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No quiero sólo ilustrar el título con esa
espléndida novela de Henry James, sino también utilizarla
como metáfora sobre el tema que me ocupa, y que, confieso, me ha
ocupado un tiempo en mi reflexión historiográfica. ¿Es
un fantasma real o ficticio intentar plantearse a estas alturas el tema,
ya tan manido, del arraigo del anarquismo en España?. ¿Podemos
seguir con la misma pregunta que desde principio del siglo XX ha preocupado
a muchos historiadores, escritores, ensayistas, políticos o incluso
a los propios libertarios
? ¿No estaremos haciendo ya un ejercicio
inútil de especulación de filosofía histórica
que no conduce más que a la inanición intelectual, y que
produce melancolía?
Una prueba de que el anarquismo todavía sigue siendo objeto del
deseo historiográfico es el último número de la revista
Ayer, dedicado al anarquismo español. Los autores que en
él participan, muchos de ellos ya conocidos por trabajos de investigación
sobre el tema, plantean qué hay que entender por anarquismo. Cuáles
son las aportaciones historiográficas, como se extendió
en determinadas zonas como Asturias, Andalucía o Cataluña,
y matizan entre agitadores, publicistas, grupos de acción y esa
masa ingente de afiliados a los sindicatos que después formarían
la CNT y que actuaría como una sindical, alternativa unas veces,
en connivencia otras, a la UGT socialista. Allí estaban los anarcosindicalistas,
o los anarquistas a secas, que al parecer no eran muchos, pero que hicieron
que los sindicatos cenetistas tuvieran una dirección ideológica
conducente a terminar en el comunismo libertario(1). Sin embargo ya sabemos
que detrás de la palabra anarquismo se esconden cosas diversas
y a veces contradictorias y si los anarcosindicalistas o anarquistas consiguieron
encauzar las líneas ideológicas es porque encontraron un
ambiente propicio. Incluso en su formulación sobre el futuro soñado
y, en la imaginación que a veces utilizaron, para concretar cómo
realizar esa nueva sociedad, la disparidad es evidente como ya puse de
manifiesto en La sociedad libertaria(2).
Sin embargo los historiadores actuamos todavía como lo hacía
Marlon Brando en aquella su primera película como protagonista,
Hombres, de 1950, con guión de Carl Foreman, dirección
de Fred Zinnemann, y producción de Stanley Kramer. El teniente
Ken queda parapléjico en la II Guerra Mundial, cuando recibe, por
esas cuestiones del azar, una bala perdida, y no acepta la nueva situación
que le ha tocado vivir y muestra su perplejidad e inseguridad. Tenemos
una reacción parecida: queremos encontrar la respuesta exacta ante
un problema que se nos escapa y que no tiene, como hemos visto en los
últimos sesenta años, una respuesta contundente. No admitimos
que, a lo mejor, la pregunta está desenfocada porque la realidad
es diferente a como la interpretamos. Tuve ocasión de analizar
el tema en Historia Social(3) : Una gran pregunta y varias
respuesta. El anarquismo español desde la política a la
historiografía Matizaré algunas de las conclusiones
que ya redacté en su momento, pero sustancialmente sigo en la misma
perspectiva.
II
Varios autores han resumido desde los años 70 del pasado siglo,
en que se dispararon las investigaciones sobre el anarquismo español,
las explicaciones sobre por qué éste tuvo especial consistencia
en muchas zonas de España. Desde el trabajo ya clásico de
Romero Maura(4), o el de Álvarez Junco(5) a los últimos
de Susana Tavera o Ángeles Barrios(6) han dado buena cuenta de
las teorías sobre el arraigo del anarquismo español. Las
interpretaciones económico-sociales, religiosas o político-institucionales
están bien documentadas, así como los puntos discutibles
de cada una de ellas. Casi ninguna resulta estrafalaria y todas parecen
abordar un aspecto del problema. Sin embargo ningún historiador
se plantea ya dar una respuesta global a la cuestión. Pere Gabriel
reconocía en el número 1 de Historia Social (1988) que hoy
por hoy esta cuestión fundamental queramos o no, no está
resuelta(7). Catorce años más tarde el mismo autor
parece abandonar la pregunta y en un trabajo reciente clarifica que cuando
hablamos de anarquismo estamos refiriéndonos a unos cuantos publicistas
o propagandistas que se incardinaron en la CNT, pero que en el conjunto
del movimiento obrero fueron en realidad pocos, y por tanto no debemos
confundir el movimiento sindicalista que se articuló en la CNT,
partiendo de una práctica sindical con amplia tradición
en Cataluña, con anarquistas estrictos. La cultura sindical tiene
más importancia, compuesta de elementos heterogéneos entre
los que sobresalen un anarquismo difuso y una tradición republicana,
y está más pendiente de la unidad sindical, de la autodefensa
y de la respuesta ante la represión, que de las elucubraciones
filosóficas o elaboración doctrinal que practicaban los
grupos de afinidad anarquista. Probablemente el activismo revolucionario,
nos insinúa Pere Gabriel, como el del grupo Los Solidarios, con
Durrutí como máximo fichaje, contribuyó a que se
creyera que el anarquismo estaba en todas partes: Ahora bien, no
fue éste el único grupo y, además, el propagandismo
activista armado no fue exclusivo del anarquismo radical(8). López
Estudillo también señala que el anarquismo decimonónico
fue reduciéndose a medida que se separaba de la acción sindical,
y que en realidad su influencia se concentró en determinados núcleos,
como Cataluña, Cádiz, Málaga, Sevilla y, en alguna
medida, la zona entre Valencia y Alcoi: En el resto de España
predomina un dilatado vacío con pocos y aislados militantes y suscriptores
de prensa anarquista, salpicado por el corto número de núcleos
militantes, entre los que sobresalen los de Madrid(9)
En una línea parecida se desarrolla el estudio de Ángeles
Barrio para el anarquismo asturiano. Los líderes de tradición
anarquista tuvieron que vincularse al sindicalismo y, de hecho, militantes
como Quintanilla fueron pioneros en las propuestas de las federaciones
de industria en el Congreso de la Comedia de 1919 donde realmente se constituyó
la CNT. Sus relaciones con los socialistas en la práctica sindical
y con los republicanos hace que empleemos el término anarquista
para designar cosas muy distintas(10).
