SUBVERSIÓN LIBERTARIA Y (DES)MEMORIAS REACTIVAS
Una aproximación a los mitos de la historia del anarquismo 1896-1939 y el papel de Federica Montseny en imaginario colectivo
Xavier Díez*

Derrotas pírricas
Cuarenta años de propaganda franquista y treinta de silencio en lo que constituye la Segunda Restauración (1) han acabado por ofrecer una imagen pública del anarquismo que no se corresponde, ni de lejos, con su compleja y variada realidad. En los análisis dominantes, emanados desde las instancias oficiales y oficiosas del poder, se ha conseguido transmitir a la sociedad la idea de un movimiento libertario que se mueve entre el cariz más satánico, depositario de todos los males, y un sentimiento paternalista de condescendencia, todo ello aderezado por algunas pequeñas dosis de folclorismos.
Paso a explicarme. Tanto los propagandistas del régimen franquista, como los grupos políticamente competidores respecto a la hegemonía social y cultural de la alternativa al estado feudal-liberal español, han tratado de combatir al anarquismo no solamente mediante la represión física, la aniquilación de sus líderes y seguidores y la intimidación de sus potenciales depositarios, sino también mediante una meticulosa manipulación de la historia, consiguiendo incrustar, en el inconsciente colectivo, una serie de atributos cuyo objetivo es desautorizar la experiencia histórica de millones de hombres y mujeres, y por tanto, de los principios, valores y memoria de la alternativa global que mediante sus ideas y prácticas cotidianas elaboraron pacientemente.
Así, entre lo que sería la obra más propagandista del régimen y sus réplicas telúricas, desde la improvisada experiencia historiográfica del policía Comín Colomer hasta la tergiversación profesionalizada de Pío Moa (2), se ha tejido una maraña de tópicos que presenta a los y las anarquistas como seres sanguinarios, enemigos del orden y las buenas costumbres, por supuesto terroristas (los primeros en ser depositarios de esta definición comodín), salvajes y vándalos, con una inclinación especial por la destrucción de patrimonio cultural (especialmente religioso) de personas amorales y degeneradas (sobre todo en lo que respecta a sus costumbres sexuales) y esencialmente como unos conspicuos conspiradores, demasiado a menudo, en connivencia con el otro gran ogro del imaginario conservador español, la masonería.
A su vez, filtrado en este imaginario forjado con gran pericia, los y las anarquistas pueden ser presentados como ingenuos utopistas, auténticos desconocedores rousseaunianos de la naturaleza humana, y por tanto, condenados eternamente a equivocarse. Enemigos del dinero entre el materialismo, colectivistas entre propietarios, soñadores irredentos a la manera de ridículos, aunque románticos quijotes, rurales defensores de una economía moral de la multitud, y finalmente como precarios autodidactas, con grandes carencias educativas. A la vez, como representantes una manera de ser muy española, indómita, rebelde, como el folclórico carácter con el que los pensadores nacionalistas han atribuído a los habitantes de este país, mediante un escasamente serio determinismo geohistórico.
Entre malos y tontos. Así es como la memoria oficial ha impuesto una determinada imagen a todos aquellos que creían que otro mundo, más justo, era posible. Tan fuerte es esta hegemonía gramsciana existente sobre el concepto de anarquismo que incluso la segunda frase de este párrafo aparece impregnada de ella; como los eternos perdedores ante un orden presuntamente inalterable. Pero no! Debemos hacer un esfuerzo para aislar los elementos de la psicología colectiva que interfieren en nuestros análisis. Ni tan malos, ni tan tontos. Ni tan demonios, ni tan santos. Simplemente personas que elaboraron y vivieron unas ideas, ni tan geniales, ni tan chapuceras. Lo cierto es que, más allá, incluso, de los ámbitos académicos, y evidentemente militantes, estos conceptos e imágenes flotantes sobre la significación y la trascendencia del anarquismo acaban suponiendo implícitamente una desautorización de la experiencia histórica y política del movimento libertario. En fin, incluso el último sintagma nominal de la frase anterior no resulta demasiado afortunado. Creo que deberíamos hablar propiamente de universo libertario.

Victorias póstumas
A más de un siglo de surgimiento del anarquismo en España, pocos reconocen que muchas de sus ideas o principios son aceptados, aplicados o asimilados de manera consensuada por buena parte de las sociedades occidentales, o débilmente cuestionados por elementos marginales de ellas. Hechos que muchos consideran como derechos naturales y permanentes, percibidos desde una aburrida normalidad, como la secularización de la vida pública, el matrimonio por amor, la libertad sexual, los métodos anticonceptivos, la igualdad de género, el derecho a ser respetado como individuo, la educación universal desde premisas humanistas, el confinamiento de la religión en el ámbito privado o lo poco elegante que resulta la exhibición de la desigualdad, no surgieron por generación espontánea. Otras muchas ideas asumidas aún más recientemente como la expansión de los derechos civiles hacia los derechos sociales, o la conciencia compartida que la protección del entorno natural resulta algo preferible a la fría lógica del capitalismo especulativo, parecen irse filtrando poco a poco en la conciencia común, o mejor dicho, en el inconsciente colectivo. Incluso la mercadotecnia de la sociedad de consumo ha acabado apropiándose de la idea de libertad sexual y enalteciendo subtilmente unos patrones de comportamiento no muy diferentes del más radical anarcoindividualismo defensor de la promiscuidad generalizada (3).
No sería del todo exacto atribuir la paternidad de todos estos valores que nos facilitan la existencia y nuestra salud mental al anarquismo. Pero es del todo injusto ignorar la genealogía de un conjunto de ideas, filosofías y prácticas sociales que fueron defendidas contra el viento del poder y la marea de una sociedad refractaria al cambio. El anarquismo, sintagma nominal de imposible definición, se caracterizó desde sus inicios por incorporar ideas y prácticas hacia la trilogía liberal de libertad, igualdad y fraternidad, es decir, por asumir ideas-fuerza en la dirección de ayudar al individuo de liberarse de los diversos lastres que imponía (e impone) la sociedad; la opresión, en sus múltiples modalidades, la desigualdad como forma de relación social y el egoísmo o la anomia social como entorno impuesto. Ciertamente, el individualismo de Stirner como instrumento de ruptura de lo sagrado, los valores ilustrados como entorno ideológico hostil a la irracionalidad de la organización social y espiritual, el pacifismo y antimilitarismo como método de rechazo ante el origen de la violencia y las desigualdades, la huelga general como forma de lucha pacífica contra la explotación económica, el ateísmo y el librepensamiento como fórmula de emancipación respecto de las opresiones psicológicas encarnadas en la religión, la ayuda mutua de Kropotkin como estrategia para superar el determinismo social en una sociedad de clases o el amor libre como ruptura ante los cerrados convencionalismos sociales, fueron en la dirección de construir una sociedad liberal, ideas y conceptos de los cuales se nutrió esa especial nebulosa ideológica denominada anarquismo.
