Este que sufrimos ya en la futurista fecha de 2026 es el autoproclamado gobierno más progresista de la historia, lo cual dice mucho seguramente de la capacidad que tiene cualquier gobierno para el progreso. La capacidad de este legislativo para aferrarse al poder es tal que uno de sus últimos movimientos ha sido desclasificar los documentos sobre el intento de golpe de Estado de febrero de 1981. La intención era, de cara a la galería, clarificar de una vez por todas qué ocurrió en aquello, quiénes eran los implicados, y bla, bla, bla, aunque habría mucho que decir sobre la selección de lo que se ha querido sacar a la luz. Al parecer, el facherío, que siempre ha visto al antiguo monarca Juan Carlos como un traidor, ha querido seguir involucrándole en la intentona golpista; dicha desclasificación, seguramente por ser su intención principal de cara a ese horror llamado opinión pública, ha terminado por «limpiar» su nombre y restituirle como uno de los héroes de la Transición democrática. ¡Alucinemos, una vez más, con las acciones del gobierno ultramegaprogresista! Al margen de que el emérito estuviera o no implicado en aquello, vamos a presuponer que no, de acuerdo; de hecho, en continuidad con la transacción que fue el paso del franquismo a la democracia, asegurando el chiringuito a los que mandan, resulta dudoso que más allá de cuatro imbéciles la clase dirigente quisiera dar un paso atrás al respecto. Si no hubiera un proceso de clara involución intelectual, si gran parte del personal no tuviera sus capacidades cognitivas mermadas, si la memoria no ejerciera apenas ya su función y la honestidad brillara cada vez más por su ausencia, nos fijaríamos bien en lo que el llamado Juan Carlos I hizo y supone. ¡Vamos allá! Y, por favor, para los bodoques reaccionarios que lean esto, no me creáis a mí, activad las neuronas e investigad un poquito dejando a un lado vuestro lamentable imaginario social y político.
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