Pero no por ello debemos aminorar la importancia que tuvieron las miles
y miles de publicaciones que se editaron desde posiciones anarquistas,
o que se declaraban como tales, desde el siglo XIX hasta el exilio español
posterior a la guerra civil. Y otro tanto ocurre con la labor de sociabilidad
y de educación que extendieron a través de ateneos libertarios
o escuelas racionalistas. Ahora bien, de esta labor cultural y editorial
no debe deducirse que el anarquismo tuvo una preponderancia clara en los
medios obreros españoles(11).
Ahí está la raíz del problema, saber a qué
llamamos anarquismo, porque como tantos otros términos históricos
su versatilidad es grande. Si algún extraterrestre viniera a nuestro
planeta experimentaría una profunda confusión ante el vocabulario
que empleamos frecuentemente pero cuyo significado está sujeto
al proceso histórico en que se desenvuelve. Si decimos el
rey tendremos que contextualizar el vocablo al momento en que lo
empleamos. No es lo mismo el monarca absoluto del siglo XVII que el rey
constitucional del XX. La cosa parece obvia pero sin embargo no la aplicamos
siempre con el mismo rigor. Considero que hablar de anarquismo es referirse
a cosas diversas, incluso contrapuestas. Detrás de él se
esconden, por tanto, significados diversos y se hace costoso unificar
el concepto al afirmar que anarquistas fueron aquellos que creyeron que
la sociedad podía organizarse sin gobiernos ni estados, sin autoridad,
en suma, sólo por la libre asociación de los ciudadanos
y ciudadanas, y que además desparecería la propiedad privada
y los productores lo harían colectivamente instituyendo al final
el comunismo libertario, diferente al que los bolcheviques intentaban
construir a través del partido vanguardia del proletariado, la
clase por antonomasia, primero en lo que se convirtió en la Unión
Soviética y después en todo el mundo, o tal vez al mismo
tiempo. Es algo parecido a lo que algunos afirman en la actualidad para
superar las definiciones a priori: si socialismo es lo que hacen los socialistas,
anarquismo sería lo que hacen los anarquistas. El problema está
en que éstos hacen cosas muy diferentes.
De todos modos, como ya evidencié en La sociedad Libertaria (1982),
tampoco resulta adecuado insistir en que el movimiento libertario español
no tiene una unidad básica, ni coherencia interna, porque detrás
de ácrata, anarquista o libertario encontramos concepciones diversas
y, en ocasiones, divergentes. Si llamamos anarquismo a cosas dispares
eliminamos al sujeto y convertimos la oración en impersonal. Pero
aún así necesitamos explicar por qué denominamos
de la misma manera a cosas que parecen distintas.
Una ideología no es un todo acabado, va configurándose en
la propia dinámica de los procesos sociales y si a través
de un término muchos se enganchan al mismo es porque consideran
que existe un significante que les remite a la solución de sus
problemas y, por extensión, de la sociedad. Si el teórico
marxista Plejánov escribía a principios de siglo XX el folleto
Anarquismo y socialismo, en el que señalaba
las contradicciones filosóficas de los postulados de los autores
libertarios, no por ello el anarquismo ruso perdió capacidad de
convocatoria en ese tiempo.(12) El análisis de la realidad no implica
su transformación, y si la ideología en cuestión
sigue manteniendo su fuerza de convocatoria es porque existe una identificación
con la misma, a pesar de sus distintas acepciones.
Desde esta perspectiva, y aunque hoy relativicemos el número de
anarquistas por cuanto lo sustantivo fue el sindicalismo revolucionario
protagonizado por la CNT, no puede obviarse que aquellos ideales de crear
una sociedad libertaria, que alcanzara el comunismo libertario, estuvieron
presentes en el objetivo que debía guiar a los cenetistas. La existencia
de propuestas diferentes es lo que siempre me ha inducido a proponer que
el estudio del anarquismo no se haga sólo sobre los elementos que
pudieran caracterizar su ideología, sino que se analice el modelo
de comportamiento político, los sectores sociales que se identificaron
con él y el enfoque que dieron a los problemas sociales. No es
una cuestión nominalista saber cómo se llaman, se trata
de averiguar quiénes se atribuyen ese apelativo y de qué
manera se identifican con unos determinados postulados.
