basa entonces en los dos mecanismos básicos que ya señaló Spinoza como funciones esenciales de las religiones al servicio del poder: la esperanza y el temor. Pero ahora se hace desde un lenguaje progresista, supuestamente emancipador, multiculturalista que en realidad es un nuevo modo de inquisición para una nueva teología atea, pero teología la fin y al cabo.

1-Cfr. Jesús María Silva Sánchez . La expansión del derecho penal. Aspectos de la política criminanl en las sociedades postindustriales. Madrid, Civitas, 1999