Pero si bien el anarquismo resulta ese padre desconocido, o sus ideas y prácticas benéficas resultan sus hijas naturales, aún (y precisamente) hoy siguen siendo presentadas como lo que no fueron, o lo que fueron episódicamente, es decir, como una especie de un maligno fundamentalismo que dio al traste con determinados proyectos de fuerzas políticas o grupos sociales al provocar la reacción de los que acabaron, mediante el aniquilamiento físico e intelectual de millones, por salvar la patria.

Mitos y leyendas
En los análisis históricos dominantes respecto al período de 1896, fecha de inicio de los Procesos de Montjuïc, hasta 1939, fin de la fase estrictamente militar de la guerra civil, el conjunto de movimientos de inspiración más o menos libertarios, que viven entonces un período de esplendor, es presentado como algo esencialmente negativo, o más condescendientemente, como una carretera secundaria sin salida, de la historia española. Existe un gran esfuerzo interpretativo en las grandes historias nacionales españolas por combatir el anarquismo como elemento alternativo que se opone a una manera de nacionalización del estado, finalmente impuesta cuando el totalitarismo franquista acaba controlando todos los resortes del poder y los mecanismos de transmisión ideológica (4).
Dos acusaciones principales se lanzan contra el anarquismo como fórmula de desautorización. Se trata de dos mitos creados alrededor de su experiencia histórica; el de la inclinación por el insurreccionalismo violento y el del fanatismo antireligioso. Es decir, la propensión ácrata por atentar contra el orden social y político por una parte, y contra el intelectual y cultural por la otra. Aun basados en hechos objetivos, éstos han sido magnificados por una obra propagandística que acaba influyendo incluso entre aquellos historiadores y pensadores más afines a los discursos históricos y políticos del universo libertario. Pero, un análisis más profundo y detallado indica que, si bien es cierto que a lo largo de las décadas de los veinte y los treinta se sucedieron levantamientos libertarios por la geografía ibérica, y que durante la primera mitad del siglo XX se produjeron episodios de destrucción de patrimonio eclesiástico y de asesinatos de religiosos, todo ello representa una proporción mínima, incluso anecdótica de lo que sería la cotidianidad de los y las anarquistas o de sus contenidos ideológicos y éticos (5).
Sobre la cuestión de la propensión al insurreccionalismo, no puede negarse, como hemos anticipado, la participación de numerosos militantes en diversos episodios violentos, en enfrentamientos sangrientos contra las fuerzas del orden o contra representantes del poder civil, militar, económico o religioso. Pero, aunque esto suene a involuntaria disculpa, no puede negarse que estamos hablando de un contexto de violencia cotidiana y generalizada, en que la cultura política y social no ve con malos ojos la resolución de conflictos mediante la aplicación de la fuerza. Todavía no pasamos por la dura experiencia de la Segunda Guerra Mundial, o por la aplicación pragmática de la estrategia no violenta puesta a la práctica por Ghandi, y posteriormente, en democracias formales, a partir de los sesenta, en formas de protesta como la desobediencia civil y la resistencia pasiva. El uso de la fuerza era considerado natural, y por tanto, la cultura insurreccional era la contrapartida lógica a la de la imposición. El análisis del lenguaje, de los usos y costumbres del momento conlleva todo ello. No hay que olvidar, por otra parte, que el anarquismo no era la única fuerza de oposición en utilizar el recurso a las armas para derribar un orden percibido como injusto. Socialistas, comunistas, fascistas o nacionalistas radicales conocían, y admiraban, la cultura del levantamiento violento, de la ocupación del poder mediante la conspiración, el aventurismo garibaldino, el golpe de mano, el putch. No olvidemos que la ocupación del poder por parte de los bolcheviques en el Imperio Zarista había tenido lugar, contra todo pronóstico, mediante el activismo organizado de una minoría de revolucionarios, en este sentido, la tentación bolchevista afectaba a casi todos.
Por otra parte, inmersos en la cultura de la violencia, resulta normal caer en la dinámica de la acción-reacción. La espiral de una violencia entre las fuerzas que tratan de preservar el orden frente a aquellos que pretenden subvertirlo, todo ello desde una cultura política que ensalza y fomenta el uso de las armas. Un buen ejemplo de ello es el fenómeno del pistolerismo en la Barcelona de principios de los veinte, en el cual lo que inicialmente se trataba de un conflicto estrictamente laboral, acabó degenerando en una guerra abierta entre profesionales de la violencia, gran parte de ellos a sueldo, en la cual resultaba difícil identificar a uno u otro bando (6).