Y no podemos utilizar ya el tópico de la pecualiridad española,
al atribuir a España una relación única con el anarquismo
en Europa. Cada país es peculiar en sus formas, y especialmente
en Europa, pero no cabe, una vez más, una historia de Estados,
porque además en ellos las uniformidades tampoco existen. El desarrollo
intelectual, social y económico han sido, con los tempus propios,
bastante uniformes. Sabemos que unos han llegado antes a la revolución
industrial con sus variables propias, que los historiadores de la economía
han destacado hablando de los distintos modelos de industrialización
o modernización, como se dice ahora, pero, a pesar de los caminos
escogidos, al final se han asentado unas estructuras similares que han
propiciado la Unión Europea. En este sentido España es un
trozo más de la Historia de Europa y, si se quiere, de la llamada
civilización occidental que abarcaría a América y
a parte de África porque las raíces culturales están
en el mundo grecorromano, en el cristianismo, en la Ilustración,
el liberalismo y el socialismo, con sus múltiples variedades. Italia,
Bélgica, Suiza, Francia, Rusia y en menor medida Alemania, y también
en América (Uruguay, Argentina , México y los EEUU) contaron
con núcleos libertarios importantes.
El hecho sustantivo es el anarcosindicalismo de la CNT y su permanencia
organizada desde 1914-15 hasta el final de la guerra civil en 1939 (el
exilio es otra cosa). Un periodo de 25 años, mientras que en Francia
el sindicalismo revolucionario empieza a declinar a partir del final de
la I Guerra Mundial. Si el anarquismo adquirió una consistencia
mayor fue por su capacidad de incrustarse en el sindicalismo, que tenía
a su vez la pretensión de alzarse como opción revolucionaria
propia y convertirse en síntesis del marxismo y del anarquismo
para superar la pugna iniciada en la I Internacional y que se había
transformado en opciones diferentes en el movimiento obrero organizado.
A autores como Gerald H. Meaker o Hobsbawm, entre otros, les ha servido
para destacar el caso diferente de España donde el
capitalismo ha fracasado(13) ¿Acaso no fue también
un modelo no contemplado el triunfo de la revolución rusa, aunque
se quisiera interpretar como un signo evidente de que el marxismo, matizado
por el leninismo, era una ciencia predictiva clara, y ya comenzaba a expansionarse
la revolución por el mundo? Sin embargo si se lo hubieran dicho
a Marx lo habría considerado como una locura porque, en su esquema,
Rusia era un país atrasado, donde todavía tenían
que desarrollarse las fuerzas productivas para alcanzar la plena contradicción
entre obreros y burgueses que se resolvería con el triunfo del
proletariado dentro de las leyes que pretendió encontrar en la
historia. Era en la Gran Bretaña donde debía triunfar primero
el socialismo ante un capitalismo fuerte, una burguesía potente
y un proletariado identificado con su clase. Pero hemos visto que la llamada
revolución socialista surge en los márgenes del mundo desarrollado,
en Rusia y en China, países con evoluciones económicas más
atrasadas a las de la Europa Occidental. A la postre, Marx, un producto
intelectual de la Ilustración, ha conseguido con sus teorías
europeizar, de alguna manera, a países que no lo estaban
completamente, -Rusia y China-, y esa ha sido, tal vez, su mayor contribución.
III
Otra cuestión es la relación que pueda existir entre la
supuesta ideología anarquista, dando por hecho un mínimo
de acuerdo sobre sus presupuestos teóricos, y los sectores sociales
que la defienden ¿En qué medida, en suma, el anarquismo
correspondió a una concepción vinculada a una clase social
o a segmentos de esa clase? Aunque el movimiento libertario estuvo promovido
en España por obreros y campesinos, el análisis marxista
clásico interpretaría que el anarquismo fue una desviación
de la auténtica conciencia de clase, aunque planteara una alternativa
revolucionaria al capitalismo. Representaba a sectores sociales en
retroceso en el proceso de desarrollo del capitalismo artesanos,
campesinos o pequeña burguesía- que utilizarían el
anarquismo para defender posiciones que el propio desarrollo de las fuerzas
productivas está haciendo desparecer, y desde este contexto podían
ser calificados de aliados de la burguesía. Es lo que el marxista
alemán Wolfang Harich llamaba tener inconsistencia teórica
por la impaciencia revolucionaria . Ser anarquista,
afirma Harich, quiere decir considerar a la revolución (
)
como algo actual bajo cualquier circunstancia, y por tanto, querer realizar
ya incondicionalmente los propios ideales sobre la sociedad del futuro(14)
Ya sabemos que para el marxismo las ideologías corresponden a estadios
históricos en que todavía la ciencia no se ha impuesto en
toda su dimensión. Marx creía que estaba haciendo ciencia
como el físico o el biólogo, ciencia de la sociedad, pero
ciencia al fin y al cabo, porque llegaría un momento en que no
existirían diferencias entre las llamadas ciencias de la naturaleza
y las humanas. Karl Manheim, que basculó entre Marx y Max Weber,
en su libro Ideología y Utopía, considera
que a cada periodo histórico le corresponde un ideario determinado
que puede transformarse en utopía cuando se intenta superar la
realidad y cambiar el orden existente. Junto con la interpretación
marxista de ideología atrasada el utopismo es una denominación
que ha servido también a muchos autores para interpretar el fenómeno
anarquista. Románticos y utópicos son calificativos frecuentes
utilizados para referirse a ellos creyendo así que ya está
el tema resuelto. Y es que las fronteras de la realidad histórico-social,
como dice Álvarez Junco, son borrosas.(15) Los anarquistas se impregnaban,
en muchos casos, de republicanismo o liberalismo, y en ese totum revolutum
se va configurando y vertebrando una interpretación del mundo que
sirvió, a muchos, para reivindicar un cambio social, o al menos
tenerlo como música de fondo porque existía un movimiento
sindical que ha sido marginado en los estudios y que no se corresponde
exactamente con las ideas anarquistas, como nos ha enseñado Pere
Gabriel.(16)
El trabajo de los historiadores españoles en este tema se ha realizado,
en muchas ocasiones, en medio de un gran vacío teórico,
con una forma de trabajar fundamentalmente empírica, donde la acumulación
de material de prensa, principalmente, era el resorte más importante
para abordar los acontecimientos a los cuales íbamos dando forma
y matizando interpretaciones, pero existía poco bagaje interpretativo
previo. Por mucho que critiquemos a Hobsbawm o Brenan, nadie como ellos
ha conseguido una explicación tan completa, ni nos hemos atrevido
a algo parecido, justificándonos con que antes teníamos
que aportar investigación de campo y podíamos caer en un
ensayismo especulativo.
