Hay momentos en los que resulta difícil imaginar que las cosas puedan cambiar. No porque no sepamos que podrían ser de otra manera, sino porque llevamos demasiado tiempo viendo cómo se deterioran las condiciones de vida, cómo crece la precariedad, cómo se pierden derechos y cómo se normalizan situaciones que hace unos años nos habrían parecido inaceptables. Miramos alrededor y muchas veces tenemos la sensación de que, hagamos lo que hagamos, las cosas terminan volviendo al mismo sitio.
La desesperanza no aparece entonces de la nada. Tiene unas condiciones materiales y sociales. Cuando una persona vive durante mucho tiempo en un mundo que parece no ofrecer salidas, puede acabar dejando de esperar que las cosas cambien. Puede seguir trabajando, cuidando, relacionándose, organizándose y haciendo su vida, pero sin sentir que sus acciones tengan realmente capacidad para modificar aquello que la rodea.
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