Ahora bien, en todo este caos, en toda esta niebla de guerra, la pretendida violencia protagonizada o presuntamente provocada por los anarquistas resulta más bien la excepción que la norma. Demasiado a menudo se obvia que las pretendidas insurrecciones anarquistas suelen ser actos más simbólicos que motines violentos. Lo que es peor, demasiado a menudo, los presuntos desórdenes son absolutamente improvisados a partir de una simple huelga general local, como los episodios de Arnedo, en La Rioja, o Castilblanco, en Badajoz, cuando tras algunos sabotajes sin excesiva importancia, las fuerzas del estado masacran a la población civil que se manifiesta pacíficamente (7). En ocasiones como ésta, la insurrección se debió más a la imaginación de las clases dominantes provocada por el sugesrionado miedo a la revolución, que a criterios objetivos en que basar su lectura de los acontecimientos. La revuelta de Fígols, el 19 de enero de 1932 se trató de una huelga en que, sin ningún tipo de planificación previa, algunos militantes se hicieron con las escasas armas del Somatén** de la población, con la intención de resistir el más que previsible contrataque de los poderosos, parapetados tras el eficaz instrumento del estado. Un año después, la conocida insurrección de enero de 1933 consistió en la proclamación de comunismos libertarios, el uso de algunos petardos sin heridos y la ocupación de algunos puntos estratégicos con la intención de impedir el paso a las fuerzas guvernamentales. Nada demasiado diferente de las actuales manifestaciones periódicas (e inofesivas) de estudiantes, jubilados o vecinos que protestan contra la existencia de ruidosas discotecas. El mismo episodio de Casas Viejas, en el cual, a principios del mismo año, algunos anarquistas cortaron la línea telefónica, se apoderaron de algunas pistolas y mataron a un guardia civil, hiriendo a otro, resulta muy representativo de lo que fueron aquellas insurrecciones; acción desorganizada, reacción desproporcionada, distorsión de los hechos. Finalmente, en la revolución asturiana de octubre de 1934, la CNT asumió un papel secundario, dado su peso minoritario en la región entre las fuerzas hostiles al capitalismo. ¿Quién se atrevería hoy a vincular la violencia insurreccional al PSOE? Pero de hecho, esta fuerza, junto a la CNT, UGT y grupos comunistas formaron parte de la Alianza Obrera en lo que constituyó el intento más serio de realizar una revolución. De hecho, la única insurrección seria que ha tenido lugar en el siglo XX español ha sido el de los militares facciosos, con el resultado que todos conocemos. Y no hablo tanto de los centenares de miles de víctimas, sino en lo que respecta a la subversión de la memoria colectiva: los insurrectos han acabado por hacer creer a todo el país que aquellos que acogían a Gandhi y a Einstein en sus casas, aquellos que fueron borrados sin piedad de los espacios públicos y de la memoria colectiva eran los violentos.
Pero, ciertamente, el anarquismo, no hay que olvidarlo, poseyó, y posee, un gran componente insurreccional. Más allá de la simbología (un clásico constituyó la ocupación de ayuntamientos, izadas de banderas rojas y proclamaciones más retóricas que prácticas de comunismos libertarios), utilizaron métodos, principalmente no violentos (al fin y al cabo, no eran tontos como muchos presuponen, pues eran conscientes de la dificultad de enfrentarse frontalmente ante la descomunal fuerza del estado). La denominada revolución del corto verano del 36, según el conocido enunciado de Enzenberger (8) fue posible únicamente mediante el vacío de poder provocado por el fracaso de golpe de estado de Franco y la indecisión y abierta incompetencia de las autoridades republicanas por reducirlo. Pero volvamos al papel aunténticamente insurreccional de los libertarios. Si bien ya hemos comentado la liturgia, con sus símbolos y retórica revolucionarias, los métodos, principalmente, tenían muy poco que ver con la violencia. Tradicionalmente la principal fórmula de combate obrero era la huelga (huelga afirmar que en esto no eran originales, sino que existe toda una tradición muy anterior sobre esta táctica), tanto en conflictos locales, como globales, en que se adopta la huelga general como instrumento revolucionario (9). Y ésta, esencialmente, y por su propia naturaleza, no implica más incidentes que la reacción por la parte afectada, o en todo caso, la intimidación de los refractarios a secundarla. Pero incluso este instrumento más incidental que auténticamente revolucionario, era utilizado de manera ocasional, casi diríamos anecdótico. Contrariamente a lo que se trata de hacer creer, era una mínima parte del arsenal insurreccional. La sociabilidad, la obra propagandística, la educación, la cultura generada desde los ámbitos ideológicos libertarios mantenía una presencia infinitamente superior y cotidiana entre los núcleos libertarios y confederales. En la vida de un militante, la agenda diaria constaba de lectura tanto de literatura como prensa afín a sus ideas, sociabilidad más o menos fraternal, discusiones inacabables con individuos próximos, participación en cooperativas, salidas al campo, actuación en grupos de teatro, o como simples espectadores, de Ibsen o Guimerà, asistencia a charlas y debates, formación educativa, bien autodidacta, bien desde sus propios circuitos educativos. En fin, una obra insurreccional que consistía, básicamente en vivir la utopía (10). Es por ello que en sus visitas barcelonesas, Gandhi se alojara en casa de conocidos libertarios, o que Einsten mostrara interés en hablar ante los militantes de la CNT. Es en este sentido que el pacifismo, el antimilitarismo, la defensa de la objeción de conciencia, las ideas referentes a la desobediencia civil procedentes de Thoreau, llegaran a través de la prensa anarquista o de respetados escritores como Tolstoi, presente, por cierto, en La Revista Blanca de la familia Montseny. Éste era el real y cotidiano insurreccionalismo anarquista, la construcción de todo un universo libertario con la formulación de ideas y prácticas que entraban en un conflicto frontal con una sociedad dominada por la desigualdad, la ausencia de libertad y la opresión. Al fin y al cabo, era el temor a la construcción de una sociedad paralela, que evidenciara la inutilidad del papel de las clases dominantes, que pusiera en evidencia ante las masas la absurdidad de un sistema social basado en la explotación y sustentado, básicamente, por la propaganda autojustificativa tanto como por la represión. Todo esto, ver que mediante esta construcción de universo paralelo se constataba la fragilidad de su mundo, era lo que desataba pavor entre los presuntos beneficiarios del orden imperante, y no las escasas acciones armadas de grupos poco numerosos, ni las proclamaciones simbólicas de comunismos libertarios con improvisadas banderas rojas.
La cuestión del anticlericalismo, por su fuerte carga simbólica, nos aporta datos más significativos. La propaganda dominante asocia al anarquismo con su pasión destructiva respecto a las edificaciones eclesiásticas y la persecución y asesinato de religiosos. De nuevo, las ideas dominantes no resisten la prueba del algodón, es decir, de los hechos. En primer lugar, la pasión destructiva, tradicionalmente vinculada a la retórica de Bakunin, posee más un valor metafórico que real. A ningún economista se le ocurriría interpretar literalmente que la teoría de la destrucción creativa de Shumpeter implica la necesidad de destruir fábricas y asesinar a sus directores para construir otras mejores y encontrar mejores gestores (11). Los enunciados bakuninistas más bien sirvieron de pólvora para que las atemorizadas autoridades vincularan ya desde el último cuarto del siglo XIX al anarquismo a la actuación individual de personas que utilizaron la violencia como fórmula de expresión. Pero en realidad, no resulta muy difícil percibir que la construcción de un mundo mejor, a partir de la destrucción del precedente, está más vinculado a las instituciones, los valores, las relaciones de poder, que a edificios o personas, de la misma manera que día tras día, destruimos viejas ideas y conceptos para que surjan otros nuevos. Esto lo hacemos cotidianamente en las ciencias sociales sin derramar una gota de sangre.