Aunque los anarquistas propugnaban una sociedad sin Estado basada en el
comunismo libertario, los estratos ideológicos libertarios entroncan
con muchos de los elementos culturales y políticos que defendían
los republicanos, supuestos representantes de unas clases medias, tales
como funcionarios, intelectuales, abogados, pequeña burguesía,
que pretendían racionalizar el espacio de convivencia política
e introducir los elementos de modernización en la escuela y en
la economía, eliminando los obstáculos que consideraban
obsoletos, propios de una España atrasada y reaccionaría
que vivía bajo un Estado ineficaz, con unos dirigentes enrocados
en políticas sin grandes respuestas, y con una Iglesia y un Ejercito
que controlaban parcelas de poder sin tener que dar cuenta del mismo.
Pero para los republicanos era más acertado hablar de pueblo y
no de clases, porque aquél aglutina a todos los sectores que vivían
de su esfuerzo en el trabajo. Era esa cultura popular la que hacía
factible la connivencia en un patrimonio común que coincidirá
en los elementos de igualdad, solidaridad y fraternidad que proclamara
la Revolución Francesa. También los socialistas estaban
en el mismo bando, se hicieron republicanos a partir de 1910 y apostaron
fuertemente por la II República en los años 30 después
de que consiguieran una identificación propia, a través
de un enfrentamiento con el republicanismo político, con la creación
de un partido como el PSOE que pretendía instaurar el socialismo.
Pero a la postre estaban en el lado de la frontera que defendía
el laicismo, la investigación científica, la libertad de
expresión, la escuela racionalista, es decir todos aquellos valores
que han caracterizado a los sectores progresistas. Es esa cultura alternativa
a la oficial la que unificó a muchos hombres y mujeres, heredera
de las corrientes radicales del pensamiento decimonónico, nos dice
Pérez Ledesma, los promotores de la nueva cultura hicieron suya
la exaltación de la razón, de la ciencia en especial,
de la sociología y el conocimiento científico de la sociedad-
y del progreso, a la vez que rechazaban, o al menos miraban con desconfianza
por su tendencia al conformismo social, las interpretaciones religiosas,
oscurantistas o clericales del mundo(17)
El anarquismo no pretende presentarse como una ideología de clase,
en contraposición al socialismo marxista, y su propuesta se dirige
a la humanidad entera: el comunismo libertario, diría Federico
Urales, no es un ideal de clase, y por tanto no tiene que estar defendido
solamente por los trabajadores, sino por cuantos individuos lo sostengan,
aunque no dependan de un jornal(18). Por tanto el movimiento libertario
posee una mayor permeabilidad para aceptar propuestas que viniendo de
otras tradiciones ideológicas ayuden también a la liberación
de todos los hombres y mujeres. Pretendía llevar a sus últimas
consecuencias los presupuestos de igualdad y libertad propugnados por
el liberalismo y de ahí que intentara combinar planificación
económica con libertad individual. Se convirtió así
en una esperanza global de cambio social, articulada con diversos lenguajes,
que sirvió a campesinos y trabajadores de los talleres y fábricas
para sus reivindicaciones. No es lo mismo el ácrata descrito por
Díaz del Moral en el campo andaluz que el trabajador de los oficios
o industrias de Barcelona, Tarrassa o Alcoi. Si damos crédito,
aunque sea a nivel intuitivo, a la existencia de la clase obrera,
hay que reconocer que ésta no genera una necesidad determinante
de adscribirse a una sola dirección ideológica, por mucho
que el leninismo considerara que el partido era su auténtico
representante por cuanto se convertía en el organismo único
para cumplir con el proceso histórico de liberación. Es
de esta manera como podemos entender los movimientos populistas, de signo
muy distinto, que tuvieron predicamento en los medios obreros (sindicalismo
católico, lerrouxismo, blasquismo o fascismo). Y es también
el modo en que se desenvuelven, en la actualidad, las clases sociales
en las sociedades avanzadas, difíciles de evaluar con cierto rigor
ante las nuevas condiciones tecnológicas de la producción,
que ha hecho, incluso, que algunos sociólogos consideraran que
una amplia clase media se extiende sin cesar eliminado el factor de enfrentamiento
social surgido en el siglo XIX entre obreros y patronos.(19)
El anarquismo, además, contenía distintos componentes ideológicos
que provenían de diversas fuentes del pensamiento y la ciencia
contemporáneas que le conferían una amplia versatilidad,
y por tanto con la capacidad de converger en determinados aspectos con
sectores republicanos, sobre todo cuando se trataba de cambios sustanciales
en las costumbres sociales, como la libertad sexual y de pensamiento,
la educación libre e igualitaria para ambos sexos, creencia en
el progreso constante de la ciencia, defensa de la naturaleza o prácticas
como el excursionismo, el antitabaquismo, las sociedades corales, el antialcoholismo,
el neomaltusianismo, la eugenesia o las alternativas al crecimiento urbano
desmedido: los anarquistas, dice Eduard Masjuan, difundieron ideas
de gran relevancia actual, y esto plantea la cuestión del silencio
sobre ellas(20). El socialismo, reformista o revolucionario, estaba
más determinado por un patriotismo de partido político que
acentuaba, por la competencia política, las diferencias con los
otros, y creía en un final ineluctable donde la clase por antonomasia
ocuparía el poder e impondría sus condiciones, como lo había
hecho la burguesía con el feudalismo. Los anarquistas o anarcosindicalistas
que generalmente emplearon tácticas de acción directa, y
por tanto poco reformistas, también creían en el derrumbe
del capitalismo, pero no como el triunfo de una clase, sino como el colofón
de la racionalidad humana, al margen del papel que cada cual ocupe en
el proceso de producción. Podían, a la postre, plantear
diversas soluciones de futuro como lo evidencia la literatura de anticipación
que elaboraron. Y de hecho emplearon esa flexibilidad para adoptar prácticas
diferentes: si hace falta se entra en el gobierno- en la Generalitat de
Cataluña o en el de la República-, si es preciso se colectiviza
pero también se respeta al pequeño campesino. Si existen
distintas opciones revolucionarias habrá que pactar los espacios
en los que cada uno pudiera ejercitar su experiencia.
IV
Lo sustancial, desde Bakunin a Durruti, pasando por Peiró o Pestaña,
era demoler el capitalismo. Y en ello incidieron en cada etapa histórica,
practicando el terrorismo o la presión sindical ejercida sobre
patronos y Estado para acelerar el triunfo del comunismo libertario que
se convirtió en un término recurrente pero con múltiples
interpretaciones, algunas de ellas incompatibles entre sí. Pero
no es sólo un problema psicológico, como de alguna manera
se desprende de la concepción de Harich de la impaciencia
revolucionaria, si no que supone aceptar una estrategia de acción
en la que a los poderes públicos no se les puede dar ningún
respiro ni hay posibilidad de transacción: la huelga general revolucionaria,
el atentado individual, la acción directa, los movimientos insurrecciónales,
todo se hará para contribuir al triunfo de la revolución.
Como proponía el Sindicato del ramo de la Alimentación de
Barcelona al Congreso de 1919 de la CNT, La unión del proletariado
organizado debe hacerse a base de la acción directa(21)
En el movimiento libertario español hay una subordinación
del pensamiento a la acción. Lo principal es actuar, eliminar los
obstáculos, fijar el enemigo, lo secundario es el análisis
y la interpretación de los hechos. Explicar es comprender, comprender
es perdonar y por tanto pactar con la situación, y eso significaba
claudicación. El anarquismo en España no hubiera tenido
la misma presencia social sin ese impulso para desarrollar acciones revolucionarias
permanentes y por ello se identificó con los grupos más
dispuestos a la actuación. Figuras representativas como García
Oliver, Ascaso, Jover, Sanz o Durruti, aglutinadores de los grupos más
activos de la FAI y que recibieron la calificación de anarcobolcheviques,
fueron un emblema que marcó su imagen. Sin ellos la fuerza del
anarquismo se hubiera limitado a la difusión de la idea,
como solían decir, o en todo caso hubiera desembocado en un replanteamiento
del papel del sindicalismo y la política como lo hiciera Pestaña
y el valenciano Marín Civera, director de una revista plural como
Orto, con la fundación del Partido Sindicalista, es
decir el intento de articular una organización laborista donde
el sindicato definiera la estrategia política. Sin ese impulso
revolucionario el anarquismo se diluye en corrientes que en otros pagos
se sustancian con otras denominaciones. Podríamos así descubrir
bajo su alfombra un sindicalismo moderado, un laborismo político
o una socialdemocracia reformista.
Estos son a mi entender los dos polos del problema: un revolucionarismo
sin teoría, y una teoría, la sindicalista, sin bases revolucionarias
y con la competencia socialista a través de la UGT, con una tradición
reformista más consolidada.
El movimiento libertario español, en el que cabe compilar los grupos
anarquistas, las aventuras editoriales, la escuela racionalista, los ateneos
libertarios y los anarcosindicalistas de la CNT en sus distintas acepciones,
tiene lenguajes diferentes unidos bajo una brumosa unidad de desear una
sociedad sin Estado y con la mayor libertad posible, pero con carencia
de una estrategia propia como interpretó Claudín(22).