La iglesia y la religión, con sus vinculaciones a una tradición y a un pasado, han permanecido estrechamente ligadas al antiguo régimen. La idea del cristianismo, teológicamente imbricado en una cosmovisión feudal, en el que en la cima de la pirámide de poder se halla la divinidad asistida por una nobleza eclesial, generan un discurso justificativo de la desigualdad asumido por unos fieles que deben seguir siéndolo para no ser sancionados y perseguidos. El peligro de disolución del orden metafísico sobre el que se sustenta el político, son demasiado fuertes para no ser tenidas en cuenta. Pero ambos son cuestionados por unos libertarios que desean formar una sociedad asamblearia, sin dioses, sin ministros y sin entramados intelectuales que los sostengan, vaciando de formas y contenidos la dominación humana, espiritual e ideológica. En este sentido, religión y anarquismo resultan antagónicos en tanto que representan dos modelos enfrentados, dos visiones de la comunidad incompatibles. Pero no solamente por parte de los libertarios. De hecho, son la Ilustración y las revoluciones filosóficas del XIX, con Stirner o Nietzsche quienes las que van preparando el terreno. Son los librepensadores que tratan de emanciparse de una cultura justificativa de la desigualdad, que trata de reconvertir filosóficamente el feudalismo en capitalismo. En este sentido, es el republicanismo, que no olvidemos suprime al rey como puede suprimir a Dios para poner en práctica su idea de igualdad universal, la que tira la primera piedra (y probablemente la primera tea) contra la representación simbólica de este orden.
De hecho, en los numerosos episodios de violencia anticlerical, no son los anarquistas los más destacados. No es ningún secreto que, a lo largo del siglo XX, durante la Semana Trágica barcelonesa de 1909 fue sobre todo la incendiaria (nunca mejor dicho) retórica republicana de Lerroux la que estimuló a dirigir la violencia contra los conventos (12). Tampoco está clara la participación institucional anarquista entre los diversos ataques contra las iglesias madrileñas y sevillanas en 1931 (o por lo menos asociada a la intervención de republicanos, socialistas, comunistas e individuos sin adscripción política). Sí en cambio es mucho más real y documentado el protagonismo libertario en buena parte de la quema de símbolos y el asesinato de millares de religiosos en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la guerra civil (1936-1937), aunque éstos pueden ser fácilmente interpretados más como una violenta e inaceptable catársis revolucionaria en la excepcionalidad del contexto, que como un plan preestablecido de erradicación. En cierta manera, a pesar de que el grado de ensañamiento resulta intolerable, todo ello fue magnificado para poder justificar una cruzada que duró mucho más allá de 1939 e imponer el nacional-catolicismo durante las décadas posteriores.
Ciertamente, la cuestión del asesinato de religiosos sí muestra unas dimensiones espectaculares, pero no hay que olvidar que esta situación es derivada de un contexto extraordinario, puesto que el desencadenante radica precisamente en la subversión de un orden anterior legítimo y la provocación de una guerra absurda, teniendo en cuenta la situación vigente y la debilidad de las fuerzas revolucionarias españolas. En resumen, la violencia anticlerical anarquista fue accidental y episódica, no esencial. Anticlericalismo y ansias filosóficas de destrucción religiosa existieron, sin duda alguna, pero fue en una medida similar al asesinato de Dios por parte de Nietzsche, al ningunemiento de la divinidad por parte de Stirner o a la emancipación femenina de la moral sexual de la iglesia perseguida por Teresa Claramunt, Teresa Mañé o Federica Montseny. Volvemos de nuevo. La fuerza de la iglesia consiste en sus aspectos metafísicos, de configuración de la cosmovisión social. Por tanto, los anarquistas atacaron filosóficamente, combatiendo los principios teológicos de la religión, especialmente aquellos que iban directamente en contra de su trilogía liberal de libertad, igualdad, fraternidad.
Desde el pensamiento libertario, especialmente el más individualista, se tenía muy claro que nada cambia si no es el propio individuo quien lo hace. No es difícil intuir que la destrucción de un templo presupone la reconstrucción de otro, quizá aún más grande. La destrucción física, por tanto, puede representar un esfuerzo catárquico, pero no cambia absolutamente nada. Por tanto, la mayoría del esfuerzo de secularización espiritual, de anticlericalismo, de antireligión, entra de nuevo en una intensa obra de propaganda, de educación, de construcción cultural alternativa y de combate ideológico. Y sí, ciertamente no puede negarse el carácter subversivo del movimiento anarquista. Pero la iconoclastia va mucho más allá que la destrucción de imágenes, sino que trata también de acabar con su contenido simbólico, su significado profundo.
El amor libre fue el gran tótem racionalista destinado a combatir los antiguos ídolos paganos del cristianismo, la gran y auténtica agresión a la moral sexual imperante y a la propia idea del misterio de la inmaculada concepción. El nudismo se convirtió en una especie de liturgia fraternal que atacaba los ritos de sociabilidad católicos, a la manera de una contraprocesión de Semana Santa y que desafiaba los misterios y silencios en el que la iglesia basaba su teología. La revolución integral de género se asemejaba a una nueva revelación, un nuevo sermón que combatía los viejos tabús de una religión basada, a su entender en la superchería, que cuestionaba firmemente uno de los pilares básicos que el cristianismo había conseguido inculcar, la desigualdad natural entre los sexos, así como la desigualdad natural entre las clases. El preservativo, el pesario, el calendario Ogino, se convertían en cuentas del nuevo rosario que simbolizaban la liberación de los hombres (y especialmente las mujeres) respecto de las fuerzas de la naturaleza y los funcionarios del estado, el símbolo prometeico del hecho que son los libertarios quienes arrebatan el cuerpo femenino al colectivo masculino, a Dios, y a las tradiciones atávicas de dominación, y se otorga al propio individuo, es decier, a la propia mujer. Finalmente, son los santos sabios de la ilustración, el racionalismo y el positivismo; Darwin, Haeckel, Galileo, los que acaban marcando la nueva teología laica, respecto a las antiguas creencias basadas en el dogma procedente de la edad oscura del hombre, la razón emancipadora se acaba imponiendo en la fe en un universo jerárquico como es el religioso. Ello no implica la desaparición de la espiritualidad, en cierta manera, el interés por filosofías orientales, como las mostradas por el psicólogo barcelonés Fèlix Martí Ibàñez así lo corroboran. Pero en este caso, es la espiritualidad la que está al servicio de las personas, no las personas al servicio de una presunta divinidad (13).