Algo parecido a lo que ya dijera H. Rudiger, representante de la AIT que
vino a España en 1936 a emitir un informe sobre la situación
del propio movimiento: Después de su falta de cultura teórica,
debida a la brutal represión en que siempre ha vivido, además
de su aislamiento nacional durante largos años, hay que tomar en
cuenta otro aspecto del anarquismo español: su extremismo revolucionario
que por nada contaba con la complejidad de las modernas estructuras económicas
y tampoco con las de la red de relaciones sociales entre los hombres,
sino que se contentaba con haber declarado la guerra a toda tiranía
y explotación(23) Era esa actitud la que había hecho
que Angiolillo, el asesino de Canovas, manifestara ante el tribunal militar
de Vergara: No os encontráis delante de un asesino, sino
ante un justiciero(24) Es el mismo sentido al que se refiere Álvarez
Junco al calificar de espontaneismo el principio de apoyo incondicional
a cualquier causa popular que proporcionaría una de
las claves de su profundo arraigo en las amplias capas de la sociedad
española(25)
Cuando se invirtieron los términos y existió un predominio
del análisis sobre la acción inmediata la crisis de la CNT
se evidenció en toda su extensión con el trentismo,
en 1932, y sus planteamientos de no provocar una permanente tensión
que hiciera inútil la eficacia reivindicativa o la necesaria organización
sindical. (26)
Tal vez tengamos en la acción la mejor explicación para
un periodo que abarca desde 1870, con el I Congreso Obrero, hasta el final
de la guerra civil en 1939. Porque si consideramos que nuestra concepción
del mundo influye en la determinación de nuestra manera de actuar
los anarquistas españoles intentaron superar sus contradicciones
mediante un principal objetivo: aniquilar el orden social capitalista.
Todo los esfuerzos debían ponerse en la derrota de aquellos sectores
sociales que sostenían un orden establecido al que calificaban
moralmente de injusto, y en esto tenían una perspectiva mucho más
voluntarista que los socialistas. No es ya que las leyes de la historia
nos conduzcan a una sociedad sin clase ni explotación, es que existe
una consideración moral sobre las condiciones de vida injustas
que muchos hombres y mujeres estaban viviendo. Y para ello lo primero
es derruir, destruir lo establecido, la construcción del mundo
futuro se resolverá por la libre iniciativa de todos y el
pacto libre, según Malatesta, porque el resultado final desembocará
en una sociedad libre que satisfaga las necesidades generales dadas
las condiciones y las posibilidades del momento y todo se hará
mejor a medida que aumente los conocimientos y los medios(27).
En esta tesitura tenemos que considerar los distintos lenguajes que empleo
el anarquismo, no solo como el exponente de una mentalidad que aglutina
a sectores sociales diferentes sino como elementos que asumirían
distintos núcleos de trabajadores industriales, de servicios o
campesinos. El anarquismo español estuvo fundamentalmente vinculado
a la clase obrera, y desde esa perspectiva fue una respuesta autónoma
para conseguir mejoras sociales inmediatas y una alternativa de revolución
diferente a la que pretendían socialistas y comunistas. Nunca quisieron
sacrificar la libertad en aras de un tiempo mejor. La libertad,
decía Gastón Leval en 1937, fue siempre, en las diversas
gradaciones con que se interpretó, un motor de progreso. Lo sigue
siendo todavía. Debemos exigir de continuo, en las normas revolucionarias,
en las reformas o concesiones que podamos arrancar, que ella figure en
el primer plano, junto con las mejoras materiales. Debe ser, incluso,
preferida en muchos casos".(28)
Está bien que analicemos sus textos teóricos, sus explicaciones
sobre las coyunturas históricas, la influencia en las organizaciones
sindicales, sus relaciones con la política o su construcción
cultural, pero es también imprescindible conectarlo con los diversos
contextos obreros y campesinos en lo que ejerció un papel influyente
para determinar más lo que no querían que el diseño
de una estrategia definida basada en una interpretación de la realidad
social. Primero deseaban el cambio, después todo sería más
fácil porque no habría posibilidad de buscar el interés
particular sino el colectivo.