Todo esto era lo que realmente contituyó las teas incendiarias contra una iglesia en franco retroceso en una sociedad crecientemente secularizada. De hecho, el principal desafío al el anarquismo somete al clero es la creación de escuelas racionalistas, que cuestionan su monopolio educativo. Es aquí el punto de contacto de las fallas tectónicas donde surge el principal conflicto. La iglesia condena a Ferrer i Guàrdia, no porque anduviera quemando conventos en la Semana Trágica de julio de 1909, acusación falsa que lo lleva a las tapias de Montjuïc, sino porque durante la década anterior ha organizado una red escolar que amenaza con consumir lentamente su hegemonía cultural en una sociedad cada vez más urbana y menos medieval.
Las teorías y prácticas del universo libertario, con su obsesión por construir un mundo paralelo bajo normas antagónicas respecto de la sociedad dominante, constituyen una continua agresión a la institución que vela principalmente por la solidez ideológica del mundo burgués feudal capitalista. Como punto estratégico del mundo a combatir, más allá del propio anticlericalismo, los libertarios atacan por diversos frentes al sustento moral de la sociedad postfeudal. Si para la iglesia, y para la sociedad en general, el núcleo básico de transmisión de ideología es la familia tradicional, basada en la autoridad paterna, la desigualdad de género y en el que la procreación se deja en manos de una presunta divinidad, diversos núcleos libertarios tratan de subvertir esta situación. El amor libre, a veces promiscuo, a veces monógamo, en el que a priori ambos sexos poseen los mismos derechos y parecidas obligaciones, en el que la cuestión reproductiva se trata de una responsabilidad femenina, constituye un cuestionamiento abierto del imaginario católico. Si desaparece la autoritad paterna y el sometimiento femenino se cuestiona, la idea de Dios, y también el eco de divinidad que invieste la autoridad política o económica se disuelve. Se trata de un duro combate ideológico por el control o la libertad de las mentalidades.
En este sentido, el feminismo poliédrico del anarquismo se convierte en una fórmula de cuestionamiento global respecto de las estructuras de poder inalterable que nos ofrece la sociedad española hasta muy recientemente. Tanto las ideas de igualdad absoluta no solamente de género, sino también social en el seno de una sociedad desigualitaria, así como el pensamiento más radical de Hildegart Rodríguez, como de Lucía Sánchez Saornil, que rechazan un feminismo burgués alejado de sus intereses y de la realidad cotidiana del proletariado constituyen preceisamente la revolución mental que es lo que en realidad buscan los y las anarquistas. Porque el cambio debe venir de dentro, de las mentalidades, de la cotidianidad. Y esto, la destrucción de iconos morales y no la destrucción de iconos religiosos es lo que verdaderamente atemoriza a una sociedad que ve retroceder la antigua religión frente a una marea revolucionaria. El viejo mundo se tambalea ante el nuevo. La ruptura de las cadenas psicológicas pone en cuestión los privilegios de los dominadores. El himen, sagrado elemento de sometimiento social y antopológico hacia las mujeres se ha roto en una gran fiesta pública y pagana. Ya nada puede ser igual.
Es entonces cuando llega la reacción. Más que contra una improbable revolución de características bolcheviques, con sus tomas de palacios de invierno, los militares insurrectos, los obispos, las clases medias de provincias se levantan contra los peligros evidentes de una modernidad en la cual su papel será puesto en duda, donde ya nadie querrá participar voluntariamente en calidad de sometido, donde las mujeres quizá lleguen a disponer de voluntad propia frente a maridos dominantes o padres autoritarios, donde a los niños ya no se les podrá atemorizar con el infierno. Es por ello que todos los representantes del viejo orden se ponen de acuerdo para encender la gran hoguera del infierno desatado sobre la tierra.

Identidades reactivas
Salgo de mi discurso anterior para hacer una incursión por la contemporaneidad. Uno de los testimonios recientes más impactantes que he tenido ocasión de conocer es el panfleto de Fadela Amara Ni putas ni sumisas (14). La autora, descendiente de inmigrantes argelinos en uno de tantos ghettos de Banlieu, barriadas formadas por segundas y terceras generaciones de magrebíes precariamente asimilados a la cultura francesa, relata la preocupante evolución de los últimos años en lo que serían estas sociedades cerradas de ghettos étnicos y religiosos que se expanden por el territorio de las periferias sociales de Europa, cada vez más impermeables ante lo que serían los principios republicanos que rigen la convivencia. Amara explica que si bien las mujeres de su generación (nació a principios de los sesenta) fueron conquistando poco a poco pequeñas parcelas de libertad individual frente al peso de las opresivas tradiciones rurales y religiosas que venían arrastrando, hubo un momento a partir del cual todo este esfuerzo se vino abajo. Ya sea por las dificultades de integración, en una sociedad en que los inmigrantes sólo son considerados en cuanto a su utilidad económica, ya sea por la pura evolución interna de núcleos fuertemente cerrados, el fascismo verde (es decir, el fundamentalismo religioso musulmán) fue penetrando como una hidra en la mentalidad de los descendientes de los immigrantes magrebíes. La reciente polémica del velo, que ha recorrido Francia en los últimos años, no es más que el reflejo de esta involución moral, a la manera de una revuelta de muchos hombres, temerosos de perder sus antiguos privilegios, en una situación del propio cuestionamiento de su rol social y su progresiva prescendibilidad social en un contexto de crisis familiar. Los avances respecto a moral sexual, a libertad individual experimentados por esta comunidad durante los setenta y ochenta, han sido erradicados por una especie de levantamiento totalitario. En el seno de una sociedad básicamente explotada, en la cual la desigualdad se trata de un hecho fuertemente interiorizado, apoyado por la fortaleza de una religión monoteísta, poco caracterizada por su respeto a la individualidad, la igualdad femenina se está percibiendo como una grave amenaza. Los hermanos mayores (la autoridad paterna está fuertemente cuestionada en una situación de evidente desestructuración familiar frecuente en situación de opresión económica) se constituyen en guardianes morales, en talibanes de la comunidad, han limitado los movimientos de sus hermanas, las han condenado a una situación de grave sometimiento (que incluye los abusos sexuales en un contexto de progresiva brutalidad en las relaciones personales) y las han enfundado en hijabs, el símbolo tradicional del sometimiento a un dios con inequívocas características masculinas.