La práctica revolucionaria que difundieron se articuló en
España como una posibilidad de alternativa al mundo en que vivían,
sin que ello presuponga un atraso, un déficit de marxismo, como
han interpretado algunos lideres del movimiento socialista o historiadores
marxistas ¿Acaso existían diferencias cualitativas entre
aquellos trabajadores de los talleres y servicios, los obreros de las
fábricas, los pequeños campesinos o jornaleros, los artesanos
de los oficios, que adoptaron para sus reivindicaciones el socialismo,
y quienes se decantaron por el anarquismo? En todas las circunstancias
son intercambiables, y responsables de dos opciones que interpretaron
y realizaron prácticas políticas y sindicales divergentes,
pero en todo caso interrelacionadas y en ocasiones con la vista puesta
en la unidad de acción conjunta como en 1917, 1934 o 1036 aunque
también a profundas disensiones como en 1902, 1923 o 1931. Nosotros
queremos, diría Abad de Santillán en 1938, la unidad de
los trabajadores, pero no queremos absorber ni ser absorbidos; queremos
la armonía, no el predominio de los unos sobre otros; queremos
el buen acuerdo, pero respetando la manera de ser y de concebir cada cual
el socialismo. Y sobre la base del socialismo, del que somos los anarquistas
la rama que lo ha conservado con más pureza, deseamos la acción
mancomunada, coordinada de todos los trabajadores, de todos los amantes
de una España nueva, edificada sobre los derechos innegables de
los productores al fruto del esfuerzo y a la dirección de los propios
destinos".(29)
Socialistas y anarquistas son caras de una misma moneda, con una raíz
común, una cultura muchas veces compartida, pero una práctica
casi siempre divergente. Y aunque suelen ser estudiados aisladamente fueron
parte de un mismo proceso. Aquellos, siguiendo un marxismo poco sutil,
pero determinante, creyó que se llegaría al final con el
triunfo de la clase obrera, éstos articularon principalmente un
movimiento de acción porque partían del supuesto que una
revolución política no era garantía para la autentica
liberación de hombres y mujeres. Los presupuestos morales de los
libertarios, su sentido de que no existen leyes sociales que no puedan
ser cambiadas por la voluntad de los humanos, su lucha radical y a veces
violenta, no les impidió comprender que, si a pesar de todo, su
mundo no llegaba, tendrían que adaptarse y conquistar los mayores
espacios de libertad, porque para ellos las directrices de la historia
no estaban escritas en ningún libro sagrado. No en balde se sintieron
a gusto con el voluntarismo de Nietzche al que leyeron a través
de traducciones, que ellos mismos, en algunos casos, estimularon la edición
de varias de sus obras. Eran antihegelianos sin saberlo, aunque nunca
hubieran oído hablar del filosofo ni tuvieran una idea clara de
los presupuestos teóricos en los que se sustentaba su concepción
del antipoder y de una sociedad libre sin gobiernos. Es imprescindible,
entendían, que hombres y mujeres sean libres para conseguir la
igualdad social, y eso depende de la acción de ellos mismos, no
de ninguna ley intrínseca de la historia. El poder, pensaban, es
la fuente de toda corrupción, aunque no tuvieran una construcción
teórica de lo que éste significaba. Lo que habitualmente
hicieron es recurrir a la historia para demostrar que la causa de las
desigualdades humanas, de ese hombre bueno por naturaleza, es la caída
en una sociedad basada en el dominio de unos pocos y la subyugación
de la mayoría, y en esta dinámica encuadraban el nacimiento
de los estados y sus acciones coactivas a favor de los menos y en perjuicio
de los mas. El estado y el gobierno, decía Gaston Leval,
han cometido un mal inconmensurable en las diversas sociedades humanas,
mediante guerras, exacciones del Fisco, opresión política,
el apoyo dado a los explotadores de masas, al burocracia hipertrofiada,
tiranía de todas clases y el aparato de represión por ello
fundado y mantenido(30) Y las buenas cosas que pudiera haber realizado,
como las infraestructuras, no compensa los desagravios y desastres, puesto
que todo lo construido quedaba eliminado con un año de guerra.
El problema es que cuando se vieron delante de ese poder del estado al
que tanto vituperaban corrieron raudos a ejercerlo como en la guerra civil,
aunque lo justificaran por la situación limite. Por eso otras tendencias
que enlazaban más con la síntesis entre tradición
libertaria y marxismo, caso de la fracción sindicalista, y en concreto
es de destacar la figura de Horacio Martínez Prieto(31), si que
apreciaron la posibilidad de crear una alternativa política libertaria,
como la había socialista, pero esto era un cóctel que se
escapa a la pura clasificación de anarquismo.
Fomentaron, sin duda, una tensión constante, y sin transacciones,
contra empresarios e instituciones políticas y mantuvieron la creencia
biológica de un final del capitalismo y el triunfo
de la revolución que pretendían dirigir para no acabar sucumbiendo
como en la Rusia de 1917-1924(32). Pero nunca creyeron en el sacrificio
de las generaciones, solo sacrificios personales en una opción
libremente escogida. Deseaban el socialismo y la libertad individual,
en un cóctel que nunca pudo mantenerse en equilibrio, como lo demuestra
su propia experiencia. Algunas de las colectivizaciones anarquistas establecidas
en plena guerra civil practicaron una presión dictatorial, y en
otros casos ejercieron un control rígido de los órganos
sindicales. García Oliver lo expreso nítidamente en sus
memorias: No hay que olvidar que la mecánica de nuestra organización
(CNT) no se asemeja a la de un partido político, como el comunista,
por ejemplo, que es monolítico, sino que la composición
heterogénea de nuestra Organización determina que siempre
se ande entre dudas y vacilaciones. Por ello siempre fue dirigida en realidad
por un grupo más o menos numeroso. La constitución de los
Treinta perseguía esa finalidad. Con el grupo Nosotros
también lo hemos intentado(34).
El movimiento libertario parece perdido en la evolución de los
tiempos, pero sus proclamas de libertad e igualdad quedaron incorporados
a la cultura de la sociedad europea, y por tanto, factibles de extenderse
al resto del mundo. No hay razón histórica que permita considerar
que sus luchas y algunas de sus propuestas fueron regresivas. Constituye,
tal vez, la aportación más moderna que España ha
podido legar a la constelación ideológica.