Esta triste evolución de una sociedad paralela a la occidental, (algunos dirían que un caballo de Troya) (15) que poco a poco se está extendiendo a nuestra geografía es un claro ejemplo de identidad reactiva. Ante el peligro de desestabilización de un presuntamente anterior orden idealizado, los fuertes tratan de conservar sus privilegios, a costa de la opresión ajena. En realidad, este ejemplo de fascismo verde no resulta muy diferente del fascismo azul que vivimos aquí hace setenta años. Ante la posibilidad de la emancipación de los sometidos, ante la perspectiva de la prescendibilidad de su rol social, ante la posible pérdida de preeminencia real y simbólica, el regreso impuesto por la fuerza a una tradición reinventada. Pero la violencia del fascismo azul o verde no es suficiente. Resulta del todo necesaria la participación de un fascismo blanco que manipula la historia y silencia los hechos, un silencio que oculte los frutos de una primavera rojinegra, durante la década de los treinta. Así como los improvisados y semianalfabetos talibanes de barrio incitan a las violaciones colectivas contra aquellas mujeres refractarias a las buenas costumbres, el movimiento libertario fue violentado por los fascistas ante el silencio cómplice de las fuerzas democráticas. Así como los imanes de garaje atan a las mujeres de su comunidad su velo islámico, nuestra sociedad ha tapiado con un muro de silencio la herencia cultural e intelectual de millones de hombres y mujeres que lucharon por muchas de las cosas que hoy consideramos normal, como poder pasar los domingos plácidamente sin tener que comulgar en las iglesias, poder comprar preservativos en las farmacias o emparejarnos o desemparejarnos con quien creamos conveniente, siempre que sea de mutuo acuerdo.
Pero lo grave del caso es que la España contemporánea se ha basado en esta identidad reactiva, con una imagen de si misma obviando que los talibanes de barrio acabaron por imponer su propia memoria, y sus cómplices optaron por lavarla, a partir de una tormenta de cloroformo que pudiera anestesiar a toda una sociedad. Al fin y al cabo, a pesar de que gran parte de las ideas formuladas y puestas en práctica por nuestros abuelos son aceptadas hoy cotidianamente, admitirlo supone delegitimar el poder real existente en nuestra sociedad, y tener que recuperar la globalidad de los discursos libertarios, que no olvidemos, iban en sentido bastante diferente en la que circulan hoy las sociedades occidentales. Sí, ciertamente, la libertad sexual era uno de los objetivos que buscaban los libertarios, pero hoy el mercado se ha apropiado de estos valores y hace de ellos una mercancía al servicio de beneficios particulares. Poco a poco se ha ido consolidando una cierta igualdad de género, pero al no haberse resuelto los problemas derivados del absurdo del sistema productivo, al no haberse logrado una igualdad social satisfactoria, al no haber erradicado el concepto de desigualdad, muchas mujeres se hallan en una situación de doble jornada, una vulneración de sus derechos elementales y, en la práctica, de la capacidad de decidir por ellas mismas. La sociedad española, en gran parte, se ha secularizado, pero el culto divino ha sido fácilmente sustituído por otros muchos y diversos cultos tan opresivos como la propia religión; al dinero, al cuerpo, a la imagen…

Lugares (poco) comunes
Federica Montseny (16), que ahora cumple cien años, por su trayectoria personal, por su papel en primera línea de la historia, por la originalidad de unas ideas rebeldes y contracorriente posee todos los elementos para convertirse en un lugar común de nuestro pasado, de nuestra herencia colectiva. Pero su figura ha estado siempre emparedada entre el desconocimiento y la polémica. Por supuesto, se trata de un personaje extraordinariamente complejo, como lo son todos los que acaban teniendo un papel determinante en el pasado, pero durante largos años ha sido sutilmente apartado de la luz pública o salpicado de hostilidad por las instancias oficiales. Al fin y al cabo, sería fácil pensar que su nombre ha corrido parecida suerte al del concepto anarquista. Silenciamiento o propaganda desautorizadora. Lecturas superficiales, o simplemente manipulación de su imagen. Como elemento representativo de un conjunto de ideas y prácticas que trataron de subvertir las reglas del desigual juego político y social, debería ser un punto de encuentro común. Se trataba de una indomable, como el título de una de sus más conocidas novelas, que, involuntariamente representaba el espíritu rebelde e indómito de unos amplios sectores sociales que trataban de desafiar el injusto orden de cosas. Precisamente por su valor simbólico, más allá de su exilio físico resultó necesario el ostracismo intelectual que anulase la memoria de la insumisión. Como símbolo de una determinada manera de encarar la existencia, Montseny corrió la misma suerte de la memoria de resistencia republicano-libertaria.
Entre los elementos que configuran las señas de identidad españolas, las referencias al sueño republicano, a las ansias de liberación libertarias, han sido cuidadosamente suprimidas. En cambio, los procedentes de la España opresiva, el país faccioso que impuso una de las dictaduras más sangrientas en la Europa occidental (la tercera en el ránquing tras la Unión Soviética de Stalin y la Alemania nazi de Hitler) han sido los que han permanecido. La bandera, el himno, la monarquía y las procesiones de Semana Santa han ocultado el auténtico valor de personajes como la intelectual nacida en Madrid en 1905. Pero el caso es que la redactora de La Revista Blanca posee todos los valores para convertirse en un lugar de la memoria, a partir de los criterios de Pierre Nora (17). Encarna la memoria de la resistencia ante la opresión y la tiranía, los valores de la trilogía liberal, a la manera de una Marianne o un Jean Moulin***. En una sociedad en la cual sus referencias nacionales representan solamente un espacio parcial, precisamente el más tenebroso, que denotan la escasa cohesión de un país que no ha sabido reconvertirse de un antiguo imperio decadente hacia un estado moderno y auténticamente democrático, Federica Montseny y el anarquismo ibérico deberían constituir un icono de la memoria común. Una referencia que permita superar lo que constituyó uno de las peores heridas de la historia compartida; la de la Guerra de los Cuarenta Años (1936-1976) y el Silencio de los Treinta Años (1975-2005) (18).

* Xavier Diez (xdiez@uoc.edu) (Barcelona 1965) Es doctor en historia contemporánea por la UdG y licenciado en filosofía y letras por la UAB. Se ha especializado en memoria histórica, historia cultural, pensamiento político y en el movimiento libertario. Ha publicado Utopia sexual a la premsa anarquista de Catalunya (2001), codirigido La Gran Desil·lusió. Una revisió crítica de la Transició als Països Catalans (2005) y es coautor de diversos volúmenes de L’Àsia, un continent divers (1999). Colabora en periódicos y revistas y conduce el programa radiofónico La Memòria Silenciada.
** Tradicionalmente, el Somatèn era la fórmula tradicional de movilización comunal ante situaciones de guerra. En Cataluña, donde las Constituciones prohibían taxativamente el servicio militar obligatorio, el toque de campanas a Somatèn implicaba la toma de las armas, por parte de civiles, con la finalidad de la defensa comunal. A lo largo del siglo XIX y XX acabó convirtiéndose como una guardia burguesa para combatir movimientos huelguísticos y guerrilleros. Durante los últimos años de la Primera Restauración y los primeros de la Dictadura de Primo de Rivera, adquirieron un gran protagonismo en la represión obrera.
*** La Marianne es la efigie que representa a la República Francesa en sus documentos oficiales, monumentos o espacios de memoria. Jean Moulin es uno de los líderes de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, y como combatiente antifascista se ha convertido en uno de los emblemas que son hoy lugar común en el imaginario nacional francés. Diversos nomenclátors urbanos o denominaciones de centros educativos y oficiales cuentan con su nombre.

Notas

1-Segunda Restauración es la denominación propuesta para el autor de esta comunicación para definir el período histórico que se abre con la muerte del general Franco hasta la actualidad. La restauración monárquica en la figura de Juan Carlos de Borbón y características políticas y sociales similares al sistema de Restauración de 1874-1923 inspiran este paralelismo. Estas ideas fueron formuladas en forma de artículo extenso en DIEZ, Xavier; “La Segunda Restauración”, Orto, núm 127, nov. 2002. Reproducido también en CNT núm. 285, diciembre de 2002. Anteriormente, el mismo autor publicó en agosto del mismo año un artículo en formato reducido en el diaro El Punt. El texto, en formato electrónico puede consultarse en http://periodicocnt.org/285dic2002/norte/
2-El primero de los volúmenes comentados es una historia crítica sobre el fenómeno anarquista, tratado desde el punto de vista de la criminología, muy en la línea de lo que sería la pseudopsiquiatría que asociaba el anarquismo con las enfermedades mentales; COMÍN COLOMER, Eduardo; Historia del anarquismo español (2 vols) Ed. AHR, Barcelona 1956. En el segundo caso, el antiguo terrorista del GRAPO Pío Moa consiguió levantar una gran polémica al exponer sus tesis a la opinión pública, según las cuales, la guerra civil fue provocada por las izquierdas. Así, la gente de orden se “vio forzada” a intervenir para salvar al país de una presunta revolución. En general, el autor pretende culpabiliza a las víctimas e intenta justificar la represión totalitaria; MOA, Pío; Los mitos de la guerra civil. La esfera de los Libros, Barcelona 2002
3-Sobre la cuestión de los discursos sobre la sexualidad en el universo libertario, mis investigaciones en DIEZ, Xavier; Utopia sexual a la premsa anarquista de Catalunya. Pagès Eds. Lleida 2001; y mi tesis doctoral L’anarquisme individualista a Espanya 1923-1938. Universitat de Girona. Girona 2003 esp. pp 287-350. Especialmente interesantes también son los trabajos de Eduard MASJUAN; La ecología humana en el anarquismo ibérico. Icaria, Barcelona 2000
4-Sobre la cuestión de la débil nacionalización española durante el principal período de construcción de identidades, es decir el siglo XIX, existe el texto clásico de DE RIQUER, Borja; «Nacionalizaciones y regiones. Problemas y líneas de investigación en torno a la débil nacionalización española del siglo XIX», en MORALES MOYA, Antonio; ESTEBAN DE VEGA, Mariano (Eds.) La Historia Contemporánea en España. Ed. Universidad de Salamanca. Salamanca, 1992. Por su parte, tanto Manel AISA como Francisco MADRID SANTOS reflexionan sobre las causas y consecuencias de la marginación de la memoria anarquista respecto de lo que serían las memorias oficiales en sus respectivas intervenciones «En construcció. Una altra manera de fer història» y «Una Transció implacable. Crítica llibertària a la Transició» en; BAGUR, Joel; DIEZ, Xavier (Coord); La gran desil·lusió. Una revisió crítica de la Transició als Països Catalans. El Cep i la Nansa. Vilanova i la Geltrú, 2005. Por su parte, Gabriel JACKSON, en su clásico La República Española y la Guerra Civil. Crítica, Barcelona 1976 [original inglés en Princeton University Press, 1965] tampoco se caracteriza por mantener una visión positiva del mundo libertario, y le hace responsable, en parte del desorden que impulsó al fascismo a conspirar contra la república española. El historiador norteamericano se ha caracterizado por su particular antipatía contra el movimiento libertario, que siempre ha interpretado como un cuerpo extraño, visto desde una lógica social muy diferente a lo que serían sus principios sociales. En una línea muy similar, reforzando esta última línea que reclama el papel de un centro político víctima de los extremos a izquierda y derecha hallamos al británico Nigel TOWNSON; La República que no pudo ser. La política de centro en España (1931-1936).Taurus, Madrid 2002. Entre esta misma línea se agrupan también historiadores como Antonio Elorza, José Álvarez Junco o Paul Preston. Aunque, si debemos caracterizar lo que son las historias oficiales marcadas a partir del momento en que los intelectuales de la Transición acaban marcando la historia oficial, y la hegemonía ideológica sobre la percepción del fenómeno anarquista no podemos sino citar a Javier TUSELL; Manual de Historia de España. Vol 6. Siglo XX. Historia 16, Madrid 1990, y en una línea aún más conservadora, y mucho más desacomplejadamente manipulativa Fernando GARCÍA DE GORTÁZAR; Breve historia de España.Círculo de Lectores. Barcelona, 1993.