(1) VVAA (Susana Tavera, Gloria Espigado,
López Estudillo, Pere Gabriel, Angeles Barrios Gutierrez Molina
y Giovanni C. Cattini y Carles Santacana
) EL anarquismo español
Ayer (Revista de Historia Contemporánea) nš 45 Madrid-2002. Marcial
Pons,
(2) X. Paniagua La sociedad libertaria. Critica, Barcelona-1982.
(3) HS. Valencia Fundación Historia Social. UNED. Centro Alzira-Valencia
Francisco Tomás y Valiente numero 12,invierno 1992,
ps. 31-57
(4) Romero Maura. El anarquismo: el Caso Español en
La Romana del Diablo. Ensayos sobre la violencia política
en España Madrid, Marcial Pons, 2000
(5) J. Álvarez Junco. La ideología política
del anarquismo español. (1868-1910) Madrid, siglo XXI, 1976
(2da edición, Alianza, 1991)
(6) Vid VVAA El anarquismo español Ayer op.cit.
(7) Pere Gabriel Historiografía reciente sobre el anarquismo
y el sindicalismo en España HS. nš 1. Valencia. Centro de
la UNED Alzira-Valencia. 1988, p.46
(8) Pere Gabriel Propagandistas Confedérales entre
el sindicato y el anarquismo. La construcción barcelonesa de la
CNT en Cataluña, Aragón, País Valenciano y Baleares
en Ayer op. cit. p. 127.
(9) A. López Estudillo El anarquismo español decimonónico
Ayer, op. cit. p.102
(10) Ángeles Barrios El anarquismo asturiano. Entre el sindicalismo
y la política. Ayer, op. cit. ps 147-169
(11) Vid. F.J. Navarro Navarro. Ateneos y Grupos Ácratas.
Vida y Actividad Cultural de las Asociaciones Anarquistas Valencianas
durante la Segunda República y la Guerra Civil Biblioteca
Valenciana. Generalitat Valenciana. Colección Historia/Estudios.
Valencia-2002.
(12) Existe una traducción al castellano editada en Buenos Aires
(1969) de Ediciones Calden con el titulo Contra el Anarquismo
(13) Vid Gerad H. Neaker La izquierda revolucionaria en España.1914-1923
Barcelona,1978; E.H. Hobsbawm Revolucionarios Barcelona, Ariel,
1978
(14) Wolfgang Harich Critica de la impaciencia revolucionaria
Barcelona, Crítica, 1988, p. 68
(15) José Álvarez Junco El anarquismo en la España
contemporánea en VVAA El movimiento obrero en la Historia
de Cádiz. Cádiz, Diputación Provincial,1988
p.43
(16) Pere Gabriel Historiografía reciente
. p.51
(17) M. Pérez Ledesma Las clases populares en La
época de la Restauración (1875-1902) Volumen II Civilización
y cultura Madrid, Espasa Calpe, 2002. p. 737
(18) Federico Urales De la teoría a la práctica del
anarquismo La Revista Blanca nš 272, Barcelona, 19 de Abril de 1934.
(19) Vid Anthony Giddens La estructura de clases en las sociedades
avanzadas Alianza Universidad, Madrid-1980
(20) Eduard Masjuan La ecología humana en el anarquismo ibérico
Urbanismo orgánico o ecológico y naturismo social
Barcelona, Icaria,2000, p.465
(21) Memoria del Congreso celebrado en el teatro de la Comedia de
Madrid, los días 10 al 18 de diciembre de 1919. Toulouse,
1948, p.18
(22) Reseña de Fernando Claudín del libro de César
M. Lorenzo Los anarquistas españoles y el poder (1868-1969)
Ruedo Ibérico, Paris, 1970, en El movimiento libertario español
Pasado Presente y Futuro Paris, Ruedo Ibérico, 1974, p.320
(23) H. Rudiger El anarcosindicalismo en la Revolución española
Barcelona, 1938 p.9
(24) Los anarquistas ante sus jueces Barcelona 1931, p.3
(25) J. Álvarez Junco La ideología política
del anarquismo
op.cit. p. 337
(26) Vid. E. Vega Anarquistas y Sindicalistas, 1931-1936
Valencia, Alfons el Magnanim-IVEI. 1987
(27) E. Malatesta La anarquía , en Anarquismo. Barcelona,
1977. p. 32
(28) Gastón Leval Precisiones sobre el anarquismo Barcelona,
1937, p.90
(29) Alianza CNT-UGT. Sus bases. Sus objetivos. Sus antecedentes
Prologo de Diego Abad de Santillán. Barcelona, 1938, p.11
(30) Gaton Leval Prácticas del socialismo libertario
. (traducción y estudios preliminares Antonio Colomer), Fundación
Anselmo Lorenzo, Madrid, 1994, p.79
(31) Vid. Horacio Martínez Prieto, Anarcosindicalismo. Como
afianzaremos la revolución Bilbao-1932
(32) Vid Paul Avrich Los anarquistas rusos. Madrid, Alianza,
1974, y The anarchists in the Russian Revolution (edited by
Paul Avrich) London, 1973
(33) Vid El sueño igualitario: Campesinado y colectivizaciones
en la España republicana.1936-1939 Julián Casanova
comp. Zaragoza, 1988
(34) J. García Oliver El eco de los pasos. Paris, Ruedo
Ibérico, 1978, p.190
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