5-BALCELLS, Albert; El sindicalismo en Barcelona (1916-1923), Nova Terra, Barcelona 1965; Crisis económica y agitación social en Cataluña de 1930 a 1936. Ariel, Barcelona, 1971; Casanova, Julián; De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939). Crítica, Barcelona 1997; FONTECHA PEDRAZA, Antonio; “Anarconsindicalismo y violencia. La «gimnasia revolucionaria» para el pueblo. En Historia Contemporánea, núm. 11, 1994; EALHAM, Christopher; Policing the Recession. Law and Order in Republican Barcelona 1930-1936. Tesis doctoral inédita; University of London, 1995; SOLÉ I SABATÉ, Josep Maria; VILLARROYA, Joan; La repressió a la reraguarda de Catalunya (1936-1939). (2 vols.)Pub. Abadia de Montserrat. Barcelona 1989
6-SERRANO, Miguel Ángel. La ciudad de las bombas. Barcelona y los años trágicos del movimiento obrero. Temas de hoy. Madrid 1997; PRADAS, Maria Amàlia; L’anarquisme i les lluites socials a Barcelona 1918-1923: la repressió obrera i la violència. Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona 2003. Literariamente, una novela muy significativa por el excelente retrato ambiental de la Barcelona conspirativa de la Primera Guerra Mundial es MENDOZA, Eduardo; La verdad sobre el caso Savolta
7-CASANOVA (1997) pp. 43-45
8-ENZENBERGER, Hans Magnus; Der Kurze Sommer der Anarchie. Buenaventura Durruti Leben und Tod. Surham Verlag, Frankfurt, 1972. Trad. El Corto Verano de la Anarquía. Vida y muerte de Buenaventura Durruti. Grijalbo. Barcelona, 1975
9-BONAMUSA, Francesc (Ed.) “La Huelga general”, Ayer, núm. 4. Marcial Pons, Madrid, 1991
10-MARÍN, Dolors; De la llibertat per conèixer al coneixement de la llibertat. Tesis doctoral inédita. Universistat de Barcelona, Barcelona 1995. De la misma autora; Clandestinos. El Maquis contra el franquismo, 1934-1975. Plaza & Janès. Barcelona 2002; LUIS MARTÍN, Francisco de; Cincuenta años de cultura obrera en España (1890-1940). Fundación Pablo Iglesias. Madrid, 1994. También NAVARRO, Javier; El paraíso de la razón. La revista Estudios (1928-1937) y el mundo cultural anarquista. Edicions Alfons el Magnànim. València, 1997. Del mismo autor Ateneos y grupos ácratas. Vida y actividad cultural de las asociaciones anarquistas valencianas durante la Segunda República y la Guerra Civil. Biblioteca Valenciana. Valencia 2002. Por lo que respecta estrictamente al teatro; Foguet, Francesc; El teatre català en temps de guerra i revolució (1936-1939) Publicacions Abadia de Montserrat, Barcelona, 1999
11-Shumpeter, Joseph A; Business cycles: a theoretical, historical and statistical analysis of the capitalism process. McGraw-Hill. New York 1939
12-ROMERO-MAURA, Joaquín; «La Rosa de Fuego». El obrerismo barcelonés de 1899 a 1909. Alianza Universidad, Madrid 1989, esp caps. 4,5 y 6
13-MARTÍ BOSCÀ, José Vicente, REY González, Antonio; “Félix Martí Ibáñez: aportación biográfica a su etapa española (1911-1939)” en Medicina & Historia, núm. 2, 2001
14-AMARA, Fadela; Ni putas ni sumisas. Ediciones Cátedra, Madrid 2004. [Texto original Ni putes ni soumises. La Découverte, Paris, 2003]
15-SHEFFER, Paul; “¿La Troya del Islam?”, en El País, 3 abril de 2005, Domingo, p. 11
16-Dos recientes biografías han sido publicadas sobre la anarquista española de la cual este año se cumplen cien años de su nacimiento. Se trata de LOZANO, Irene; Federica Montseny, una anarquista en el poder. Espasa-Calpe, Madrid 2005 y TAVERA, Susanna; Federica Montseny, La Indomable. Temas de Hoy, Madrid, 2005, que se unen tanto a las memorias autobiográficas; Mis primeros cuarenta años. Plaza y Janés, Barcelona 1987 como a una extensa obra biográfica ampliamente citada en los libros de la periodista de El Mundo y de la profesora de la Universitat de Barcelona.
17-Nora, Pierre (dir); Les lieux de memoire. (4 vol). Gallimard, Paris 1984
18-Entre diversos historiadores y ensayistas comienza a aceptarse la idea que la guerra civil no acabó en 1939, sino que continuó en forma de represión contra los vencidos y de resistencia guerrillera en un conflicto no estrictamente militar, sino civil, de más baja intensidad, y que podría prolongarse, como mínimo, hasta la disolución de las cortes franquistas y el referéndum de reforma política, hacia finales de 1976. Así lo considera el autor de esta comunicación en la reciente conferencia La Segona República (1931-1936) realizada en el seno del Seminario de Memoria Histórica organizada por ATTAC-Gràcia en La Sedeta, y pronunciada el pasado 9 de febrero. El silencio de los 30 años correspondería también a la denominación propuesta a la hora de valorar las políticas de memoria emanadas por el régimen monárquico actual, y aboradado también en la conferencia La victoria póstuma del franquismo. La desarticulación parademocrática de la sociedad española dictada en la Biblioteca Arús, en noviembre de 2003, con motivo del Encuentro Republicano, documento inédito, aunque probablemente publicado en próximos números de la revista Orto. Asímismo, parte de estas cuestiones también son tratadas en el artículo “Spagna: L’era glaciale dopo la breve estate dell’anarchia”, en Libertaria, núm. 4, 2004, pp. 16-27. Cualquiera de estos documentos, de libro acceso, pueden ser remitidos por el autor contactando con xdiez@uoc.edu